Exoarqueología hípica

José M. Méndez A. / Cinvestav Zacatenco

Un fin de semana largo puede tener efectos secundarios. Lo sé porque nos ocurrió a principios de mayo, cuando regresábamos de nuestro puente en Mérida y mi hija de nueve años declaró, tras suspirar profundamente y hacer gala de una paz interna que le desconocíamos, que esas habían sido las mejores vacaciones de su vida.

El sobresalto me hizo girar bruscamente hacia mi esposa y pude ver mi consternación reflejada en sus ojos.

Por primera vez habíamos participado en excursiones con cierta dosis de osadía –– mi hija nadando entre los manglares de la Ría de Celestún, mientras su padre aguza sus desgastados sentidos en busca del caimán asesino; mi hija brincando a un cenote en el interior de una cueva desde varios metros de altura, mientras su padre estima la probabilidad de que caiga en el ojo de agua; mi hija guiando el caballo que tira del carro centenario que nos transporta sobre rieles infames, mientras su padre intenta conservar íntegras cada una de sus vértebras–– y por primera vez mi hija estaba satisfecha. No fue una sorpresa, no realmente, pero a partir de ese momento no podríamos seguir aderezando nuestra fingida ignorancia con margaritas y capuchinos a la orilla de una alberca tranquila y segura.

Así fue como cuatro meses después terminamos cabalgando por la Cañada de la Virgen.

Así fue como cuatro meses después terminamos cabalgando por la Cañada de la Virgen. Rodrigo, nuestro guía, nos recogió muy temprano en el centro de San Miguel de Allende; junto al Toro de Hierro. Nos informó primero que el desayuno ranchero se había cancelado y nos recomendó, muy enfáticamente, los burritos del Oxxo, mojados con Coca Cola. Desafortunadamente no pudimos acompañarlo, pues no sabíamos que habría un desayuno ranchero y comimos en el hotel.

Una hora después viajábamos por un estrecho camino a través de un paraje bellísimo, pincelado por las lluvias de verano. De pronto y sin motivo aparente, Rodrigo estacionó la enorme camioneta y señaló en lontananza hacia un claro en la verdura del paisaje, donde se encontraba una hermosa pirámide de doble cúspide que me pareció recién remozada. Nos platicó que habría entablado amistad con la astroarqueóloga de las excavaciones – siento el primer pinchazo en el hígado –, quien le habría comentado que para el 4 de marzo se esperaba la puesta de sol exactamente por entre los picos.

Todos los planetas estaban en línea...
Todos los planetas estaban en línea…

Cuando llegó el día Rodrigo estuvo ahí, Smartphone en mano. Nos contó que “el sol permaneció a un lado de la pirámide, al punto en que los presentes casi pierden la esperanza del esperado suceso, pero entonces ocurrió algo sorprendente ––siento otro pinchazo en el hígado––, pues justo antes del ocaso se colocó en el centro”. Rodrigo tenía una App tipo SkyView en su teléfono y tuvo la curiosidad de observar la distribución de los astros en ese preciso momento. Continuó narrando con emoción: “¡Todos los planetas estaban en línea, apuntando exactamente al intersticio entre las cúspides, excepto uno que más tarde encontré detrás de la tierra, sobre la misma línea! ¡Algo así sólo pudo ser hecho por extraterrestres!” ––  ¡mi hígado!

A partir de ese momento nos bombardeó con montones de “evidencias” de presencia alienígena sobre la tierra: fotos de las pirámides de Teotihuacan, de las de Egipto, de las líneas de Nazca, de las construcciones incas. Aquí hizo una pausa, para mostrarnos acercamientos de la unión entre las piedras de un muro: “¡Una unión así de precisa sólo puede ser lograda con tecnología extraterrestre!” Así decía, mientras sostenía entre sus manos un teléfono con piezas que deben encajar micrométricamente. Rodrigo hablaba con pasión, animado por un coro de expresiones aprobatorias proveniente de los miembros de otra familia que viajaba con nosotros. Yo empezaba a retorcerme en mi asiento y mi esposa, mucho más ducha en el arte de ser condescendiente, me observaba divertida, esperando el momento de la explosión.

Ésta llegó junto con “las marcas que dejan las naves alienígenas en los trigales de la campiña inglesa”

Ésta llegó junto con “las marcas que dejan las naves alienígenas en los trigales de la campiña inglesa”. Las hacen las personas ––mascullé con un susurro tosco y muy poco elocuente. éstas no ––reviró Rodrigo e inmediatamente pasó a mostrarme fotos de algunas terriblemente mal hechas. “éstas sí y, como puedes ver, no alcanzan la perfección de las extraterrestres”. Algunas están bien hechas y otras no – respondí, aplastándome contra el asiento, como un resorte que está a punto de liberar toda su energía. Puede ser ––respondió con disgusto, después de leer mi lenguaje corporal. Guardó su teléfono, encendió la camioneta y enfiló hacia el rancho. El resto del viaje transcurrió con un silencio incómodo.

La cabalgata que siguió fue sensacional. Los paisajes eran increíblemente bellos. Descendimos unos cien metros pegados a uno de los costados de la cañada y, una vez abajo, descansamos junto al arroyo cargado con agua de lluvia nocturna. Hacia el final disfrutamos de un almuerzo ranchero con los sabores de mi niñez campirana. El único momento de tensión fue cuando mi hija decidió galopar, fundida con su caballo, a tal velocidad que me fue imposible seguirla y se me perdió de vista. Mi desasosiego encontró cierta calma cuando mi despreocupada esposa me dio alcance lentamente y dijo con la mirada: a eso vinimos. Afortunadamente mi hija resultó ser una excelente jinete.

Durante la noche estuve molesto conmigo mismo por no haber sido capaz de enfrentar con elocuencia el pensamiento mágico de mis compañeros de viaje. Fue entonces cuando decidí escribir este relato, a modo de desahogo. Cuántas veces tenemos que escuchar las mismas necedades? Les ha ocurrido? Por qué es tan difícil apasionarse por la realidad? Cómo es que la verdad compite tan pobremente en el juego de las ideas? C2

 

Notas al margen:

1. Debido a la conservación del momento angular todos los planetas del sistema solar se mueven en un mismo plano, por lo que, vistos desde la tierra, siempre aparecerán orientados sobre la misma línea circular que recorre la bóveda celeste, aunque se encuentren a distancias distintas. Si uno construye una pirámide alineada con el sol (puede no estarlo?), es inevitable que también lo esté con los demás planetas, aunque su existencia nos fuera desconocida.

2. No hay absolutamente ninguna evidencia a favor de la idea de que inteligencias extraterrestres han estado presentes en la tierra y tenido influencia sobre los humanos durante milenios. En cambio, sí hay muchas evidencias en sentido contrario. Lo más sensato es pensar que dicha idea está equivocada.

3. Las cronologías contenidas en el artículo se refieren al año 2014.

 

 

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