El espíritu del sur

Roberto Abad

 

Necesito contárselo a alguien, así que usted va a ser el primero. Ande, apague la tele. Tráigase esa jarra de agua, que cuando hablo mucho se me reseca la garganta. La verdad, no tengo idea de lo que pasó con mi niño Emilio, mi nieto, aunque yo lo trato como a un hijo, porque ya ve que lo cuidé desde que estaba en brazos.

Como su madre ni veía por él… Bueno, antes no se preocupaba, pero ahora ha empezado a llamar médicos y psicólogos de no sé dónde. Mi otra hija que estudió y sabe de esas cosas y de libros, dice que hubo un señor en la época de los griegos que dijo que las almas podían pasar de un cuerpo a otro, con todos los recuerdos, después de haber muerto. A lo mejor es así, me explicó. Pero eso a mí me parecía imposible.

Por las celebraciones de las fechas, también representarían una escena de la Revolución en la que Emilio iba a ser el mero jefe.

Emilio siempre fue un niño sano. Dejaba ponerse sus inyecciones tranquilito, casi sin chillar. Tomaba leche con pan diario y se comía las verduras que dejaban sus primos; con ellos iba a la escuela, pues se llevaban meses de nacimiento. Si se trata de ubicar el momento en que empezó este infortunio, puedo decir que fue el día que salió de la primaria. Me pidieron una cacerola de mole para el festejo, así que me quedé preparándolo mientras todos veían cómo les daban sus diplomas a los niños. Por las celebraciones de las fechas, también representarían una escena de la Revolución en la que Emilio iba a ser el mero jefe, el general. Mariana, su madre, se puso contenta.

Pero cuando regresaron traían unas caras cortadas que ni la gripa deja. Supuse que era el hambre, pero nadie se acercó a la mesa. Otro de mis nietos, que también salió de la primaria, dijo que Emilio se quedó mudo a mitad de la escena, cuando debía decir sus diálogos; lo más importante, digamos. El resto de la ceremonia se le vio con el semblante ido. ¡Pues cómo no iba a molestarse, si quedó grabado todo! Emilio se metió a su cuarto, azotando la puerta con arrojo, y el mole lo comimos hasta en la noche. Pero entonces tampoco salió de la habitación. Se escuchaban ruidos por dentro, igual que si estuvieran aventando los zapatos o moviendo los muebles de su lugar. Creo que la causa de su enojo no había sido el hecho de olvidar lo que tenía que decir, sino comprender aquello que sólo debía memorizar sin saber qué significaba.

Emilio se quedaba mirando las caricaturas, mas no las observaba…

Entradas las vacaciones fue que se sintió el cambio. Emilio se quedaba mirando las caricaturas, mas no las observaba. Las veía sin ver, como si entre sus ojos y la pantalla hubiera una tela delgada. Porque le apagaba el televisor y no se movía, ¿me explico? Se quedaba recostado en el sillón de la sala, estático. Varias veces lo encontré parado frente a la ventana; parecía dormido pero con los ojos abiertos. Ni siquiera le hacía caso a su cochinada de videojuego que tanto nos costó. Yo le preguntaba si quería hablar con alguien, pero su silencio sólo hacía que me apartara, incluso, con un poco de miedo. Empezó a decir palabras extrañas mientras dormía. Que si las caballerizas estaban en orden. Que si había comida para todos los capitanes y los campesinos. Que si las tierras eran de unos, por qué las tenían otros. Cuando soñaba no era él, pero, dígame, quién es de verdad uno mismo cuando sueña.

Mariana, por su trabajo, tenía que estar al pendiente de los noticieros. Cada noche permanecía atenta a lo que decían los conductores. Justo una semana antes de que los chamacos entraran a la secundaria, fuimos testigos de la actitud bronca de Emilio, pues al comenzar el noticiero de las nueve dieron una nota que nos pareció bastante común, tratándose de este país: un campesino estuvo preso durante diez años y hasta ahora las autoridades reconocían su inocencia; la orden de llevarlo a la cárcel venía del gobierno. De pronto Emilio chistó: ¡Ya van a ver esos cabrones!, así dijo el mocoso, ¿usted cree? Emilio, cállate, le dije luego luego, y no pasó más. Pero lo que percibí en él fue una rabia ajena, de años, como la que veía en mi juventud.

Lo único que pedía de comer eran frijoles con huevo, tacos de chicharrón con queso y aguacate, y las tortillas hechas a mano.

Al entrar a clases en la secundaria se soltó diciendo que la maestra de historia no sabía nada. Se metía emberrinchado a su cuarto durante el resto de la tarde. Lo único que pedía de comer eran frijoles con huevo, tacos de chicharrón con queso y aguacate, y las tortillas hechas a mano. Si no, no comía. Escuchaba la radio campesina, una estación que no sé cómo dio con ella. Ahí lo veía quieto, pegando la oreja y haciendo rabietas con las sandeces que decían de los políticos. Tronaba los labios, fruncía la ceja y se cruzaba de manos. Trataba de no molestarlo, mi niño tenía derecho a darse cuenta por sí solo del lugar en que vivimos. Ciertamente, no era el mismo Emilio que yo había criado. Lo supe bien un día que lo encontré frente al espejo del baño, repitiéndose con el volumen de un secreto: Yo soy Emiliano Zapata. Le tapé la boca para que Mariana, quien tiene achaques de cualquier tipo, no se enterara de las tonterías adolescentes que estaba pronunciando su hijo, pero en cuanto quité la mano lo gritó. Y ahí sí que lo escucharon.

Emilio o Emiliano —ya no sé—, decía las palabras correctas, por eso incomodaban. Pero si no las decía él, entonces quién. ¿Por qué van a pagar más por la gasolina? ¿Por qué les quitan el agua? ¿El huevo a cincuenta? Ya ni la chingan, y lo decía sin apuros. Sus primos nada más se le quedaban viendo. No, eso no está bien, concluía. Una mañana nos llamaron de la escuela diciendo que fuéramos enseguida; me pasó por la cabeza un sinfín de motivos para estar ahí, pero jamás el que la directora enunció al cerrar la puerta de su oficina. Pasó que nadie quiso decir las efemérides al micrófono, salvo mi niño. Al estar a la vista de la escuela entera, pronunció un discurso sobre el trato que se les daba a los alumnos en la cooperativa, y que los maestros eran de pésima calidad y las cuotas de inscripción estaban carísimas. Unos cuantos lo apoyaron con timidez, lo que provocó que los suspendieran una semana, con reporte en la boleta, y que llamaran a sus padres. A Emilio le fue indiferente, prefirió no regresar a estudiar.

Para entonces había perdido unos cuantos kilos y su aspecto era el de un joven desaliñado, como cualquier adolescente, pero sin la torpeza que caracteriza esta etapa. Se dejó el bigote, apenas dos manchas delgadas a los lados de la boca. En verdad se sentía Emiliano Zapata y, por un momento, me hizo dudar también. Qué tal que sí era. Lo vimos tan informado y seguro de sí, que tenía algo de sentido que el espíritu del general volviera a la Tierra en el cuerpo de mi niño Emilio.

Nunca supe de un caso similar y me daba miedo que la gente desconfiara. Ya ve que ahora para desconfiar de una persona se necesita lo mínimo, tan sólo que sea diferente a los demás.

Lo extraño no fue eso, sino el mensaje, que bien podría pasar por un telegrama: alcánzame en la delegación, es Emilio.

Ayer, llegando del mandado, vi cierto desorden en las habitaciones. La casa estaba vacía. Mariana dejó un recado que, por la letra, parecía haberlo escrito nerviosa. Lo extraño no fue eso, sino el mensaje, que bien podría pasar por un telegrama: alcánzame en la delegación, es Emilio. Si le dijera que corrí es poco. Busqué en la recepción, pero las oficinas se veían deshabitadas. A lo lejos me pareció escuchar un alboroto. Frente a la Cuauhtémoc estaban dos grupos de manifestantes y, en el toldo de un coche, Emilio, moviendo las manos, alborotándolos, pues. Al fondo había una motocicleta de policía incendiándose. Me acerqué, pude ver a Mariana llorando, desesperada porque se bajara del auto. Pero no la obedecía. ¡Emilio, bájate de ahí! ¡No seas tonto!, le dije y lo tomé de una pierna. Con los empujones fui a dar al piso. Un señor de sombrero me levantó; al estar de pie sentí cómo un chorro de agua helada me empujaba al asfalto otra vez. Habían llegado los granaderos. Corrimos.

Nosotras logramos escapar, pero a varios los detuvieron. Por la rapidez del momento, no supimos qué ocurrió con mi niño Emilio. Estuvimos preocupadas y en vigilia hasta esta mañana, cuando tocaron la puerta y dejaron un sobre con una carta, que en cuanto la vio mi hija se arrancó hacia la calle y yo detrás de ella. Con mi edad fue difícil seguirle el paso. Tomamos un autobús que nos llevó a la terminal del sur. Mariana estaba muy alterada, lo veía en sus manos temblorosas. Al llegar, fuimos adonde salen los autobuses, y ahí estaba Emilio. Se veía pálido, ojeroso, como si llevara días sin dormir, pero no, sólo la noche anterior, que la pasó con los manifestantes, quienes lo habían tratado afablemente y lo llevaron a la estación de autobuses para que regresara, según decía la carta, con los suyos en Anenecuilco; porque así lo pidió él. Sentí que nosotras éramos las únicas que seguían pensando que era nuestro Emilio. En cambio ellos tenían la certeza de que se trataba de la reencarnación de Zapata. Es que si algo tenía Emilio era que, con sus palabras, devolvía la esperanza. Pero el general no era un orador, sino un luchador valiente, y a mí niño le faltaba mucho para serlo.

Lo trajimos a casa de inmediato. Estaba más extraño que antes, angustiado, o de alguna manera triste.

Lo trajimos a casa de inmediato. Estaba más extraño que antes, angustiado, o de alguna manera triste. Le dimos un té de azahares para calmar los nervios. Se durmió de rato, y nosotras hicimos lo mismo. Escuché que se levantó a la hora, pero el cansancio me obligó a seguir en cama, no sin antes rezar y pedir a todos los santos conocidos, que me devolvieran a mi niño, que lo quería tal cual, con los recuerdos y el alma que le pertenecían. Volví a dormir. Me desperté por la tarde, fui directamente a su cuarto, Emilio ya se había cambiado de ropa. Estaba sentado sobre la orilla del colchón. Había rasurado el poco bigote y la piel tenía un brillo especial, verdoso. ¿Cómo está mi niño?, pregunté, la verdad, sin esperar respuesta. Pero a los segundos dijo: Bien, abuelita, mejor, se incorporó y me dio un abrazo. Entonces supe que el alma del general estaba fuera del cuerpo de Emilio. Porque las palabras que salieron de su voz eran las mismas de cuando estaba chiquito. Tenían el mismo tono dulce, enternecedor. Durante el día no volvió a hablar de injusticias. Preguntó por la escuela, como si de pronto hubiera despertado de una pesadilla sin saber lo que pasó. Es una buena señal. Tal vez el alma de Emiliano Zapata, como decía mi otra hija, ya esté en un cuerpo más apto. Lo digo porque antes de venir escuché un grito que provenía del vecino de la casa contigua, un hombre de negocios que dijo de repente: ¡Tierra y libertad!,  y pensé que el espíritu ahí estaría mejor, mucho mejor. Ahora sí, le acepto un vasito de agua. Gracias.  C2

 

 


Roberto Abad (Cuernavaca, 1988), escritor y músico. Estudió educación en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Fue incluido en las antologías de cuento Alebrije de Palabras. Escritores Mexicanos en Breve (BUAP, 2013). Ha publicado en diversos medios nacionales e internacionales; varios de sus cuentos fueron traducidos al francés y al portugués. El cuento “El espíritu del sur” es parte de la antología Los regresos de Zapata (Cimandia, 2014).

Escritor y músico. Ha publicado en diversos medios nacionales e internacionales; varios de sus cuentos fueron traducidos al francés y al portugués. Orquesta primitiva (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015) es su primer libro de cuento brevísimo. “El gran escape” fue incluido en la antología La noche y la luz. Fábulas de lo extraño (Lengua de diablo, 2016).

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