De la calle para la calle

Hiram Torres Rojo

 

El puente sin río.
Altas fachas de edificios sin nada detrás.
El jardinero riega el césped de plástico.
La escalera mecánica conduce a ninguna parte.
La autopista nos permite conocer los lugares que la autopista aniquiló.
La pantalla de la televisión nos muestra un televisor que contiene otro televisor, dentro del cual hay otro televisor
Eduardo Galeano

 

¿Cuántos problemas han sido puestos en primer plano a raíz de la vertiginosa ascensión del pirata Donald Trump? Lo primero fue la segregación racial y sexista; el muro ignominioso que construirá (¿?) en la frontera que tiene nuestro país con el imperio. Comentario aparte merecería el gobierno del país agraviado, México, que ha tendido una respuesta santaannista.

Cientos de organizaciones han mostrado su preocupación por el actuar del presidente estadunidense.

Tal vez el segundo punto en importancia sea el medio ambiente. Lejos para el magnate —¿los habrá conocido?— quedaron los Protocolos de Kyoto, que han desaparecido del horizonte por el tiempo y la decadencia mundial, para paliar aunque con sus limitaciones, la contaminación ambiental. Cientos de organizaciones han mostrado su preocupación por la ignorancia, impunidad y auténtico primitivismo con el que actúa el presidente estadunidense. El domingo 23 de abril se publica en los diarios reacciones de todo el mundo frente a la barbarie Trumpista. Los científicos, un sector social que no se caracteriza en su mayoría por la participación política organizada, salió —¿se atrevió?— a marchar en 600 ciudades de todo el mundo a favor de la ciencia y contra Trump. En la portada del diario La Jornada, se publica una foto de un manifestante en la ciudad de Miami, con una exótica vestimenta verde que lleva una pancarta que reza: “Trump es tóxico”. Y menciona otras dos más: “La ciencia tiene principios, Trump no” y “no hay señales de vida inteligente en la Casa Blanca”; en Washington —seguimos con la portada de La Jornada—gritaron: “¡Que financien el conocimiento, no el muro!” y aquí en la Ciudad de México, un puñado de científicos hicieron suyo lo que es un clamor generalizado: “¡Más posgrados, menos diputados!” Hasta —nótese— el papa Francisco envió un tuit en el que saludaba las movilizaciones en el imperio estadunidense.

La Marcha por la Ciencia fue declarada no partidista. Así debía ser. Aunque en la geometría política, y siendo el antagonista Trump, queda irremediablemente ubicada en la izquierda. Cosas del periodismo y del filo nuclear en que en magnate ha puesto al mundo; en otra página del diario, nos encontramos un artículo del excelente periodista Robert Fisk, cuyo título es una advertencia: “Mientras más loco Trump, más en serio lo toma el mundo”. Escribe Fisk:

Mientras más peligroso se vuelve el chiflado presidente estadunidense, más sano cree el mundo que está. Basta con mirar la mitad inicial de sus primeros 100 días en el cargo: los frenéticos tuits, las mentiras, las fantasías y valoración de sí mismo de este líder misógino del mundo occidental nos tenían pasmados a todos. Pero en el momento en que se lanzó a la guerra en Yemen, disparó misiles a Siria y bombardeó Afganistán, hasta los medios estadunidenses a los que Trump había condenado con tanta ferocidad comenzaron a tratarlo con respeto. Y lo mismo hizo el resto del planeta.”

No estamos de acuerdo en que el término que usa Fisk: respeto. Más apropiado sería miedo. Darse cuenta de que el esquizoide es capaz de cometer cualquier atrocidad. Los efectos del bombardeo a Siria se han mantenido en secreto. No necesitan, como los daños al medio ambiente, visibilizarse, pues éstos son inocultables. Sólo falta deslindar responsabilidades, o culpas abiertamente, si se quiere.

Corea del Norte, con sus amagos nucleares, busca no un equilibrio imposible en cuanto a poder armamentista. Es un narcisismo oriental que se acerca a mostrar que ellos también tienen sus garras, no para obtener en la balanza un mutuo respeto por la paz.

Pero volvamos a la ciencia. Las manifestaciones variopintas en cuanto a disciplinas, nos muestran la vulnerabilidad y fragilidad de nuestra tierra, nunca antes amenazada por un depredador locuaz. Si la guerra fría nos tenía en vilo, hoy las políticas del imperio nos empujan al precipicio.

Es importante proteger nuestros derechos, los derechos de nuestros negocios

En 1982 George Bush explicaba la negativa de su país a firmar la Convención de Biodiversidad, en la cumbre mundial de Río de Janeiro en estos términos: —Es importante proteger nuestros derechos, los derechos de nuestros negocios[1]. Y es que para afianzarse, el poder de Estados Unidos necesita, como todos los imperios, pasar sobre cualquier reglamentación, que en el fondo considera sutileza. Y una realidad dolorosa: el conocimiento no es de quien lo produce, sino de quien se lo apropia, esto es, el poder. Si no aplicara esta máxima, —ubiquémonos por un momento en la utopía—, cuántas calamidades se hubiera evitado la humanidad. No sólo tendría una mejor calidad de vida; las hambrunas, epidemias, escasez de agua, pérdida de flora y fauna, serían fantasías de escritores un tanto alucinados.

En términos ecológicos, el depredador ocasiona desequilibrio: necesita alimentarse.

En términos políticos, mientras más traga la bestia, más necesita y toma de aquí y de allá. En términos económicos, vamos de la pobreza a la miseria. Y en términos científicos: están casi a la cola, no se escuchan. Además, se les pueden retirar los subsidios para investigación, como si los recursos fueran de los gobiernos en el poder y no del Estado. Además existen los científicos pagados por los halcones del Pentágono y la CIA. Sólo admiten como ciencia lo que es útil para la guerra, y en un extremo de cinismo, para salvaguardar la seguridad nacional.

Según las conclusiones del fundamentado informe Bruntland, presentado ante la Comisión Mundial del Medio Ambiente y Desarrollo en 1987 se necesitarían diez planetas como éste para que los países pobres pudieran consumir tanto como consumen los países ricos. [2]

Ahora los llamados eufemísticamente países tercermundistas, emergentes, o en vías de desarrollo tienen una doble tarea: luchar contra sus propias burocracias locales, cleptómanas como en el caso de México —el presupuesto es para robarse— y desde ahí insertarse en las acciones mundiales en favor del medio ambiente. Es un signo alentador, dentro de la amenaza mundial que vivimos, que los científicos hayan salido a la calle. Ojalá esté a la vista que la ciencia tenga su origen en las necesidades de la calle y sea devuelta a ella. C2

 

Referencias

[1] Eduardo Galeano, Patas arriba. La escuela del mundo al revés, Siglo XXI, México, 1998

[2] Ibídem.

Poeta, dramaturgo y guionista. Cursó estudios de Administración de Empresas (UNITEC), Lengua y Letras Hispánicas (UNAM) y Creación Literaria (UACM) Autor, entre otras obras teatrales, de Guillén de Lampart, representada en México, Estados Unidos y Canadá y traducida al inglés; Escribe que soy Palestino, presentada en México y en árabe en territorios ocupados de Palestina. Ha publicado sus obras poéticas Habrá que Esperar la Lluvia, y Cosecha de Hambre. Es colaborador de Arcano Radio.com en el área de cultura, sección para la que vocaliza, edita y produce una cápsula de 15 minutos semanalmente y guionista de la Secretaría de Cultura para Código DF.

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