Cruyff, o la eternidad del instante callejero

Jean Philippe Vielle Calzada
Para Emilia y su perfil zurdo.

Confieso que me olvidé de él por unos días, hasta que sucedió lo inevitable. Mi vida cotidiana es a menudo así: la irremediable pasión me abruma tanto en el presente, que termino omitiendo el pasado por culpa de la distracción temporal que deforma los años y los convierte en recuerdos.

Afortunadamente, nunca falta quién llegue a tocarme la espalda para despertarme y preguntar: “¿ya supiste?”. Así fue como me enteré de su muerte. Regresó entonces la memoria para darme una palmada en la frente, en un instante que más allá de cualquier nostalgia, se convirtió en celebración.

Cruyff, cómo olvidarlo… si de niño tuve el privilegio de conocerlo.

Cruyff, cómo olvidarlo… si de niño tuve el privilegio de conocerlo. Fue en 1971, en la colonia México de Monterrey, a unas cuadras del Estadio Tecnológico donde jugaban los Rayados. Yo tenía 6 años y él, como era de esperarse, acababa de cumplir 14. Pero en aquel entonces no se llamaba Johan, sino Bernardo, y fue quién me enseñó a jugar futbol con la pasión de quien se raspa las rodillas a sangre para evitar que horaden su portería. Mientras yo guardaba un arco invisible entre dos ladrillos abandonados, Bernardo dirigía al equipo. Era por supuesto uno de los mejores jugadores del que se tenga memoria. No por ser el más veloz – había varios amigos que corrían más rápido que él -, ni por ser el más fuerte, pues era delgado y ágil, lo que le permitía evitar el contacto cuerpo a cuerpo. Tampoco era el más resistente, ni el que más anotaba. Bernardo era el mejor porque pensaba, se movía y ordenaba como Cruyff. En la cancha tenía la visión y el pase; manejaba los ritmos, planteaba las estrategias, regañaba al displicente y solicitaba de su equipo la más absoluta solidaridad y entrega. Y ante todo, no toleraba la derrota cuando sabía que su equipo era el mejor.

El liderazgo de Bernardo se ejercía pensando en los demás.

El liderazgo de Bernardo se ejercía pensando en los demás. Su aura trascendía el futbol de la cuadra al transformar nuestra infancia a partir de cierta fascinación lúdica por compartir el conocimiento inteligente, la información amena y el descubrimiento inusual. Usaba el pelo largo y nosotros con él. Nos ponía a escuchar a los Beatles como fuente de inspiración, al igual que Johan Cruyff lo haría algunos años después, en el vestidor de los estadios alemanes, durante la Copa del Mundo de 1974. Nos mostraba cómo se podía utilizar más rápido una regla de cálculo que una calculadora electrónica, cómo medir con cinta casera los 8 metros 90 del descomunal salto de Bob Beamon en la Olimpiada del 68, o cómo leer las partidas de ajedrez en el periódico local, cuando Fischer derrotaba a Spassky. Nos enseñaba a torcer cucharas como Uri Geller y a intentar la hipnosis con un sicodélico círculo giratorio que el mismo había fabricado. Atesoraba en su armario los fósiles que había descubierto en sus expediciones al Cerro de la Silla, y las extraordinarias rocas metamórficas de La Huasteca regiomontana, de las cuales conocía a detalle todas las conformaciones minerales.

En aquel entonces el engramado de nuestra cancha gozaba de un mantenimiento impecable.

Pero en aquel entonces, bajo ese sol Alfonsino que claro y amarillo persigue a los niños de Monterrey, la esencia misma de nuestro más profundo sentido vital era y seguiría siendo el futbol; con sus alegrías y sus desavenencias, sus aciertos y sus júbilos, sus golpes y sus frustraciones. Éramos cerca de 18 vecinos armando equipos todas las tardes en la calle de Río Papaloapan, casi esquina con Río Lerma, frente al número 310. El engramado de nuestra cancha gozaba de un mantenimiento impecable: no había agujeros que dañaran el cemento, y los bordes de las banquetas eran lisos y continuos, ideales para los descalabros de rigor. Ahí estaban los hermanos Dante y Walo, el primero como noble ariete de ágil recorrido que enaltecía a cualquier equipo jugando de media punta, haciendo su mejor esfuerzo para no perder la concentración ante la demoledora belleza de María, una de las hermanas del 310; el segundo, para desgracia de su hermano mayor, era el más marrullero medio de contención del que se tenga memoria, un brutal precursor de Miguel Ángel Cornero y Claudio Gentile, que con la misma sonrisa de carnicero era capaz de apropiarse el cambio que sobraba del mandado, o atravesar con sigilo las ventanas de las empleadas domésticas para susurrarles al oído canciones de Carlos Lico, en altas horas de la madrugada. Estaban también Eugenio y Daniel, inseparables amigos, admiradores de Gerd Müller y de su dorsal número 13, compartiendo el mismo fleco y la misma camiseta en aras de la hermandad, siempre en el mismo equipo, en el colegio o en la calle, determinados a ganar intentando las jugadas que en cámara lenta el televisor repetía una y otra vez con la pasión del instante desmenuzado: el pase filtrado de Tostao entre los defensas uruguayos traza una diagonal perfecta a la que Pelé converge preciso, encontrando el punto de inflexión; Mazurkiewicz, grotesco, se come la finta, mientras que el Rey, en su infinita bondad, respeta el libertinaje que el balón le impone, rodeando al arquero para intentar lo imposible. Daniel y Eugenio habían ensayado la jugada hasta perfeccionar su copia, con la salvedad de que frente a Papaloapan 310, con cierta complicidad del portero, la pelota invariablemente entraba pegada al ladrillo derecho.

Por fortuna, me acompañaban también mis hermanos contemporáneos: Felipe, Pepe y Chuy, los más jóvenes y competitivos en la cancha, dispuestos a ganarse la titularidad en alguno de los equipos vespertinos dejando el pellejo en el asfalto, obligados por necesidad a llenarle el ojo a los capitanes para aspirar a jugar de defensa o de portero aunque fuese medio tiempo; carne de cañón para Rivelino, Cubillas y Gigi Riva cuando practicaban tiros fulminantes, espectaculares lances o nuevas zancadillas. Mi madre, harta de tener que coser parches en las rodillas de los pantalones escolares, había decidido cortar por lo sano y entregarme calzoncillos similares a los que los azurri lucen en sus cotejos internacionales. Hoy pasaría por Gianluigi Buffon, pero en aquel entonces yo era Javier Quintero Morones. Los grifos nos servían de factor hidratante, las cocheras de enfermería y el mertiolate de orgullosa pintura para sobreponerse al desconsuelo y marcar con valentía los rastros de la batalla.

Bernardo inventaba expresiones inigualables para manifestar su enojo o su desprecio.

Bernardo inventaba expresiones inigualables para manifestar su enojo o su desprecio, como el legendario “¡te cagaste en un popote!” que utilizaba para explicarle al capitán rival como la “maldita suerte” le había negado lo que a todas luces tenía que haber sido una legítima victoria. Porque al fin y al cabo, como decía Cruyff, ganar es esencial, pero más importante es jugar bien, puesto que jugando bien se gana casi siempre y jugando mal se gana a veces. Rector actual de una de las universidades más importantes del país, fue desde entonces nuestro ejemplo a seguir. Imperfecto por supuesto, como cualquier estupendo ejemplo de talla internacional. Porque finalmente el futbol, como la vida, es bastante simple: se debe de mirar para saber moverse y tener visión, se debe pensar, y se debe ayudar a los demás…como lo enseñaba Bernardo… como  decía Johan Cruyff.

Para entender a Cruyff, hay que empezar por olvidar a Juan Villoro.

Para entender a Cruyff, hay que empezar por olvidar a Juan Villoro: “Siempre que escribo un libro de fútbol estoy pensando en cómo leer un partido desde el punto de vista literario”. La frase parece uno de esos artífices académicos que utilizan los escritores famosos para marear a los actuarios que, disfrazados de periodistas, los entrevistan cada vez que publican un nuevo relato. De Villoro admiro sus novelas, pero no su rebuscada prosa futbolera que me recuerda la conocida analogía que acuñara Sabines para distinguir a dos gremios poéticos: los sutiles y profundos, que como Villoro adivinan la esencia de las cosas y miran contragolpes literarios cuando intentan descifrar el lenguaje futbolero sentados en los palcos de sombra, y los demás, que al compartir el jolgorio que abarrota las gayolas de sol, se tropiezan con la cubeta de cervezas antes de gritar: “¡que golazo pinche piedra!”.

Los partidos se juegan, se escuchan, se miran o se recuerdan, pero no se leen.

La manera genuina de transformar el lenguaje en emoción es desmenuzar el juego con la misma ilusión con la que todos soñamos ser futbolistas. Los partidos se juegan, se escuchan, se miran o se recuerdan, pero no se leen. Desde tiempos remotos, los que algún día fuimos jugadores empezamos a palpar el futbol sentados en el piso, con una pelota desinflada entre las piernas. Para algunos, fue por la alucinante narrativa que se sobreponía al rugir de los estadios nacionales a través de las ondas radiales. Para otros, fue con la mirada fija en un pequeño monitor fuera de foco y en el cual los uniformes eran siempre los del Botafogo, el Santos o el Atlético Español. Había que observar con detenimiento la tonalidad de las medias para distinguir a los rivales en turno, pues la imagen sólo respetaba la vestimenta del silbante. Hasta que un buen día, o quizá una buena noche, de la mano del cariño y de la confianza, alguien nos ayudó a cruzar el túnel que todos conocemos, ese largo pasillo oscuro y descendiente, con aroma a cerveza y orines, que desemboca poco a poco en el abismo de las voces y los cantos. El impacto nocturno fue asombroso cuando el inmaculado jardín se hizo luz; ahí estaban de pronto los círculos concéntricos y las medias lunas, con aquellos arcos gigantes en donde a pesar del vuelo era imposible alcanzar el travesaño antes de que el balón agitara la red. El color nació de repente en el esquema geométrico que habíamos dibujado tantas veces, para llenarnos para siempre la memoria de hierba y de uniformes. Desde aquella noche el tiempo nos pasa factura, al comprender que el ocio se distingue del trabajo por esa misma naturaleza abigarrada que permite transformar nuestra emoción en la ración de eternidad que sólo tienen los aficionados a los que desde niños los persigue un sol amarillo en forma de balón.

Basta mirarlo cabecear en el barrio de su infancia para intuir el secreto de su desmesura.

En la historia de este deporte han existido visionarios en peligro de extinción que han sabido leer el juego para descifrar su acertijo e interpretar anticipadamente el desenlace. Uno de ellos era Johan Cruyff: “Si el equipo contrario tiene un jugador inteligente que se desmarca muy bien, optemos por la solución más sencilla: que no le marque nadie y no se desmarcará”. Basta mirarlo cabecear en el barrio de su infancia para intuir el secreto de su desmesura. Enfundado en el suéter de lana que le tejiera su abuela, a unas cuantas calles del estadio De Meer en su Amsterdam natal, Cruyff domina el cuero desde la altura de sus 10 años, frente a un espigado cómplice, que al sacarle media cabeza, se come todas las fintas. Sus botas ortopédicas se parecen a las que a su edad utilizamos todos aquellos que tenemos los pies planos. No es rápido ni tampoco fuerte, pero sí elegante en el dominio de la cadencia callejera, la que le permite medir el tiempo de manera inusual, encarnado desde entonces la rebelión de los puristas que perfeccionan la acrobacia y el engaño para convertir el instante en eternidad. Cruyff intuía que en cada defecto hay una virtud que se puede pulir desde la tenacidad práctica del oficio futbolero: “jugar en la calle es todavía la manera más pura de jugar al fútbol”.

 

Cruyff aparecía por primera vez para dejar estupefactos a los aficionados latinoamericanos. 

Fue con esa pureza, que el mismo Cruyff encabezó una de las cruzadas mundialistas más honorables de las que se tenga memoria, al transformar las canchas alemanas en las calles del Platteland. Después de la histórica canícula que había freído a los europeos en 1973, el verano del 74 fue inusualmente pasado por agua. Para jugar futbol en aquella Copa del Mundo había que saber patinar, y los holandeses eran expertos. En uno de los pocos partidos soleados de la primera vuelta, debutaron contra Uruguay con un ligero trote naranjero que no auguraba nada bueno. Hasta que los televidentes descubrimos que los 10 holandeses de campo, corriendo al unísono, cabían todos juntos en la pantalla de 15 pulgadas. Cruyff aparecía por primera vez para dejar estupefactos a los aficionados latinoamericanos.

De aquella cruzada infructuosa que llevó al equipo holandés a su primer subcampeonato, retengo dos instantes íntimamente cruyffianos.

De aquella cruzada infructuosa que llevó al equipo holandés a su primer subcampeonato, retengo dos instantes íntimamente cruyffianos. El primero ocurrió en el empate sin goles contra Suecia. Corre el minuto 22 del primer tiempo cuando el capitán holandés decide aventurarse por las praderas solitarias del extremo izquierdo. Sólo lo acompañan su mítica camiseta a dos (en lugar de tres) bandas y el lateral sueco Jan Olsson. Con estricto apego a la rebeldía setentera que tanta falta le hace a los cracks del Barcelona actual, recibe con la izquierda, a contraflujo, convirtiendo a la esférica en el dócil adorno de su botín ortopédico. Como si alguien lo llamara, finge mirar el firmamento para encontrar a Neeskens. Sabe que el rival apretara el cuerpo al intentar interrumpir el centro que su mirada anticipa. Es entonces que Cruyff inventa un nuevo instante para eternizar lo impredecible: tuerce la pelota hacia el arco, detona el regate y emprende el vuelo. Una década después, con sus amigos de la Quinta del Buitre, Emilio Butragueño practicaría hasta el cansancio ese mismo movimiento, tratando de emular a Cruyff, pero sin igualar su elegante destreza. El segundo instante ocurre en el primer tiempo del partido en el que Holanda derrota a Brasil y logra su pase a la final. Arie Haan escapa por la banda derecha y manda un centro mal medido, que al intentar despejar, Zé María deja muerto en los botines de Cruyff, quién sin pensarlo, dispara de zurda para que Leao realice uno de los lances más espectaculares de todos los tiempos, desviando a tiro de esquina. El holandés termina abanicando el viento con aquel arrogante corte de manga que se volvió legendario; casi se puede escuchar su grito: “la maldita suerte, ¡en Papaloapan hubiese entrado!”.

Al morir Johan Cruyff, nadie mejor que el aficionado mexicano para convertirse en el legatario del instante callejero y su ración de eternidad. Quién mejor que nosotros para comprender que los grandes momentos de nuestro balompié se aprecian como pinceladas, nunca en obras completas. A la escala de la historia, nuestro palmarés futbolístico sigue siendo incipiente, por lo que – en espera de la gloria – sabemos conformarnos con algunos segundos de grandeza. El año 2011 por ejemplo, nos regaló dos de esas migajas de tiempo que a todos los que disfrutamos del instante nos provocarán una sonrisa de memoria – y no de nostalgia – hasta el final de nuestros días. El primero es el gol de Giovanni dos Santos en la final de la Copa de Oro, y el segundo la dramática chilena del niño Gómez en Torreón, durante la semifinal de la Copa del Mundo para menores de 17 años. Se puede argumentar que tanto el contexto futbolístico como las consecuencias históricas de estos dos instantes son distintos. Mientras que lo de Gómez fue determinante para que México fuera campeón del mundo en dicha categoría, habrá quién opine que la trascendencia del gol de dos Santos es limitada ya que apenas contribuyó a cumplir con la obligación de ganar el torneo regional, lo que resulta despreciable frente a lo que el aficionado mexicano merece; otra cosa sería si esa pincelada hubiese surgido en un partido mundialista de octavos de final. Sin embargo, las razones que en ambos casos nos provocan un efímero escalofrío de júbilo son equivalentes y encuentran sus raíces profundas en la esencia misma de nuestra sensibilidad por el instante.

México había sido derrotado nuevamente en octavos final, pero esa vez a manos del innombrable. 

Vuelvo a desmenuzar el desenlace de la jugada que da lugar al logro de dos Santos y me invade el recuerdo de la mañana de 18 de Junio de 2002: el trágico lunes en que todos los desvelados llegamos a ejercer labores en un ambiente generalizado de zozobra y desolación. México había sido derrotado nuevamente en octavos final, pero esa vez a manos del innombrable. Por las mismas razones que los franceses no recuerdan la batalla de Alesia – ni quizá tampoco la de Polokwane -, es por culpa de Landon Donovan que los mexicanos no recordamos donde queda Jeonjú…

Mientras tanto, la displicencia de dos Santos apenas le alcanza para rebasar la media cancha.

En aquel 25 de Junio de 2011, perdiendo 2 a 0 y con un Donovan inspirado, el inicio de aquella final presagia la conocida tragedia de Corea 2002. El graderío nacional espera que el espanto sea superado con más enjundia que talento, lo que milagrosamente ocurre cuando el orgullo de Ecatapec termina por cruzar a Tim Howard con un misil que se encontró abandonado a las orillas del área grande. A pesar de ello, la zozobra prevalece, y nadie en su sano juicio presagia lo que en su inmaculada quietud la eternidad del instante terminará por regalarnos…Javier Hernández se desgañita para alcanzar un balón que parece muerto en los confines del banderín derecho. Mientras tanto, la displicencia de dos Santos apenas le alcanza para rebasar la media cancha. Ha transitado por el círculo central caminando despacio, y ahora se acerca a la posición que ocupa Torrado, quién lo rebasa solidario para auxiliar a su centro delantero. Hernández casi ha tenido que derrumbar las gradas no sólo para resucitar una pedrada y convertirla en balón, sino para protegerlo como si fuera el frágil engendro de su devenir reproductivo, en uno de esos derroches de nacionalismo electrizante que le convierten en el hijo predilecto de Juan Escutia. Más tarde, en la conferencia de prensa, confesaría que desde su salida del hotel en Pasadena había tenido que aventar la lámina juarense a cuanto estadounidense se le acercara, en aras de evitar los besos pegajosos de una multitud de quinceañeras que no saben pronunciar la palabra gol. Cuando la pelota por fin se calienta, el mexicano ofrece un pase retrasado a su auxiliar Torrado, quién finta entregarlo a un Guardado que brinca y bailotea sin perderlo de vista; su alegría no termina de agotarse cuando el ríspido aire del Rose Bowl le pone los pelos de punta, en sentido literal y figurado. Pero Torrado sólo ha fintado, pues ha decidido arengar a dos Santos con una oportunidad más que deposita filtrada entre los defensas y el arco. El regiomontano despierta casi por anastomosis y cubre el balón de espaldas para no tener que encarar al portero, pues sabe que irremediablemente en ese instante lo volverá a invadir la fatalidad de su eterna duda: ¿tirar a gol o intentar un nuevo amague? Su agonía se prolonga más de la cuenta, pues como siempre, decide amagar. Es una de esas tardes en que, víctima de su propia tragedia, Don Giovanni siente que regresa Sevilla para que el Comendador le ofrezca una última oportunidad de arrepentirse. Por lo que amaga y vuelve amagar, no una sino cinco veces, provocando que su incertidumbre cause la caída de Howard y el desconcierto generalizado de la defensa rival. A medida que sigue amagando, gira instintivamente hacia el arco en busca de la redención, hasta que sus cromosomas cariocas le permiten vencer al más freudiano de sus atavismos. El tiro bombeado sobrevuela majestuoso el inútil ejercicio de levitación que intenta el último rival. A pesar del vuelo, fue imposible alcanzar el travesaño antes de que el balón agitara la red.

Ayer pasé cerca de la colonia México. El sol perseguía a un niño que, con el suéter de Tim Howard, festejaba haberle robado el balón a su amigo dos Santos. No había travesaño, sólo dos piedras… C2

 


 

Sobre el autor:  es agrónomo con doctorado en genética de plantas. Profesor titular 3F en el Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad del Cinvestav; premio de la Academia Mexicana de Ciencias, 2004 e investigador Nivel 3 del Sistema Nacional de Investigadores.

5 Comentarios
  1. A las dos de la mañana de un Lunes sin ninguna interrupción y habiendola leido de corridito, esta crónica -apología del lider y de su pasión lúdica compartida- con sus respectivas escenas es de una belleza poetica y humana digna del mejor miembro del Colegio Nacional. Para escribir algo así, no se requiere valor, puro amor y confianza.

  2. Mi querido Pilu, no sabes cómo he leído y re leído tu artículo, lo he disfrutado no sólo por haber gozado y sufrido esos partidos en Papaloapan con nuestro Cruyff regiomontando, sino también por la forma de escribir que tienes, que es un lujo leerte.
    Vivan el soccer y los Cruiffs que nos han inspirado!!
    Te quiero hermano, un abrazo

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