El arte de la caricatura

Luis Franco Santaella Cruz

¡Qué más da si la caricatura es arte o no! Acaso el águila se preocupa por cómo la han de definir los hombres?

La caricatura, considerada por el gran caricaturista cubano Angel Boligán como el niño inquieto de la casa de las artes plásticas, crece en renombre y cantidad. Generalmente se ha valorado por el designio de la narración critica, por su agudeza, franqueza y acidez, fungiendo como faro en la obscuridad, generador de conciencia ante el crecimiento desbordado de injusticias y corrupción, fruto del poder hambriento que devora todo a su paso esclavizando con cadenas de censura a la libre expresión.

La caricatura se acompaña de fieles amigos, como la ironía y la metáfora; las herramientas precisas para develar realidades ocultas y descongelar mentiras recalentadas. Es ahí donde la utilidad moral de este género artístico hace de su sentido satírico la catapulta para evidenciar y ridiculizar los vicios y malos actos respecto de hechos o personajes. Ya nos decía Horacio en sus Sátiras refiriéndose a la función de los comentarios sinceros; quizá jocosos y burlescos:

“Y si hago algún / comentario franco, quizá jocoso, concédeme esta / justificación: mi excelente padre me acostumbró / a evitar los vicios señalándomelos con ejemplos” (sátiras, I,IV, 104-106).

Grandes artistas han hecho de la caricatura su lenguaje por su poder comunicativo y simbólicamente de protesta, revolucionario, anticonformista, que no va con la marea. Al contrario, ésta se sumerge en lo profundo de los ya mencionados vicios que aquejan a cualquier ser humano y dependiendo el contexto serán denominados. Haciendo referencia a esto menciono a El Bosco con El jardín de las delicias en el cual exaltaba las zonas más obscuras de la mente en los campos sexuales usando hipérboles de figuras zoomorfas y antropomorfas en actos zoofílicos manifestando una realidad inversa, que cambia el orden de las cosas haciéndola contradictoria y grotesca, pero necesaria para evidenciar la verdad  fortaleciendo el sentido moral. También cabe mencionar el célebre grabado de Crispín de Pas (1635), donde en el pie de foto dice: “El mundo se ha invertido porque satanás se ha convertido en su príncipe”.

El arte de la caricatura. Luis Franco Santaella Cruz 2015.
El arte de la caricatura. Luis Franco Santaella Cruz 2015.

Así como El Bosco, infinidad de artistas han enfrentado la realidad con humor perdiendo el respeto a cosas que no lo merecían, cosas rancias del momento, teniendo como fruto una actitud sonriente ante la ira que les permitiera olvidarse del mundo incómodo y desagradable en que se vivía. Como voceros de los malos usos del poder; los caricaturistas han sufrido control intelectual, encarcelamiento y muerte, tal es el caso de Honore Daumier, caricaturista francés del siglo XVIII que por dibujar repetidas veces al Rey Felipe I con cabeza de pera, (en francés poire que significa también tonto), por disposición de sus ministros fue encarcelado seis meses, los cuales no sirvieron para detener su actividad critica, pues arremetió nuevamente y como era de esperarse, volvió a la cárcel pues se le consideraba peligroso o en palabras del crítico Henry James “Tan peligroso es el arte de la caricatura cuando tiene calidad”.

La caricatura en sí puede entenderse como un carnaval donde todo se vale, se exagera o se deforma, dejando ver en realidad el fondo de las cosas sin ataduras cotidianas. Grandes exponentes de este arte en varios puntos del mundo dejan clara su importancia para la vida: Daumier, Goya, Orozco, Steinberg, Cabral, Quino, Mingote, Rius, Naranjo, Fisgón, Boligán, Sergio Aragonés, Carreño, Fontanarrosa, Caloi, Sabat, Nine, Manilla, Guadalupe Posadas, Quezada, Palomo, Freyre, Helio Flores, etc. Todos ellos han hecho de este oficio un arte, que con inteligencia y humor blanco, negro, rojo o rosado, ya sea en caricatura, historieta o viñeta, en palabras de Antonio Mingote (caricaturista español), se torna en una arma que casi siempre actúa en virtud y a favor del pobre, del desprotegido, del noble que no tiene más que aceptar su realidad riéndose de los demás y de sí mismo. C2

 

 

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