La congruencia de Hemingway

Guillermo Elizondo / Cinvestav

 

“Todos los libros buenos tienen una cosa en común: después de leer uno en particular, sentimos que todo lo que ocurrió en él, nos ocurrió a nosotros y entonces nos pertenece para siempre” Ernest Hemingway

Cuando era un joven adolescente mi escritor favorito era Ernest Hemingway. No sólo por sus excelentes relatos y novelas, sino en buena medida por su espíritu aventurero. Ernest Hemingway nació en el año de 1899 en Oaks Park, en un suburbio conservador de Chicago, al cual describió más tarde como un lugar de anchos jardines y mentes estrechas. Fue el segundo hijo de seis del matrimonio entre Clarence Hemingway, médico, y Grace Hall, maestra de música. Al terminar la preparatoria, en contra de los deseos de su padre, Hemingway decidió no entrar a la Universidad. Consiguió un empleo en el periódico Kansas City Star e inició su carrera como periodista y reportero, hecho determinante tanto para desarrollar su estilo de escribir como para participar en importantes hechos históricos.

Muchos años después, durante mi estancia posdoctoral, me reencontré con Hemingway. El jefe del laboratorio en el que me encontraba dejó sobre mi escritorio una serie de recomendaciones para escribir un manuscrito. Dentro de ellas, estaba la siguiente: Nunca escribo una oración hasta que ésta exprese la idea de manera que quede clara para cualquiera (Ernest Hemingway), lo que me intrigó y me llevó a releer varios de sus cuentos y novelas.

No pretendo analizar aquí el estilo de escribir de Hemingway ya que sería ir más allá de mi competencia. Existen numerosos artículos e incluso libros que se abocan a ello. Sin embargo, sólo con leerlo es posible percatarse de que en su prosa resalta la nitidez, que es directa y sencilla, y un ingrediente sumamente emocional. Es un estilo sin adornos, evitando adjetivos en la medida de lo posible. En cierta modo, es este estilo, sobrio y claro, sin adornos, el que usamos para transmitir nuestras ideas como científicos. Me parece, entonces, una lectura imprescindible, no sólo como un acto lúdico, sino también como una lección de la estructura y claridad que debe llevar un texto a través del cual pretendemos comunicar los resultados derivados de nuestras investigaciones.

Fiesta (1923)
Fiesta (1923)

Además de dominar el don de la palabra, Ernest Hemingway manejaba como pocos el arte de vivir la vida. Así lo atestiguan sus novelas que son, en realidad, casi autobiografías. Era una persona que disfrutaba intensamente de la compañía, de la bebida, de la comida, de viajar, y de la aventura. Fue considerado como un bohemio y algunos incluso lo percibían como un héroe. En su primera novela, Fiesta (1923), relata la vida de personajes de la llamada generación perdida, a la cual él perteneció, en el Paris de los años 20. Es una oda al hedonismo, pero que también describe la falta de rumbo, de reencuentro de aquella generación aún herida por los estragos de la Primera Guerra Mundial. En ella se narra el viaje de un grupo de estadounidenses e ingleses a Pamplona para disfrutar de la Fiesta de San Fermín, del vino, de la comida y de la alegría. Hemingway nos cuenta de su pasión por la fiesta brava. Es precisamente su amigo Cayetano Ordoñez, matador de esos años, conocido como el Niño de la Palma, quien inspiró el personaje de Pedro Romero, el amante de Lady Brett. Y tal vez, al menos una parte de Lady Brett, fue inspirada por Elizabeth Hadley Richardson, primera esposa de Hemingway, quién en propias palabras del escritor, estaba enamorada de Ordoñez. Sus personajes, como sus historias, no son ficción. Existieron, con otros nombres, en un contexto novelado.

“Mi imagen del cielo es un gran ruedo donde yo tendría dos asientos de barrera permanentes, con un río corriendo afuera, donde mis amigos y yo pudiéramos pescar truchas” E.H.

Muerte en la tarde (1932)
Muerte en la tarde (1932)

Su afición por el toreo lo llevó a escribir Muerte en la tarde (1932), en donde no sólo describe las tradiciones y ceremonias de las corridas de toros, sino también reflexiona acerca del significado de la vida y la muerte, del valor y del miedo. Aunque estadounidense, su opinión acerca del tema era muy respetada por los españoles quienes lo ovacionaron en varias ocasiones en diferentes plazas a lo largo de España. Muy posiblemente este cariño también provenía de haber escrito Por quién doblan las campanas (1940), prohibida en la España Franquista.

“Si ganamos aquí, ganaremos en todas partes. El mundo es un hermoso lugar, vale la pena defenderlo y detestaría dejarlo” E.H.

Por quien doblan las campanas
Por quien doblan las campanas, 1940

Participó en la Guerra Civil Española como corresponsal de la Alianza Norteamericana de Periódicos pero también como combatiente en las filas de la República. El compromiso con la causa española no fue motivado por afiliaciones políticas, lo era sobretodo por razones más importantes, por la defensa de la libertad y por el peligro que representaba el fascismo. Dicha posición la deja claramente asentada en su novela Por quién doblan las campanas, en donde además de describir la crudeza de la guerra, la podredumbre y salvajismo de ambos bandos, resalta el valor y la convicción del pueblo español vinculada más con los valores de libertad que con posturas políticas. El libro está protagonizado por Robert Jordan, personaje basado en Robert Merriman -un profesor norteamericano quien peleó al lado de los Republicanos – y en el mismo Hemingway. Miembro de las Brigadas Internacionales, Jordan tenía como objetivo volar un puente en la sierra de Guadarrama con la ayuda de Pilar y Pablo, cabezas de un grupo de guerrilleros. Como en todas sus novelas, ésta se nutre de las experiencias vividas por el escritor y de su conocimiento a fondo de los hechos. Por quién doblan las campanas fue su novela más exitosa, en gran medida por la veracidad de la historia. “Un escritor no puede engañar ni fingir. Tiene que extraer honradamente la verdad. Hay que serle tan fiel como un científico lo es a su laboratorio” comentó Hemingway al preguntársele a que se debía el éxito de su novela.

Adiós a las armas (1929)
Adiós a las armas (1929)

Ernest Hemingway fue testigo, además de la Guerra Civil Española, de varios acontecimientos que dieron forma al siglo XX. Participó en la Primera Guerra Mundial. No como soldado, ya que debido a un problema de visión no se le permitió enlistarse; si no como conductor de una ambulancia de la Cruz Roja. Fue en Italia, cerca de la población de Schioto, donde después de haber sido herido por un mortero, rescató a un soldado del frente. Esta acción le valió ser condecorado con la medalla de plata al valor y contribuyó a forjar la imagen de hombre de acción y de héroe que se tenía de él. Durante su recuperación en el hospital, se enamoró de su enfermera, Agnes Kurowsky, quien lo dejó por un oficial italiano. Esta experiencia la plasmó en su segunda novela y primer éxito, Adiós a las armas (1929), convirtiéndolo en uno de los escritores más leídos de su tiempo. En esta novela, además de relatar una historia de amor, describe la crudeza de la guerra con un realismo inusitado. Una novela con 48 posibles finales. Por el que se decidió Hemingway fue la imagen del teniente Henry abandonando el hospital después de la muerte de Catherine: Era como si me despidiera de una estatua. Transcurrió un momento, salí y abandoné el hospital. Y volví al hotel bajo la lluvia.

Los otros 47 finales se pueden consultar en una versión recientemente publicada en el 2012 por The Hemingway Library.

Como corresponsal también vivió la Segunda Guerra Mundial. Estuvo presente en el desembarco de Normandía, en un bote anfibio, del cual no lo dejaron bajar. Para entonces su fama era tal que no podían darse el lujo de que le sucediera algo. Sin embargo, su necedad lo llevó a encabezar a un grupo de milicianos de la resistencia francesa. Participó en la liberación de París y según su biógrafo y amigo Aaron Hotchner, Hemingway aseveraba que fue el primero en entrar a Paris y que cuando el general Jean Leclerc entró en la ciudad, él y su cuadrilla de irregulares celebraban con champaña en el bar del hotel Ritz. Muchos dudaron de esta historia y otros, como el fotógrafo Robert Capa, la confirmaron. Verdadera o no, apuntaló su imagen de héroe. Su participación durante este conflicto bélico no se inició en Europa, sino en Cuba. Debido a su afición a la pesca, tenía un bote llamado Pilar, el cual convirtió en una lancha torpedera. De 1942 a 1944, con una tripulación conformada por cubanos, españoles y estadounidenses, patrulló las aguas del norte de Cuba bajo la supervisión de la Inteligencia Naval de Estados Unidos. Nunca tuvieron enfrentamientos con algún submarino alemán, pero sí llegaron a mandar varios informes acerca de sus posiciones.

“Donde un hombre se siente como en su casa, aparte del lugar donde nació, es el sitio al que estaba destinado” E.H.

Dos líneas de ron, un golpe de limón y dos raciones de hielo frappé, el daiquirí “Papá Hemingway”, invención del escritor y la especialidad del bar Floridita. Hemingway visitó brevemente Cuba, procedente de Paris, en el año de 1928. Entre 1932 y 1939 viajó frecuentemente a La Habana para practicar la pesca y escribir. Durante ese periodo alquiló permanentemente la habitación 511 del Hotel Ambos Mundos, en donde se cree escribió Por quién doblan las campanas. En 1940 compró una propiedad en San Francisco de Paula a las afueras de La Habana, a la que llamó Finca Vigía, que fue su residencia de 1940 a 1961.

“Un hombre puede ser destruido pero no derrotado” E.H.

Fue en la Finca Vigía donde escribió El viejo y el mar (1952), obra que le valió ganar el premio Pullitzer y lo impulsó para ser reconocido con el Premio Nobel. El protagonista, Santiago, un viejo pescador también fue tomado de una persona real: Gregorio Fuentes, quien trabajó como capitán del Pilar. Es una novela corta en la que Hemingway nos relata la lucha de un hombre contra la fuerza de la naturaleza. Nos señala la importancia de la perseverancia del ser humano ante las adversidades. Una vez más, lleva al lector a reflexionar acerca del significado de la vida y la muerte, del valor y del miedo.

Existen varias versiones, como en muchos aspectos de la vida de Hemingway, de la razón por la cual dejó Cuba. Algunas se refieren a presiones del gobierno de los Estados Unidos para que abandonara la Isla. Otras, debido al creciente anti americanismo que se vivía, y otras, debido a una enfermedad. Hemingway salió de Cuba a Nueva York por una enfermedad ocular que resultó no ser tan grave. Luego viajó a España para terminar de escribir un artículo relacionado con una gira que sostuvieron los toreros Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez. Fue en Europa donde mostró algunos signos de trastorno bipolar, los cuales se intensificaron de regreso a los Estados Unidos. Esto culminó con su ingreso a la Clínica Mayo. Aunque acostumbraba viajar con equipaje abundante, prácticamente todas sus pertenencias las dejó en la finca Vigía, por lo que muy probablemente, de no haber enfermado, hubiera regresado a San Francisco de Paula.

“¿Qué es lo que importa a un hombre? Mantenerse con buena salud, trabajar bien. Comer y beber con sus amigos. Gozar en la cama” E.H.

hemingway1959ubina.gLa disminución de sus capacidades físicas llegaron a una edad temprana, tal vez por su vida disipada y aventurera. En 1954, la salud de Hemingway se vio seriamente afectada tras un accidente aéreo en África, en el que prácticamente perdió la función de un riñón. Esta situación lo obligó a disminuir el consumo de alcohol y a mantener una dieta. Por supuesto, lo anterior impactó en su vida social, con menos reuniones, menos viajes y fiestas. La enfermedad ocular que padeció en 1960, que en un principio se pensó era keratitis sicca, no fue tan grave pero sí melló su capacidad de escribir. Y esta posibilidad, la de dejar de escribir, era a lo que más le temía. Durante su hospitalización en la Clínica Mayo recibió varias electroterapias, las cuales le provocaron eventos de pérdida de la memoria. Aaron Hotchner relata en su libro Papá Hemingway, una semblanza del escritor, una conversación que tuvo con Hemingway en la Clínica Mayo. En ella, Ernest Hemingway le responde a la pregunta del por qué quería suicidarse:

¿Qué crees que le ocurre a un hombre de casi sesenta y dos años cuando se da cuenta de que jamás podrá escribir los libros y los cuentos que se prometió, ni hacer ninguna de las otras cosas que decidió hacer en los buenos tiempos?

Su estado anímico empeoró tras recibir la noticia de la muerte de su amigo Gary Cooper. Hemingway valoraba en gran medida a la amistad y siempre procuró rodearse de buenos amigos. Artistas como Marlene Dietrich, Ingrid Bergman y Gary Cooper. Por supuesto, Antonio Ordoñez y Aaron Hotchner. Las amistades más complicadas, con escritores, en particular con Scott Fitzgerald y John Dos Passos. También conservaba amistades hechas durante los diferentes conflictos bélicos en los que participó, así como amigos de San Francisco de Paula. Su generosidad para con ellos no tenía límites. Los apoyaba regularmente de manera económica cuando se encontraban en aprietos financieros. Otros vivieron por largas temporadas en su finca. Esta generosidad también tocaba a jóvenes escritores que pedían consejo y en ocasiones sustento para realizar sus estudios.

“Si no puedo existir en mis propios términos, entonces la existencia es imposible” E.H.

Unos días después de haber sido dado de alta, el 2 de julio de 1961, Ernest Hemingway se suicidó con un disparo de rifle en su casa de Ketchum, Idaho.

“El talento consiste en cómo vive uno la vida” E.H.

Al pensarlo, el que un hombre de tal genialidad y vitalidad se haya quitado la vida, me entristece. La pena provocada por la ausencia de personas como Hemingway, trasciende el tiempo y nos toca. Pero al mismo tiempo, y por la misma razón por la que los extrañamos, por sus obras, nos permiten vivir más allá de nuestras posibilidades, nos dan gozo y más vida. Ernest Hemingway no sólo nos regaló espléndidos cuentos y novelas, también nos enseñó a vivir la vida. Y eso no es sólo disfrutar de un buen vino con una buena comida en compañía de nuestros mejores amigos, sino el compromiso que se tiene con sus ideales, que en el caso de Hemingway lo fue con la verdad, con la integridad y con la congruencia. No sólo fue un hombre de palabras, también lo fue de acción.

“La vida de todo hombre termina de la misma manera. Son sólo los detalles de cómo vivió y como murió lo que distingue a uno de otro” E.H.

4 Comentarios
  1. Guillermo bonita semblanza, solo que muy a la Holliwood. Hemingway también fue un gran hijo de puta, un egoista cruel, que muchas de las veces solo buscaba saciar instintos, sin importar personas. Destrozo a su propia familia, la vida de los Hemingeway es trágica y en parte debido a su actitud. Un gran narcicista que no admitía diferencias. Además de gran y genial escritor y en eso estamos de acuerdo.

    1. Coincido con la mayor parte de tu comentario. Sin embargo, no pienso como tu que Hemingway haya sido un “gran hijo de puta”. ¿Por qué “gran”? Hemingway no se distinguió en ese aspecto respecto a los miles, tal vez millones, que hay y que ha habido a lo largo de la historia de la humanidad.

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