Alberto

Francisco Benavides / UACM del Valle

 

Cuando era joven deseaba morir todo el tiempo. Todo me molestaba, sólo encontraba placer en mis libros, fumar cigarrillos, escuchar música y  en ocasiones, salir a caminar al parque.

Ahora ya no puedo hacer nada de eso, mi vista ya no es apta para leer, los médicos me prohíben estrictamente el cigarro y caminar me causa tal fatiga que prefiero quedarme en casa viendo cómo algunas gotas de agua caen sobre la cornisa y otras se escurren del otro lado de la ventana. Ha llovido mucho este mes.

Nunca imaginé que llegaría a estar en tan deplorable estado, tan solo y amargado. Sí, lo sé, es raro que lo admita, pero a estas alturas no tiene caso negarlo. Siempre creí que moriría antes de los treinta. Dada mi mala suerte, puse todas mis esperanzas en que algún mal rayo, un tropiezo por la calle, o algún descuido de mi parte al cruzar por las vías del tren acabaran con mi miserable existencia. Tan mala es mi suerte que sigo vivo.

Mis manos envejecidas tiemblan cada vez que me miro al espejo, no sé si soy yo o el abuelo.

Mi abuelo decía que todos estábamos destinados al fracaso. Hoy en día recuerdo muy pocas cosas del abuelo, pero esa es una que jamás he olvidado. Palabras más sabias no he escuchado. Dan vueltas en mi cabeza cada que algo me hace sonreír. Mis manos envejecidas tiemblan cada vez que me miro al espejo, no sé si soy yo o el abuelo. Quizá mi suerte no es tan mala y si morí cuando era joven y ahora soy el abuelo que debido a su demencia senil no se reconoce al mirarse y se le ha olvidado su propia identidad. Ahora no se si aún siendo el abuelo quise morir joven.

“Tío Alberto no tiene cabello, tiene canas”, decía mi sobrinita. Ya ni siquiera hago el esfuerzo por ver si aún conservo algún cabello de tonalidad oscura, a fin de cuentas nada gano con eso. He visto en televisión que venden tintes de barba y cabello para hombres, pero, ¿qué hombre que se jacte de serlo usaría eso? El mundo de hoy es tan absurdo y ridículo como cuando era joven, o incluso peor. Los tiempos cambian, sí, siempre para empeorar.

La música es un ejemplo perfecto. Escucho en la radio a hombres cuyas inquietas lenguas disparan mil palabras en unos cuantos segundos, mientras una “música” sosa e increíblemente plana y repetitiva suena aturdiendo los tímpanos de la pobre víctima que se atreve a escuchar tal abominación. Un único ritmo acompaña la escueta melodía compás por compás, la persona que presume cantar escupe majaderías antes impensables de oír en un medio de comunicación tan mágico y encantador como solía ser la radio. Me pregunto qué diría Bach al encontrarse con semejantes estridencias y los pelafustanes que las interpretan, sí, esos muchachos con pinta de maleantes ataviados con ropas que les quedan exageradamente grandes, sus pantalones bombachos como los que usan los payasos, y numerosas cadenas, joyas y ornamentos por demás innecesarios; los hombres ahora usan aretes y a nadie parece molestarle. En mis tiempos se les llamaba “mariquitas”, ahora se lucen en la televisión bailando con mujeres que llevan muy poca o casi nada de ropa. Y qué decir de sus bailes, más bien parecen rituales de apareamiento animal; la delicadeza, sensualidad y exquisitez del tango pasaron a mejor vida.

Cuando era joven soñaba con ser marinero, médico, veterinario, biólogo, botánico, luchador, escritor, científico, concertista…

Por si fuera poco, vino la devaluación del peso. Mis ahorros, antes cuantificados en miles, se convirtieron de un día para otro en cientos. Hoy no tengo ni esos cientos, prácticamente vivo al día en un mundo que parece volverse un hoyo negro que se traga vorazmente todo lo bello que le quedaba. Y me traga a mí, lentamente,  sin que pueda evitarlo. Pertenezco a una generación de idiotas, a un sueño que se ha extraviado en la memoria de aquél que lo soñaba. Incluso los sueños son peores ahora. Cuando era joven soñaba con ser marinero, médico, veterinario, biólogo, botánico, luchador, escritor, científico, concertista, catador de colchones y de vinos, astronauta, detective, estrella de rock, relojero, presidente… Ahora sólo sueño con irme a la cama y no despertar, con que el sol no salga el día de mañana, con que la muerte devore a esta enorme masa de existencias abyectas, una por una, y causándoles dolor, si no es mucho pedir.

¿Qué sueños puede tener un joven de hoy? Ni siquiera tienen sueños propios, todo se los da y quita la televisión. Da Vinci no hubiera creado tantos inventos de haber sido un adicto a la caja idiota, como lo son los mozalbetes de estos tiempos. ¿En qué piensa un joven de ahora? ¿En exprimirse los barros y espinillas? ¿En jugar esos estúpidos videojuegos que tienen más botones en sus controles que dedos tiene en la mano el jugador? No sé si logren pensar, no sé si, salvo gloriosas y admirables excepciones, el hombre haya pensado alguna vez.

La amé muchos años de mi vida, y apenas hoy me doy cuenta de lo que significó para mí, sin ella no hubiera llegado a ver este nuevo siglo.

Hace tres años, mi ahora difunta esposa me abandonó. Partió sin previo aviso, y yo, que tantos años la traté como si no me importara, no pude darme cuenta de lo que estaba por ocurrir. La amé muchos años de mi vida, y apenas hoy me doy cuenta de lo que significó para mí, sin ella no hubiera llegado a ver este nuevo siglo. Nunca tuvimos hijos, ella estaba imposibilitada para tenerlos y yo nunca supe si los quería. “Bigotes”, nuestro gato, ronroneaba en el infame abismo que formaba la casa, en ocasiones enorme para dos personas enfermas y solitarias. Él era como nuestro hijo, en él mi eterna compañera depositaba gran parte de su afecto y sus inevitables instintos maternales.

Cuando Leticia no estaba, maliciosamente me levantaba del sofá y solía dejar abierta la puerta de la entrada, para que Bigotes escapara. No sé por qué lo hacía, tal vez quería que el gato se fuera para sentirme completamente abandonado y regocijarme en mi soledad. Tan mala es mi suerte que siempre regresaba. Ese gato tiene más de nueve vidas —pensé en más de una ocasión.

No es que sintiera desprecio por el gato, algunas veces llegué a disfrutar de su compañía, incluso pensé que era un animal sensible y muy perceptivo.

No hay duda de que las caricias, vengan de quien vengan, algún día dejan cicatrices, aunque sean pequeñas.

Aquellos días en que mi voluntad de levantarme de la cama era nula, Bigotes se trepaba de un salto a mi espalda y comenzaba a rasguñarme suavemente la oreja. Sus garritas causaban ligeros arañones en mi piel. No hay duda de que las caricias, vengan de quien vengan, algún día dejan cicatrices, aunque sean pequeñas. Al cabo de un rato, después de ver sus intentos infructuosos por despertarme, se acurrucaba a mis pies y dormía conmigo, y se levantaba hasta que yo decidía hacerlo. Otra posibilidad que vino a mi mente, es que mi vida era tan vergonzosamente aburrida e insustancial que necesitaba que Leticia me regañara, que fuera cruel conmigo por algo, y qué mejor razón para ello que la misteriosa desaparición de su querida mascota. Quizá necesitaba ponerle un poco de sazón a mi insípida miseria.

Los niños eran su vida. Al regresar de la guardería, todas las tardes me platicaba algo que la hacía reír como si estuviese sucediendo en ese mismo momento. Por mi parte, ocasionalmente esbozaba una tímida sonrisa. Y todas las noches la escuchaba llorar en la cocina. Siempre fui un bruto y tan sólo pasaba los dedos de mi mano suavemente por encima de su cabello, sin saber qué decir.

Y todas las noches, cuando sus sollozos se detenían, me dirigía al baño y rompía en lágrimas. Mordía con desesperación mis trémulas manos en vanos intentos por sofocar el sonido del llanto que salía desde lo más profundo de mi adolorida alma. Era inútil, no servía para nada. ¿Cómo podía estar haciendo eso? Mi mujer sumergiéndose en el mar de su tristeza y yo en el mío… quizá ni siquiera deberían existir las relaciones de pareja… quizá yo soy un idiota que nunca supo tratar a las personas… siempre me he sentido un completo extraño, uno más de tantos errores del universo.  El día en que Leticia me abandonó, llegó más tarde de lo habitual, e indescriptiblemente abatida. Le pregunté qué había pasado, pero no logré sacarle una sola palabra, sus ojos, esos ojos que tanto me gustaban, me dijeron que algo terrible había ocurrido. Volví a preguntarle y con un grito rabioso me pidió que me callara y que la dejara en paz. Me enojé, pero no dije nada.

Recuerdo que le grité desde el comedor que me calentara la comida, la miré de espaldas frente a la estufa casi inmóvil, mientras Bigotes salía de entre sus tobillos maullando con desesperación. Acudió furibunda a mi llamado y sirvió la sopa, se alejó, parándose al otro extremo de la mesa mientras me miraba con aire retador. Puso su mano izquierda en su cintura, en la otra mano sostenía un trapo de franela. Su mirada comenzó a perderse y noté que estaba a punto de darle otro de sus ataques. Ya voy, puedo escucharte —dijo serenamente, mientras sus ojos se extraviaban en la nada y se desplomó sobre la mesa. Me levanté lo más rápido que pude y el torpe movimiento de mi cuerpo provocó que el plato de crema de zanahoria se volteara sobre el mantel. Cuando llegué junto a Leticia, la crema de zanahoria bañaba sus cabellos. Estaba muerta.

A la mañana siguiente, Bigotes me había abandonado, y con él, el último pretexto para seguir en un lugar en el que nunca quise vivir. Y hoy, tres años después, me vengo dando cuenta de eso. Bigotes no volverá, y mucho menos mi mujer. Ahora me propongo alcanzarlos dondequiera que estén. Aún conservo la esperanza de reunirme con ellos en otro mundo y ser infelices, como siempre, los tres juntos. C2

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