Adiós a las matemáticas

O las digresiones impredecibles de mi mente

Andrés Jacinto Ruiz Vargas

 

Sentado frente a la pantalla de mi computadora pienso: “no tengo nada que escribir porque realmente no sé nada… así que debería simplemente sentarme en silencio”.

Sólo hay un camino para subsanar esto, escribir sin saber lo que voy a escribir. Empezaré con algo sencillo. Hay una palmera frente a mí que me recuerda que no puedo ver las cosas como son. Todo lo que veo es una palmera, pero sé que mi visión está nublada por el concepto de “palmera”. Tengo que hacer un esfuerzo para mirar realmente los colores, para ver las líneas verticales a lo largo de su tronco, la sombra de sus hojas en la arena. Pero incluso todas esas cosas siguen siendo conceptos. Temo que no puedo ver realmente lo que está delante de mí. Es sólo una palmera ¿y si fuera una persona?

¿Qué nivel de detalle se puede ver si uno cierra los ojos e imagina?

¿Qué nivel de detalle se puede ver si uno cierra los ojos e imagina, por un segundo, una palmera? No puedo imaginarla muy bien y eso que he estado mirándola durante un tiempo. En un tema un poco diferente, no puedo ni siquiera escuchar una canción en mi iPod de principio a fin sin antes perderme en la corriente de pensamientos e imágenes que pasan por mi mente. Pareciera que esta corriente está fuera de mi control. Por supuesto, para decir que tengo el control tendría que definir lo que es “yo”. Tener el control sobre los pensamientos implicaría que soy algo diferente a esos pensamientos. Otra alternativa podría ser que yo soy esos pensamientos. En ese caso, ¿por qué no pueden esos pensamientos, que me definen a mí mismo, decidir apagarse por un momento? Sin embargo, si pudieran parar, entonces ¿qué quedaría? Descartes decía: “Pienso, luego existo”. Entonces, cuando no estoy pensando, no existo?

Mis pensamientos son como una televisión que no puedo dejar de ver.

Mis pensamientos son como una televisión que no puedo dejar de ver. Sólo puedo dirigirlos en alguna dirección particular. Por ejemplo, si juego ajedrez todo el día cuando cierro los ojos sólo veo piezas de ajedrez. Supongo que es por eso que mucha gente mira la vida con un filtro positivo, tratando de pensar, como Cándido de Voltaire, que todo sucede para bien en éste, el mejor de los mundos posibles. Me parecen aún más ridículos los que ven las cosas con un filtro negativo, los llamados “realistas” que piensan que todo es para lo peor. Yo trato de evitar los filtros, aunque eso es una estrategia más. No hay forma de escapar. Ni siquiera puedo predecir en qué pensare en el futuro. Olvidemos el control.

Escribo estas líneas en Rote, una pequeña isla al este de Nussa Tengara, Indonesia. Las personas son, sorprendentemente, cristianas. Protestantes para ser precisos. Al parecer los holandeses enviaron misioneros que tuvieron un impacto duradero en su educación y en sus edificios. Hay iglesias por todos lados. El agua es cristalina, la temporada de lluvias se acerca, el oleaje es demasiado pequeño para surfear. Después de haber terminado la lectura de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo las palabras de Haruki Murakami están ahora en mis pensamientos. Los aldeanos recogen dentro del agua una especie de alga. El alojamiento es básico, pero tengo regadera por primera vez en dos semanas.

Tristemente, lo admito, todo se reduce a mí mismo.

He estado pensando acerca de la ciencia, las matemáticas y todo mi aversión por ese mundo. Es un gran disgusto, un disgusto adquirido en  los últimos cuatro años de mi doctorado en matemáticas. Tristemente, lo admito, todo se reduce a mí mismo. El sistema, publicar o morir, que siempre he criticado, refleja mi mundo interior. Veo que se basa en las mismas normas que mi ego. Puedo quejarme y decir que el fallo está en el sistema, podría ser idealista acerca de lo que debería ser la ciencia pura y hablar de la belleza innegable del conocimiento del universo por sí mismo. Pero este sistema es parte de nosotros, o al menos de mí mismo. En la medida en que queremos ser mejores que nuestros colegas, o incluso en nuestro deseo de mejorarnos a nosotros mismos, un sistema de clasificación numérica (número de publicaciones, número de citas, o el índice H) es bastante lógico.

Algunos de nosotros somos más débiles y sucumbimos a la presión, otros parecen invulnerables.

Algunos de nosotros somos más débiles y sucumbimos a la presión, otros parecen invulnerables (aunque no puedo decir con seguridad si realmente lo son). Lo que sí puedo decir es que yo soy uno de los más débiles. No sé exactamente que capacidades matemáticas poseo, pero sé que es imposible hablar de mis capacidades sin hablar de mi incapacidad para lidiar con el sistema y mi propia auto presión. Trazo esta incapacidad o presión hasta mi infancia, cuando la gente empezó a decir que yo era inteligente. Es agradable que se nos diga que somos inteligentes, se vuelve un halago que necesitamos, se convierte en parte de nosotros. Pero también hay desventajas, siempre existe la sensación de que en realidad no hemos hecho nada para ser inteligentes. Tal vez ni siquiera somos tan inteligentes. Se puede cultivar la inteligencia, pero realmente no podemos ver nuestra propia inteligencia.

Uno llega a la edad adulta y tiene que perpetuar la imagen de ser inteligente.

En cualquier caso, todo se resume a compararnos con otros (supongo que la gente hermosa integra de la misma forma su propia identidad viéndose como hermosa). Uno llega a la edad adulta (o más bien, yo llegué a la edad adulta) y tiene que perpetuar la imagen de ser inteligente, a no ser que se esté dispuesto a perder una gran parte de la identidad (a lo mejor también eres guapo). Si una gran parte de ti son tus pensamientos y no eres inteligente, entonces no eres más que pensamientos estúpidos. Eso eres. ¡Qué tranquilizante! Por lo tanto, el temor continuo y eterno de descubrir que en realidad no somos tan inteligentes; la idea de que eres inteligente llegó desde el exterior en primer lugar. El miedo a la gente más inteligente es natural, pues son ellos los que pueden notar que nuestra inteligencia es falsa.

Puedo imaginar mi lápida con la siguiente frase: era inteligente.

Puedo imaginar mi lápida con la siguiente frase: era inteligente. Si yo fuera un mejor matemático tal vez esto sería constatado por el número de mis publicaciones. Imagino un científico quejarse por no haber sido citado o mencionado apropiadamente, casi como si fuera un acto de delincuencia, luego imagino la experiencia gratificante de ser citado por otro matemático auto complaciente, que a su vez espera ser citado por el siguiente en línea. La cadena infinita de momentos gratificantes para nuestro ego cuando alguien habla de lo que hemos hecho. Esto es a lo que se reduce la ciencia pura y el amor a la sabiduría. Creo que debería dejar esto atrás y más bien preguntarme: ¿quién soy yo una vez que me deshago de todas esas identidades conceptuales que me impiden verme a mí mismo, de la misma manera que no puedo ver bien la palmera que tengo frente a mí? No puedo concebir cómo la gente puede ir por la vida sin hacerse esta pregunta. Y peor aún, algunos la descartan por trivial o se quedan satisfechos con una respuesta simplista relacionada con algún “conocimiento religioso” que no tiene nada que ver con nuestra propia experiencia (excepto por el hecho de que se les repitió mil veces por personas que a su vez escucharon lo mismo otras mil). Me pregunto si se puede pensar que Sócrates se refería a algo trivial cuando dijo: “conócete a ti mismo”. Pienso en los Pixies cantando “Where is my mind?” (“¿dónde está mi mente?) Técnicamente está dentro de mi cerebro. Pero, si me hago la pregunta, cerrando los ojos, ¿dónde están mis pies? Sé dónde están, y lo confirmo al sentirlos. Pero: ¿dónde está mi mente? ¿Puedo verla?

Si pudiera hacer matemáticas, pensar en las matemáticas sólo por el placer de hacerlo y no por el placer del resultado final, la publicación, el reconocimiento, el pequeño impulso a mi ego ya suficientemente grande, entonces creo que podría ser un matemático, tal vez incluso uno bueno. Pero primero, necesito saber, ¿quién soy yo? Así que adiós ciencia, adiós matemáticas. Por ahora. ¿Quién puede decir a dónde irán mis pensamientos mañana? Espero que vayan con el viento. C2

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Traducido por Jesús Carlos Ruiz Suárez
Este texto fue recibido en inglés. El traductor (padre del autor) admite que durante la traducción transitó de un estado de gran desasosiego a uno de gran fascinación. Sentimientos ambos, quizá, para hacer una profunda reflexión del tema que el autor transmite.

Le gusta viajar, escalar, surfear, meditar, leer. En sus tiempos libres estudió un doctorado en matemáticas.

1 Comentario
  1. cómo no incluir este extraordinario escrito, como señala otra autora de este sitio: uno no sabe si llamarlo prosa, prosa poético, o simplemente poema; en mi Facebook. En un día ya varios lectores/as. Todo impactados, más aun cuando les he referido que quien escribe es un Dr. en Matemáticas. Es un texto que lo niños deberían leerlo apenas haya rasgos de comprensión lectora. Seguramente, se darán cuenta que las manzanas eran madres, que las naranjas abuelos cuenta cuento, que los jardines tienen las claves del enamoramiento. Felicitaciones. La úncia envidia sana es el lugar donde su mano inició el viaje.

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