Genética y epigenética

Inteligencia y corrupción

Jesús Carlos Ruiz Suárez / Cinvestav Monterrey
Juste un C qui se transforme en G,
quelle merveilleuse petite erreur!
Thomas Cavaillé-Fol

 

A mediados del presente año, antes de abordar mi vuelo de regreso a México después de pasar unos días en el ESPCI (École Supérieure de Physique et de Chimie Industrielles), en Paris, Francia, compré, en un puesto de revistas del aeropuerto Charles de Gaulle, una revista llamada Science & Vie. Es una revista que compro con gusto cada vez que voy al país galo. No sólo me gusta leerla para no olvidar el poco francés que sé, sino además porque sus artículos tocan temas científicos actuales que despiertan la imaginación.

La mutation qui a fait grossir notre cerveau

A unos minutos de haber despegado, y con el pensamiento que siempre me asalta cuando un gigantesco avión levanta el vuelo (pues me parece un acto de magia a pesar de que conozco las leyes de la aerodinámica que lo hacen posible), abro Science & Vie.  Empiezo a pasar las hojas y me decido por el siguiente artículo: La mutation qui a fait grossir notre cerveau (la mutación que agrandó nuestro cerebro), de Thomas Cavaillé-Fol. El autor narra un hallazgo realizado en el Instituto Max Planck de Biología Celular y Genética, en Dresden Alemania, en el laboratorio del Dr. Wieland Huttner.

 

El equipo dirigido por el científico alemán sugiere haber determinado el momento, y la razón, del surgimiento del cerebro actual del Homo sapiens hace aproximadamente 7 millones de años, producto de una mutación en el ADN de un primate llamado Toumaï. El cerebro de tal primate tenía un volumen de 350 cm3, mientras que el cerebro del hombre actual es de 1350 cm3. Es decir, en casi 7 millones de años, el cerebro ancestral se cuadruplicó. Al terminar de leer tan revelador texto cerré los ojos y pensé en lo afortunado que era. Una mutación me había puesto aquí con la capacidad de entender el porqué. Dos días después, cuando ya estaba en mi oficina algo repuesto del cambio de horario, decidí que tenía que indagar más sobre el tema.

Fig. 1
Fig. 1

En cada una de las células que componen nuestro cuerpo hay una molécula larguísima llamada ADN (Fig. 1), que está compuesta por una secuencia de cuatro moléculas nitrogenadas: Citosina (C), Guanina (G), Timina (T) y Adenina (A), véanse las figuras 2-5. Éstas, como se ve en la Fig. 1, se unen en pares en una forma sencilla, repetitiva y ondulatoriamente aburrida. La sucesión de estas “letras” (C, G, T y A), 3 mil millones de veces, componen el libro de la vida. Lo que somos y lo que seremos está contenido ahí. Si tecleara estas 3 mil millones de letras una tras otra: TAGCGGTAC… se completarían 750 mil cuartillas como las que estoy escribiendo en este momento. Cada una de nuestras células tiene en su interior a tan inmenso libro, encargado de producir los pequeños bloques (aminoácidos) que a su vez forman bloques más grandes (proteínas). Éstas determinan nuestra estatura, el color de la piel, la forma y tamaño de las orejas, los pies, lo feo o bello que somos, la posible enfermedad que nos hará morir, y miles de características más.

Cada día estas diminutas fábricas dentro de nosotros, copian, copian y copian esa información guardada en el ADN para crear las proteínas que nos constituyen.

Pero nada es infalible y como siempre, algunas veces se producen errores. Las células no son máquinas perfectas. Así que un día como éste, hace siete millones de años, un Toumaï vino a nacer con una letra intercambiada. Producto de un error, o fluctuación (aunque en la jerga de la biología genética se llama mutación), una letra C se transformó en G en un rinconcito del cromosoma 15, específicamente en un gen llamado ARHGAP11B.

Fig. 2
Fig. 2
Fig. 3
Fig. 3

Observe bien las letras C y G en las imágenes adjuntas (Figuras 2 y 3). En la letra G (Fig. 3) hay 5 bolitas azules (átomos de nitrógeno), 5 bolitas grises (átomos de carbono), 5 bolitas blancas (átomos de hidrógeno) y una bolita roja (átomo de oxígeno). En la letra C (Fig. 2) hay 3 bolitas azules, 4 grises, 5 blancas y una roja. La diferencia entre las dos letras es obvia: la letra G tiene 2 átomos de nitrógeno y uno de carbono de más. Ahí está el quid del asunto: en estos tres átomos. En un día bastante caluroso (ya que nuestros abuelos eran de África), la madre naturaleza perdió la concentración y cuando hilvanaba la C, se equivocó y metió una G. A la más orgullosa de las madres se le pasan 3 átomos. Así que cuando el primer Toumaï “genéticamente modificado” abrió los ojos, ya nada sería igual. Siete millones de años después de este pequeño error aquí estamos, estimado lector: yo escribiendo estas líneas y usted leyéndolas.

Fig. 4
Fig. 4
Fig. 5
Fig. 5

No se abrume si de genética no entiende nada, yo tengo que confesar que igual sé muy poco del tema. Pero soy un Homo sapiens después de todo y sé que la ignorancia no es genética, sino circunstancial. Y para demostrármelo decidí instruirme más, adquiriendo uno de los libros más fascinantes que he leído en mi vida. El libro se llama The Gene, an intimate history, de Siddhartha Mukherjee. El autor, quien con su primer libro, The emperor of all maladies: A biography of Cancer, ganó el Premio Pulitzer (también lo leí y lo recomiendo), nos lleva de la mano por la historia del gen, y de paso se desnuda en su propia intimidad.

thegeneEs imposible explicar en estas pocas líneas lo que Siddharta Mukherje desgrana en cientos de páginas, sólo diré que al terminar su libro he comprendido, mucho mejor que antes, y quizá desde un punto de vista reduccionista, que soy lo que soy porque mis genes son lo que son. En mi catarsis reduccionista, he empezado a sentir cómo la inmensa cantidad de átomos que componen mi cuerpo y se han organizado de tan particular forma, me definen sólo a mí; con una marca hereditaria detrás, desde luego. La marca hereditaria de mi padres, mis abuelos, mis bisabuelos, mis tatarabuelos, y todos los demás ancestros hasta llegar a los Toumaïs. En esos 7 millones de años la evolución me hizo tal como soy.

Con todo, debo decir que cuando me rasuro por las mañanas entra en mí un profundo desasosiego, un vértigo que poco a poco me va traumatizando. ¿Quién es esa persona que me mira dentro del espejo?, me pregunto. No se me tome como un tonto que ya no soy un Toumaï; sé muy bien lo que es un espejo. Es un vidrio con una película metálica detrás y justo porque es metálica la luz no la puede atravesar. Los electrones en la superficie de la película oscilan y esto hace irradiar la luz de regreso. Y mis ojos me ven.

Me ven con los pelos que me tengo que rasurar, con las arrugas que no me puedo quitar, con el cansancio que el sueño no me pudo borrar. Dicen que cada vez me parezco más a mi padre. Eso es obvio y ya lo dije, pues la mitad de sus genes me los pasó a mí; 12 mil quinientos genes con el ánimo de redondear. Las orejas, la barbilla, el pelo, las manos, la voluntad, la terquedad… la lista es larga, son de mi padre. Mi madre, desde luego, me dio la parte que resta: las cejas, los dientes, los lunares, la sensibilidad y más voluntad. No hay más ley que ésta: por las vicisitudes del azar y el destino, estoy aquí porque fui copiado con dos distintas mitades.

monkeyATmirror

El asunto es que desde que leí ese artículo de Science & Vie en junio pasado, sigo metafóricamente parado frente al espejo analizando lo que soy. Soy un primate cabezón con más materia gris que mis antepasados; soy un ser que tiene conciencia de la vida y de la muerte; soy un científico que todos los días va a su laboratorio para continuar con lo que se propuso hacer hace varias décadas; soy un Homo sapiens que se interesa por el futuro de la humanidad y de su propio país; soy un ex-Toumaï que piensa que la evolución que nos trajo aquí es una fuerza llena de azar y determinismo. Azar porque fue una equivocación de la naturaleza colocar una G donde iba una C, determinismo porque tal error ha perdurado hasta nuestros días. Estamos aquí porque los errores perduran como leyes. No hay marcha atrás, la vida está llena de errores que no tienen compostura, porque fueron seleccionados por algo que se llama evolución.

 ¿A quién le gustaría ser un Toumaï y vivir en una cueva?

Me queda claro que esa distracción de la madre naturaleza fue benéfica para mí y para mis semejantes. ¿A quién le gustaría ser un Toumaï y vivir en una cueva; estar a expensas de un animal salvaje al salir a cazar la comida o recoger nueces? Yo, ahora, soy feliz si me voy a un café a leer o a escribir; y prefiero mil veces disfrutar lo que la ciencia, la tecnología y el arte han dado a la civilización. ¡Sí, bienvenida la inteligencia que llegó por el error en el gen ARHGAP11B!

Dicho todo lo anterior, con todo el júbilo que cabe en mí, no puedo reprimir el desasosiego que por otro lado me invade. A pesar de que la inteligencia es bienvenida, pienso que con ella se potenciaron cosas no gratas. Por ejemplo, la avaricia y corrupción. ¿Eran nuestros antepasados avaros y corruptos? Supongo que se robaban nueces entre ellos, o se peleaban sacando los dientes. Con un cerebro tan pequeño qué se podía esperar. ¿Pero nosotros? ¿Qué cambió cuando nos hicimos inteligentes?

La inteligencia racional es una capacidad cerebral… para bien o para mal.

Visto en forma relativa, nada. O todo. La inteligencia racional es una capacidad cerebral, así que todos los instintos del hombre que se valen de ella se potenciaron. Para bien o para mal. Aquél que es honesto y solidario lo será más al usar su inteligencia. Aquél que es avaro y corrupto se valdrá de su inteligencia para obtener más. Homo sapiens de un tipo o del otro, que conocemos en nuestra vida o los vemos en las noticias.

Dado que para muestra basta un botón, recordemos un ejemplo actual y doméstico en este país surrealista de todos conocido: el Homo sapiens que gobernó y saqueó al estado de Veracruz. Se requiere una inteligencia elevada para urdir la manera de robarse las arcas completas de uno de los estados más poblados del país; para disfrazar el destino del dinero; para conseguir el silencio de tantos cómplices. Un volumen de casi litro y medio de neuronas trabajando para tal propósito. Convendrá el lector conmigo que un abuelo Toumaï jamás hubiera podido robarse las nueces de todo un territorio, frente a las narices de cientos o miles de Toumaïs.

¿Qué es la corrupción? ¿Está codificada en el genoma humano? Mukherjee reflexiona sobre una característica especial y notoria en aquellos individuos con el síndrome de Down. Ese genotipo, producido por la duplicación de 300 genes en el cromosoma 21, se aleja de la “normalidad” fisiológica de aquellos que no tienen tal duplicidad. Las mujeres y hombres con tal síndrome tienen déficit cognitivo, pérdida auditiva, propensión al cáncer de sangre, etc.. Concomitante a tales deficiencias, nos dice Mukherjee, no se observa en ellos crueldad ni malicia.

¿Qué es la corrupción? ¿Está codificada en el genoma humano?

Entonces, queda claro que es en un genoma “normal” donde surge la propensión a ser corrupto. ¿Pero qué la regula? ¿Hay un gen responsable? Yo no creo que lo haya. No puedo concebir que un bebé nazca corrupto y sólo espere la edad adecuada para abrir las alas de la avaricia.

¿No será que el ser corrupto es más bien un fenotipo producto del medio ambiente? Si el medio ambiente, inexorablemente, va modificando al ADN con átomos de hidrógeno y carbón (Mukherjee nos recuerda que a este fenómeno se le  llama metilación y esto es la base de la epigenética), ¿surge de dicha “modificación molecular” el fenotipo del ser corrupto? El ambiente no modifica a los genes, pero sí los puede silenciar o expresar. ¿Qué proteínas no se expresaron o se expresaron en forma diferente en aquel individuo que se corrompió?

De nuevo tomemos el caso de aquel Homo sapiens que dejó en números rojos las cuentas del estado de Veracruz. ¿Es un hijo de la epigenética? ¿Cómo fue su infancia en edad escolar? A decir de su rostro, fue un niño siempre sonriente. Seguramente sano y jovial, incapaz de robarles juguetes a sus amigos. Así, pudo ser un maestro noble o un dentista respetado. ¿En qué momento cambiaron las cosas y se dio dentro de él la modificación epigenética que lo llevó a la pérdida de su integridad moral? ¿Qué gen fue metilado para cambiarle su patrón de expresión?

¿Cómo saberlo? Si la naturaleza produjo la inteligencia cambiando apenas tres átomos en las  letras de un gen, qué no producirá el medio ambiente en el ADN de un Homo sapiens… Para bien o para mal. C2

Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel 3. Investigador titular en |

Sus intereses científico/académicos son: biofísica de membranas, fluidos complejos y el origen de las señales nerviosas. Le apasiona la divulgación científica, el arte y la cultura.

5 Comentarios
  1. Muy buen contenido dados los hechos aun somos capaces de poder moldear nuestro actitud en respuesta a las diferentes circunstancias en las que nos toca vivir…..

  2. La evolución de nuestra especie siempre ha sido muy interesante, entre las convivencias de las diferentes especies de hominidos, las teorias de la alimentación que implican el desarrollo del cerebro al proveerle los aminoacidos necesarios son básicos, sin embargo los comportamientos de daño a sí mismo o a otros seres humanos son aun mucho mas complejos y como bien dices siempre hay que considerar las circunstancias sociales implicadas para que los genes que llevamos dentro se despierten y hagan su trabajo. Excelente artículo!

  3. Me parecio muy importante tu comentario,no tenia idea de esto, creo que nos hace falta otro error del que mencionas,tal vez el cambio nos beneficie aun mas.

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