La afabilidad incomparable del cuento

Dalina Flores / UANL

Adoro los cuentos…

León Felipe condensa su índole en un durísimo y crítico poema que, a pesar de todo, determina su totalidad:

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.

En un sentido menos implacable y más narrativo, la naturaleza del cuento es vertiginosa, precisa, sorprendente. Leer un cuento es como estar frente a un iceberg y tener la certeza de que lo más significativo es lo que no se puede ver y nos hace mella en la conciencia, aunque nos seduzca, precisamente, por la vista.

El cuento siempre es un detonador de ideas y emociones. 

El cuento siempre es un detonador de ideas y emociones. Pero sobre todo, es el mejor amigo para la lectura: los biblionautas de todos los tiempos y latitudes pueden dar cuenta del número de pequeños y grandes lectores que hemos traído al lado oscuro a propósito de la lectura de Abaddon Tenebrae, un cuento de Antonio Malpica, incluido en la antología Siete habitaciones oscuras, que aborda el terror de los sobrenatural ambientado en una realidad muy cercana al lector: el mundo de los videojuegos.

Siete-habitaciones-a-oscurasEsa historia está acompañada de otras seis que, si bien no despiertan ese pavor espeluznante del miedo sin límites que provocan las películas, sí logran atrapar al lector por los recursos narrativos de las experimentadas plumas de Mónica Brozon, Gabriela Aguileta, Ana Romero, Juan Carlos Quezadas, Juan Pablo Gázquez y Javier Malpica.

En cuanto a las compilaciones de cuentos, que no todas las editoriales se atreven a lanzar a la venta, editorial Norma ha hecho una apuesta interesante en muchos sentidos, pues no sólo promueve la calidad de estos autores mexicanos (asociados con la LIJ), también atrapa a los lectores a través de historias vertiginosas y muy bien contadas.

En el segundo libro (del que espero hagan una serie), Otras siete habitaciones a oscuras, el terror está presente en cada relato mediante estrategias muy efectivas, pues los escritores evidencian una madurez narrativa más sólida que en los anteriores, y son capaces de provocarnos un terror sin límites (juro que tuve que dormir con la luz prendida después de leer el cuento de Javier).

Gabriela Aguileta nos arroja de inmediato en las fauces de lo desconocido, con la historia de Mati, una niña con debilidad visual y la angustia que le provoca descubrir un mundo secreto y corrompido. Después, la historia de Antonio Malpica nos sitúa en medio de la desolación y la incertidumbre de un pueblo maldito, dominado por bestias. Por su parte, Ana Romero retoma la chunga y el cotilleo que hay detrás de toda expedición adolescente a los universos de ultratumba y nos hace acompañar a los tripulantes de una trajinera con destino a la isla de las muñecas, pero que en realidad es incierto.

La historia no nos deja respirar y saltamos de emoción en emoción hasta llegar a un desenlace verdaderamente inesperado y espeluznante. 

La siguiente habitación está ocupada por un niño y su padre, quienes sienten curiosidad por el extraño comportamiento de su vecino y eso los lleva a involucrarse con una leyenda derivada del mundo artístico: retratos de niños llorando. Sin duda, en este cuento, la historia no nos deja respirar y saltamos de emoción en emoción hasta llegar a un desenlace verdaderamente inesperado y espeluznante. Después de ese cuento, podríamos creer que ya nada puede sorprendernos; sin embargo, la destreza para contar historias de Mónica Brozon y los elementos sobrenaturales que conviven en la cotidianidad de una atormentada adolescente, nos hace acompañar a la protagonista, en medio de una atmósfera similar a la de la película La Profecía, para tomar una terrible decisión (de la que seremos partícipes). La sexta habitación es una historia alucinante, de Juan Pablo Gázquez, donde entraremos poco a poco en la conciencia de un niño azotado por la culpa, hasta lo más profundo del terror psicológico acompañado de asco y angustia. Sin duda, éste es uno de los relatos más arriesgados y emocionantes de la antología. Finalmente, visitamos la última habitación, de la mano de Juan Carlos Quezadas, donde tal vez nos quedemos a vivir para siempre, acompañando al enano escritor protagonista en la búsqueda de un final para su historia.

book-OtrasSieteHabitacionesAoscuras_2Estas nuevas habitaciones, sin duda, nos harán temblar de miedo, dormir con las luces prendidas y preguntarnos hasta dónde tenemos la certeza de habitar universos confiables. C2

 


Dalina Flores Hilerio es doctora en Filosofía con acentuación en estudios de la cultura; tiene la maestría en Lengua y Literatura por la Universidad Autónoma de Nuevo León, donde desarrolló la investigación Juego y literatura: una propuesta para el desarrollo infantil. Actualmente se desempeña como promotora cultural, imparte diversas cátedras en el Colegio de Letras Hispánicas y en la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Autónoma de Nuevo León; así como en el departamento de Estudios Humanísticos del Tecnológico de Monterrey.

Se doctoró en Estudios de la cultura, por la Universidad Autónoma de Nuevo León, donde también obtuvo el grado de maestra en Lengua y Literatura Hispánicas. Se desempeña como profesora e investigadora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL y en el Tecnológico de Monterrey. Es autora de un libro de cuentos: Historias para leer en lunes (2010).

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