Doctorado en Harvard

Jesús Carlos Ruiz Suárez / Cinvestav, Monterrey

Mi profesor de matemáticas en la primaria solía decirnos que si los números se podían sumar o restar, era porque nada más sensato se podía hacer con ellos; que perdiéramos entonces el miedo, pues lo verdaderamente terrible era darse cuenta que la vida nunca era la suma de nada y saberlo en la edad adulta, cuando los años ya no se podían restar, era el colmo.

— Así que niños —repetía con jubiloso sarcasmo—, abran la mente y aprendan lo más sencillo: se suma lo que se quiere recordar, se resta lo que se quiere olvidar, la multiplicación es una forma de sumar lo mismo sin aburrirnos, la división lo contrario.

Siempre empezaba la clase así, como una oración diaria que a fuerza de repetir se nos fue grabando en la cabeza. Todos reíamos al decir al unísono semejante credo y hasta nos sentíamos matemáticos brillantes. La clase era muy amena.

Sin embargo, un buen día, un niño levantó la mano y dijo con gran seguridad:

— Maestro, mi tía me lo enseña de otra forma.

El maestro, que se llamaba Marcelo, lo miró con ojos intensos taladrándolo con la mirada:

— ¿Ah sí? ¿Te lo enseña de otra forma? Pasa al pizarrón y dinos cómo.

El silencio cayó en el salón de clases como lluvia fría en un calor de verano. El niño, cuyo nombre era Edgardo y era mi amigo, pasó al frente, tomó con valentía un gis y le pidió al maestro que le pusiera una suma.

El maestro pensó un poco y después dijo:

— Suma la edad de tu tía y la tuya.

Ufano, mi amigo escribió de inmediato: 29 + 10 = (2 X 10) + (1 X 9) + (1 X 10) = 20 + 9 + 10 = 39.

Todos nos quedamos pasmados. Lo que mi amigo Edgardo había escrito apenas lo podíamos comprender. Fijamos la mirada en el rostro del profesor para ver su reacción, esperando alguna molestia de su parte o algo así. Pero no se alteró para nada, sólo dijo:

— Estupendo, ahora suma la edad de tu tía y la edad de su esposo.

Mi amigo, desconcertado, dijo:

— Esa suma no está definida, se requieren dos sumandos. Mi tía no está casada.

El maestro levantó las cejas y se tocó el mentón con la mano derecha. Una pequeña sonrisa se le dibujó en los labios.

— Pasa a sentarte y por favor dile a tu tía que venga a verme para discutir el asunto.

Ningún niño, incluyéndome a mí, se percató de nada. La astucia del maestro Marcelo era cosa de gente mayor.

A los dos días de aquel episodio, la tía de Edgardo fue a la escuela y esperó al maestro en la puerta del salón de clases. Al llegar al salón, el profesor la miró de reojo y la saludó con mucha cortesía. La tía soltó de inmediato:

— Buenos días. Si he venido primero con usted y no con el director, es porque le quiero dar la oportunidad de explicarme lo que le ha dicho a mi sobrino. Quizá todo sea un malentendido y él no comprendió bien. ¿Le dijo a mi sobrino lo que le dijo?

— ¿Qué cosa?

— Que sumara mi edad a la suya y luego mi edad a la de mi supuesto marido.

— Sí, eso le pedí. Quería cerciorarme de que pudiera sumar bien. ¿Puedo saber por qué me pregunta con ese tono?

— ¿Por qué? Qué descaro. Se aprovecha de la inocencia de un niño para indagar algo privado.

Mi profesor, discretamente, la recorría con la mirada de arriba a abajo y apenas escuchó lo que le decían. Nosotros escuchábamos la discusión entre ellos pero nos ganaba más el juego que la trama de sus palabras.

— Perdón, ¿qué me dijo?

— Que es un descarado.

— No exagere, señorita. Balzac decía que para conocer la edad de una mujer todo era válido, sobre todo si uno pregunta de manera inteligente y original. Mi único pecado fue darle una suma fuera de lo usual a su sobrino, que a propósito, es muy inteligente.

La tía de mi amigo miró fijamente al profesor y con mucha calma dijo:

— Dudo que Balzac haya dicho eso, pero de cualquier forma los hombres petulantes no merecen saber ni eso. Además, quiero que sepa que sus métodos didácticos no me gustan. Lo deberían suspender.

Mi maestro se puso rojo, no sé si de vergüenza o enojo. Después agregó:

— Mire, en el salón de clases mando yo. Aunque esto sea una primaria, hay libertad de enseñanza. Y dado que está en mi territorio, le diré sin rodeos no que se vaya de aquí, sino que usted me gusta mucho. ¿Me aceptaría un café esta tarde?

— ¿Pero cómo se atreve?

— ¿Acepta? Recuerde la palabras de Joan Barral:  “un Café es el lugar donde la soledad es fértil y el encuentro promesa”.  Además, tomando una taza de café yo le explicaré con lujo de detalle lo que enseño a mis pupilos. Han salido genios de mi clase, se lo aseguro. En las olimpiadas estatales de matemáticas, mis ex-alumnos han ganado medallas de oro.

— Pues no me importa, seguramente ha tenido niños muy inteligentes que a pesar de sus métodos han salido adelante; como Edgardo lo hará sin duda.

— Me gusta el gesto que hace en su mejilla derecha cuando se enoja. ¿Puedo saber su nombre?

— Tal parece que estoy hablando con la pared. Usted se lo ha buscado, iré a quejarme con el director. Y si no hace nada, iré con el consejo estatal de primarias para que lo suspendan. Profesores como usted le hacen daño a la educación.

La tía de Edgardo se marchó enfurecida y mi maestro entró pensativo a la clase. No se le veía preocupado.  Después de pasar lista, se frotó las manos, se le iluminó el rostro y nos dijo:

— Niños, despejen la mente y respiren hondo, porque ahora veremos el misterio más precioso de las matemáticas: los números primos. Son únicos en todo el Universo, son como los átomos de Demócrito, narcisistas e imposibles de partir en tercios, cuartos, quintos, etc..  Es decir, divisibles sólo por ellos mismos y la unidad. Anoten: 1, 2, 3, 5, 7, 11, 13, 17, 19, 23… A ver, Matías, ¿sabes cuál sigue?

– ¿Yo, maestro?  –pregunté con una voz casi inaudible.

– ¿Quién más, hay otro Matías en la clase?  No le preguntes a tu amigo Edgardo.

– ¿El 25?  – dije con la duda más grande que alguien pueda imaginar.

El maestro me miró con un dejo de tristeza, tomó aire, volteó a ver a mi amigo y dijo:

– ¿Edgardo?

— El 29 —mi amigo respondió al instante.

— Correcto. ¿No es increíble? Justo la edad de tu tía. Si ya de por sí el 29 es misterioso y precioso por ser primo, ahora resulta que es la edad de tu tía. Qué bonita coincidencia. Coméntaselo cuando la veas, ¿sí?

— Sí, maestro, se lo diré.

No recuerdo muy bien lo que siguió durante ese año, pero sí recuerdo que antes de terminar el ciclo escolar, mi profesor y la tía de mi amigo se casaron. Edgardo, quien acaba de terminar un doctorado en matemáticas en la Universidad de Harvard, y yo, seguimos siendo muy buenos amigos. C2

Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel 3. Investigador titular en |

Sus intereses científico/académicos son: biofísica de membranas, fluidos complejos y el origen de las señales nerviosas. Le apasiona la divulgación científica, el arte y la cultura.

6 Comentarios
  1. Estupenda, magnífica y didáctica narración. Me encantó. Gracias por mostrar el camino tan fácil. Tanto para una conquista como para el aprendizaje.

  2. Genial reflexión, tiene ritmo humano, ritmo filosófico, enactua mundos, hace evidente el proceso de autopoesis, cómo no “encarnar” un recorrido de esta índole. Que el hombre sabe, SABE, pero además se saca el traje de su sabiduría por largo acumulada, y se sincroniza con un razo de luz y escribe, posiblemente más allá de lo que creía que podía escribir. Haber registrado este relato: realidad o ficción no importa, hace que lo subjetivo sea haga inter-subjetivo: uno se involucra en el andar de las palabras. Felicitaciones!!!

  3. Está genial. Me encantó la analogía de los números primos. También llama la atención la atmósfera etérea del cuento, la personalidad acentuada del profesor y algunas experiencias compartidas con los números.

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