Amor ideal en Shakespeare y fuera de él

Lucía Izquierdo / UACM

 

William Shakespeare es popular por sus obras teatrales y sus poemas que recrean su contexto socio-político, pero poco se habla realmente sobre la época en la que vivió.

Ese periodo fue la llamada época “Isabelina” en Inglaterra, y algunas representaciones teatrales buscaban propagar el idioma para ganar territorio, ponderar el honor por encima de todo y expresar el amor cortés además de agradar a la reina.

El amor, como ciego que es,
impide a los amantes ver
las divertidas tonterías que cometen.
El amor que veo plantado en Shakespeare como ideal de su época enaltece el honor del hombre, el valor, la honestidad y el culto a la mujer virtuosa; Romeo y Julieta es quizá el ejemplo más propagado del amor cortés Isabelino que tiene el Bardo, ya que la cultura occidental ha tomado la obra como la imagen del amor ideal por excelencia, que no logra consumarse, pero al que se le entrega todo en el proceso. Resulta complicado no ensalzar las virtudes de los protagonistas y minimizar sus defectos, ya que pesa más la pugna entrañable que tienen las familias que los lleva a la imposibilidad de consumación de su amor que lo que está detrás del amor mismo. Lo que tienen Romeo y Julieta no puede ser un amor ideal, ya que si bien Julieta puede ser considerada una doncella virtuosa de su época y Romeo un “perfecto caballero” e incluso llegan hasta la muerte por lograr ese amor prohibido, también es cierto que ambos tienen motivaciones egoístas para entregarse el uno al otro; cosa impensable en la idea del amor virtuoso enaltecido durante el periodo de Isabel I, en donde si bien se tiene una tendencia a dejarse dominar por las pasiones, al ser el amor de las cortes, se busca que sea de una forma elegante y hasta fantasiosa, se busca convenir intereses sociales para ennoblecer a las familias de los interesados; el caballero pone su honor y su riqueza en manos de su amada y ella le corresponde con su virtud y obediencia que antes fue dada al padre. Por consiguiente, el amor de Romeo y Julieta no es virtuoso, porque está basado en su egoísmo [1], es un enamoramiento y no amor cortés.

Al principio de la obra Romeo es rechazado por una chica llamada Rosalía, y Benevolio, primo de Romeo, dice que su amor por ella ha nacido de principios débiles, sin embargo, Romeo asegura que su amor es honesto y no hallará mujer igual en toda su existencia, pero apenas ha llegado a una fiesta en la casa de los Capuleto, ha visto a Julieta, asegurando estar enamorado ahora de ella, negando su antiguo amor por Rosalía que momentos antes pronunciaba como eterno e inalterable. Desde mi lectura, Romeo no estaba enamorado de Rosalía, sólo ama la belleza física y la posibilidad de poseer al amor, el coro dirá la forma de “amar” que tiene Romeo al final del acto I: “Ved como muere en el pecho de Romeo la pasión antigua, y como la sustituye una pasión nueva”.

Lo que siente Romeo por Julieta es una pasión, y no amor

Lo que siente Romeo por Julieta es una pasión, y no amor, igual que le pasó con Rosalía al inicio de la obra, con la diferencia que Julieta no lo rechaza, pero ninguno de los dos está seguro de amar al otro, sólo están seguros de querer conocerse, están ilusionados. El enamoramiento no es lo mismo que el amor. Reitera mi postura Fray Lorenzo cuando dice: “¡Qué pronto olvidaste a Rosalía, en quien cifrabas antes tu cariño! El amor de los jóvenes nace de los ojos y no del corazón”.[2] Así evidencia que no es sino un deslumbramiento que provoca el uno en el otro a través de una mirada correspondida, que da la ilusión de amor verdadero porque se cree que proviene de lo más hondo del corazón y no de la superficialidad de los intereses personales. Sin embargo, si algo deja claro Shakespeare en esta obra es que los protagonistas son jóvenes, y Romeo tiene un anhelo de posesión de Julieta que puede confundirse con amor virtuoso al decir: “Por muchas penas que vengan no bastarán a destruir la impresión de este momento de ventura (…) y con tal que yo pueda llamarla mía, no temeré ni siquiera a la muerte, verdugo del amor.” Lo que me parece más egoísmo que amor, pues él está dispuesto a estar con Julieta en contra de todas las peripecias que conlleva, sin considerar si ella está dispuesta a lo mismo, ni si el momento será eterno, está precipitándose por el deslumbramiento y el anhelo de posesión del amor.

Lo anterior es notorio a lo largo de toda la obra, pues la misma Julieta sabe que Romeo ama al amor y no a ella.

Lo anterior es notorio a lo largo de toda la obra, pues la misma Julieta sabe que Romeo ama al amor y no a ella. Cuando la escucha en el balcón, dice ella: ¿”Me amas? Sé que me dirás que sí y que yo lo creeré. Y sin embargo podrías faltar a tu juramento, porque dicen que Jove se ríe de los perjurios de los amantes”[3], mostrando que ella misma cree que es una falacia el amor que Romeo le profesa, pero prefiere pensar que es real para ella justificar sus confesiones que han sido escuchadas por él en el balcón y dejar de lado que acaba de exhibir el deslumbramiento que él le ha causado; así conservará ella su virtud sólo si Romeo le corresponde. Y ni Fray Lorenzo, voz de conciencia, logra hacer entrar en razón a Romeo sobre su deslumbramiento y su falso amor, pues Romeo dice que lo que siente ahora es diferente porque Julieta si lo corresponde y Rosalía no lo hacía, a lo que Fray Lorenzo, mencionado como el mejor amigo de Romeo y quien más lo conoce, responderá: “Es que Rosalía quizá adivinara la ligereza de tu amor”[4], reiterando con esto que si Fray Lorenzo es quien más conoce a Romeo, no es gratuito que sea el único que le haga esta clase de comentarios al respecto de su nuevo “amor”.

Por otro lado tenemos la situación de Julieta con sus padres, en la escena II del acto I el señor Capuleto discute con Paris sobre otorgarle la mano de su hija a quien ella consienta, respetando las decisiones de Julieta. En continuidad, en la escena tercera del mismo acto, la señora Capuleto y su Ama, le piden a Julieta que considere al gallardo Paris como posibilidad de matrimonio y ella asegura que si bien no ha pensado en meterse en los asuntos de amores, pondrá atención especial en este sujeto y dice: “El ver predispone a amar, pero el dardo de mis ojos sólo tendrá la fuerza que le preste la obediencia” [5] Con lo que se compromete a obedecer a sus padres en cuanto a entregar su amor a quien mejor convenga a los intereses familiares, muy correcto con la virtud femenina de la época en donde se promueve la obediencia que se le tiene al padre y pasará a pertenecer al esposo; sumisión respeto y obediencia ante el jefe de familia. Sin embargo, Julieta mostrará su egoísmo, porque en lugar de ser consecuente con la virtud que expresa ante sus padres, prefiere escapar al compromiso, entregarle su alma a Romeo y más aún, pedirle matrimonio sin apenas conocerlo y hasta concertar una cita para acordar fecha: “Si el fin de tu amor es honrado, si quieres casarte, avisa mañana al mensajero que te enviaré, de cómo y cuándo quieres celebrar la sagrada ceremonia”[6]. Así ha perdido el virtuosismo Isabelino haciéndome pensar que lo que Shakespeare plantea en esta obra no es amor, sino un enamoramiento repentino, un deslumbramiento falaz y fugaz que al complicarse por factores externos provoca que ambos protagonistas se aferren a estar juntos hasta las últimas consecuencias; situación que hace que un enamoramiento de unos días pase como amor.

Sin duda, algo hilarante en esto es que Shakespeare hará una burla del amor en esta obra, que se pasa por alto en la lectura de la misma para sublimar la idea del amor ideal. Es decir, la obra no se ha comprendido realmente. Es claro cuando Julieta finge su muerte para poder escapar de una segunda boda con Paris (al destierro de Romeo y muerte de Teobaldo) dice Fray Lorenzo: “La mejor esposa no es la que vive en el mundo, sino la que muere joven y recién casada”. Otra razón para desconfiar del amor ideal es que al imposibilitar el conocimiento entre la pareja se desconocen tanto las virtudes como los defectos del otro, sosteniendo el ideal del amor en un futuro que ya no podrá llevarse a cabo. Por consiguiente, el “amor” de Romeo y su Julieta es un simple enamoramiento fugaz y juvenil que entra por los ojos, un deslumbramiento producto del egoísmo de ambos, para realizar sus intereses más inmediatos, que se ha sublimado en la cultura por la imposibilidad que lleva consigo su amor al que se aferran hasta la muerte.

Otelo y Desdemona. Muñoz Degrain (1840-1924)
Otelo y Desdemona. Muñoz Degrain (1840-1924)

Tomaré otro caso para mostrar las características del amor Isabelino: Otelo; donde el amor cortés es también parte del tema central de la obra y hay fuerzas externas que lo imposibilitan. Sin embargo, en esta obra el amor tiene otra cara. Será su alabardero Yago quien con intrigas ponga al borde del precipicio el amor que siente Otelo por Desdémona. Pero habrá que ver cuáles son las características de ese enlace matrimonial.

Otelo está encargado del ejército del Dux; es un moro subiendo en la escala social, y esos puestos en la época Isabelina estaban destinados sólo a hombres valientes, honorables y blancos, pero Otelo se ha vuelto un favorito dentro de la nobleza por defender mejor que nadie la República y ahora le ha sido encomendado defender Chipre. Desde la primera escena Yago expone su odio hacia Otelo, jugará a lo largo de la obra al “doble cara” y su propósito no es otro sino destruirle fingiendo estar de su lado, porque además de ocupar un sitio que “no le corresponde” dentro de la nobleza, Yago tiene sospechas de que (en otro tiempo) Otelo ha enamorado a su esposa.

Y no es el único obstáculo que Otelo tiene para consumar su amor, pues su suegro Barbancio, hace un comentario que nos habla del racismo profesado hacia su yerno: “¿Con qué hechizos le has perturbado el juicio? Porque si no la hubieras hechizado con cartas diabólicas, ¿cómo sería posible que una niña tan hermosa y tan querida hubiera abandonado la casa de su padre para ir a entregarse a un asqueroso monstruo como tú?” [7] Dejando claro que si bien Otelo es un ser notable en la República, no deja de ser un moro en un mundo de blancos, sin embargo asegura haberse enamorado de Desdémona frente al Dux, argumenta que no sólo es deseo y asegura que cuidará de ella igual que como ha cuidado la República. Otelo no ha cegado ni embrujado a Desdémona, la ha conquistado como se conquista una República; un enamoramiento de posesión. Yago que ha estado atento a esta declaración le asegurará a Rodrigo (que es otro enamorado de Desdémona) que tiene un plan para que Otelo juzgue sospechosa la amistad de Casio (amigo y subalterno de Otelo) con Desdémona, argumentando lo fácil que le resultará porque “el moro es hombre sencillo y crédulo: a todos cree buenos” [8]. Así evidencia que es un hombre noble, y digno representante de los caballeros de la época Isabelina, a pesar de no cumplir con el requisito racial; sin embargo, débil por su propia condición. Por consiguiente Yago logra corromper a Otelo y provocarle inseguridad y celos, que transforman ese amor que parecía virtuoso: “¿Quizá me estará engañando por ser yo viejo y negro? (…) Lo cierto es que la he perdido, que me ha engañado, y que no tengo más recurso que aborrecerla (…) Más quisiera yo ser un sapo asqueroso o respirar la atmósfera de una cárcel, que compartir la posesión de esa mujer.” [9]

El moro comete un error que desvirtúa su amor cortés, ama a Desdémona pero de un modo posesivo, lo que muestra que en el fondo sólo busca ser reconocido como hombre honorable, dueño de una mujer blanca y virtuosa. Así, el “amor virtuoso” se derrumba cuando el resentimiento y el egoísmo, ante el riesgo de perder su posición, lo lleva a odiarla, pues Otelo se siente traicionado, cree que ha perdido la correspondencia de Desdémona y por tanto su amor virtuoso. Otelo pasa del amor al odio sin bases sólidas, si razón, por sospechas; no es capaz de buscar fundamentos y su amor se transforma en odio sin preguntar antes a su amada lo que verdaderamente está sucediendo, su egoísmo lo ciega a un punto tal que dirá a Yago: “¡Vaya al infierno esa mujer carnal y lujuriosa! Voy a buscar astutamente medios de dar muerte a tan hermoso demonio” [10] ¿Cómo fue posible que siendo un amor virtuoso pudiese mudar en odio? Quizá porque “en realidad” no la amaba, pues desde el amor cortés Isabelino, uno nunca desea el mal del ser amado, aunque éste no corresponda el sentimiento otorgado. Lo que se le juega a Otelo es más grande que el amor, es su posición como noble a través de la posesión de Desdémona, entonces con el honor herido, debe destruir a Desdémona antes que perder la posición que cree haber alcanzado.

Por otra parte, a diferencia de Julieta, Desdémona sí es una mujer virtuosa para la cosmovisión Isabelina, pues aún sabiendo que su esposo está cegado por los celos y ahora la desdeña e insulta severamente, está dispuesta a soportarlo todo porque lo ama, dice ella a Yago: “Ni la pérdida de su amor aunque baste quitarme la vida bastará a despojarme del afecto que le tengo. Hasta la palabra “adúltera” me causa horror, ni por todos los tesoros y grandezas del mundo cometería yo tal pecado.” [11] Ella sería el único personaje que parece cumplir con el estereotipo del amor virtuoso de la época, es la excepción que puede sostener la historia. Pero ¿cuántas mujeres hay como ella? Al final la ofuscación lleva a Otelo al acto de matarle y justificarse de una manera que corrobora la idea planteada de lo que Desdémona le representa: “Seré un delincuente honrado. Por honor la maté, no por odio” [12] Como puede verse no hay duda que Otelo odia a Desdémona sin fundamentos, pero no lo acepta y prefiere pensar que lo hace por “honor”, por virtuosismo. Su egoísmo lo ciega e incluso, desde tal situación podría yo afirmar que ella era un trofeo que le enaltecía en un mundo de blancos, y al sentir que pierde tal posesión, pierde su lugar como honorable y por tanto como cortés de la época. Es su lugar como noble en la escala social lo que le provoca inseguridad a Otelo, su narcisismo lo ciega impidiendo notar el virtuosismo de su mujer que lo ama al grado de dejarse morir a manos suyas.

¿Es el amor isabelino un amor real, posible? Es decir, el amor virtuoso, que no daña a la pareja, en el que no se busca ningún beneficio ni ¿importa si el amante es correspondido, o su propia situación sentimental? La respuesta sería no, pues desde la condición humana, uno siempre está buscando beneficio, es inevitable en toda situación amorosa no esperar algo a cambio. Cuando el otro no corresponde a nuestro amor, en el caso de Romeo con Rosalía se muta a indiferencia, porque ese amor no era verdadero, con Julieta la correspondencia se da, pero al no llegar a consumar su amor, no podemos saber lo que hubiere sucedido y se sublima, y en el caso de Otelo se exacerba la autoconservación destruyendo a Desdémona antes que asumirse destruido por los celos; por el odio en que ha mutado su amor.

Sólo es posible mutar de amor en odio a través del egoísmo, pues es la posesión del otro lo que se juega, no la apuesta por un amor sino el enaltecimiento del sujeto. El pecado de Romeo y Otelo no es otro que el egoísmo, mismo que los lleva a la fatalidad de perder la oportunidad de encontrar un amor profundo y cortés.

Romeo y Julieta no son un amor ideal, sino un mero enamoramiento idealizante que esconde un egoísmo juvenil; tampoco lo son Otelo y Desdémona, pues su relación amorosa esconde la dimensión negativa del amor: la posesión y el odio que implica, ambos ejemplos desde su contexto evidencian el egoísmo que he reiterado tanto.

Quizá podrían ser arquetipos: “En el sentido de proporcionar modelos a la conducta humana y conferir por eso mismo significación y valor a la existencia”, [13] pues de algún modo son modelos que han determinado cómo vivir el amor, porque nosotros también sentimos celos, deseamos poseer, amamos y algunas veces hay factores externos que imposibilitan nuestras relaciones. Así: “Encarnan hasta tal punto el ideal de una gran parte de la sociedad, que (…) su muerte provoca verdaderas crisis entre los lectores” [14]. Los personajes shakespeareanos aquí expuestos nos incitan a querer enamorarnos para, de algún modo, lograr lo que ellos no pudieron: consumar un amor ideal.

Ni Romeo ni Otelo son la representación perfecta de los caballeros corteses, tampoco Julieta puede ser la mujer virtuosa, sin embargo, Desdémona sí lo es, porque para evidenciar el odio y el vicio de uno, el autor necesita sostener el amor y la virtud  en el otro: “El héroe resume en sí mismo nuestras aspiraciones, nuestros ideales, nuestras creencias. En el sentido más profundo, ha sido creado por nosotros; nace colectivamente”.[15] La sociedad los volvió héroes, se sublima a Romeo y Julieta para convertirlos en el amor ideal al que aspirar. Se exaltan virtudes y negamos la posibilidad de leer entre líneas los contextos que indican sus defectos para poder crear así la idealidad del amor encarnado en ellos. En el caso de Otelo, también se da una contradicción, pues nos olvidamos de sus virtudes como caballero cortés y virtuoso para llevarlo al cliché del celoso que no queremos reconocer en nosotros mismos. Como dice Rollo May, es un error pensar que nuestra memoria selectiva no interviene en el significado que le damos a lo recordado, o en este caso de lo interpretado en la literatura, pues si bien lo aquí expuesto ha sido interpretado de los textos shakesperianos, también hay que enmarcar que es sólo mi lectura de ellos, mi visión occidentalizada del amor virtuoso de la época Isabelina como irrealizable y desgraciado. C2

 

Bibliografía:

  1. Shakespeare William. Romeo y Julieta; traducción de Pablo Neruda. Ed. Pehuén Chile.1995
  2. Shakespeare William. Otelo, La fierecilla domada, a vuestro Gusto, El rey Lear. Ed. Porrua, 2001
  3. Eliade Mircea. Aspectos del mito. Ed. Paidós. 2000
  4. May Rollo. La necesidad del mito. Ed. Paidós. 1992

 

Referencias:

[1] Entendiendo el egoísmo como una condición de excesivo amor a sí mismo que por la autoconservación y la conservación de la imagen del sujeto, hace que el sujeto vea únicamente por sus propios intereses sin poner suficiente atención en los demás.

[2] Acto I. escena III pp. 15

[3] Act. I escena  II. Pp. 13

[4] Act. I escena III pp. 16

[5] Act. I esc. III pp. 7

[6] Escena II Acto II pp. 13

[7] Op. Cit. pp. 6

[8] Op. Cit. pp.11

[9] Op. Cit. pp. 27

[10] Op. Cit. pp. 30

[11] Op cit.pp. 41

[12] Op. Cit. pp. 51

[13] Eliade Mircea “Aspectos del mito”. Ed. Paidós. 2000 Pp. 14

[14] Op. Cit. pp. 158

[15] May Rollo “La necesidad del mito”. Ed. Paidós. 1992 Pp. 53.

 

 

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