La depresión: cuánta ceniza y humareda

Carmen Ros / UACM

 

Esta mañana Sergio me despidió desde la puerta. Qué cara traía, ésa, la que me choca cuando se la pone más de dos días. El fastidio, la amargura y la derrota en su rostro. En el coche seguí pensando en Sergio, también en Agustina y Tito, unos maestros, compañeros de la universidad. Los tres están deprimidos. El psiquiatra le diagnosticó a Agustina una depresión clínica. Tito no tiene más diagnóstico que el suyo, pero no hay modo de objetarlo: qué gesto de desolación, qué poco latido en el ánimo. Agustina está tomando Prozac, el soma de la felicidad que vaticinó  Aldous Huxley. Cuánta gente deprimida, le comenté a una secretaria de la universidad. “Yo soy espiritualista, voy a un templo, ahí ayudan mucho en cualquier tipo de enfermedad, más a la gente deprimida”, me contestó inflando sus mejillas de por sí abundantes.  Con ese comentario, la secretaria lanzó un gancho a mi memoria y sacó el recuerdo de un taxista que, él mismo me contó, había sido internado por depresión, en un hospital. En el taxi, el conductor y yo nos veíamos las caras por el espejo retrovisor, mientras él daba santo y seña del padecimiento. “Ay, señorita, es vivir en las tinieblas”, concluyó el chofer con la mirada puesta en una esquina de sus adentros.

He sabido que, además de los psiquiatras, hasta los médicos internistas prescriben Prozac. La amenaza de sentirse triste, incómodo o frustrado con alguna circunstancia se conjura con antidepresivos. ¿Será la depresión una epidemia real y verdadera de dimensiones continentales (o planetarias)?

Cultura y melancolía. Las enfermedades del alma en la España del siglo de Oro de Roger Bartra.
Cultura y melancolía. Las enfermedades del alma en la España del siglo de Oro de Roger Bartra.

Quizá hablar de tristeza sea políticamente incorrecto en medio de la actual promoción de la felicidad, y un diagnóstico de depresión autoriza a ingerir el soma de la alegría. Dicen que la depre es un padecimiento vinculado a neurotransmisores y yo, ¿pos quién soy para contradecir a la neurofisiología, psiquiatría y todas las ciencias relacionadas con el comportamiento humano? Sin embargo, tengo una hipótesis: si bien la base de la depresión acaso esté en la química cerebral impactando en el alma, ahí no hay antidepresivo que llegue. ¿De dónde me salen tamaños para semejante postulado? La culpa es de Roger Bartra con su libro Cultura y melancolía. Las enfermedades del alma en la España del Siglo de Oro.

En cuanto vi el título en uno de los estantes de la Librería del Fondo, decir que tomé un ejemplar es decir poco: me le eché encima, como bestia que atrapa a su presa luego de semanas sin comer.  Y es que a la gente deprimida, como Sergio, se le ve el peso de la melancolía sobre los hombros, además de que son muchos los enfermos de ese tipo circulando por el planeta; por ejemplo, Agustina y Tito.

En su libro, Bartra explica que los médicos de los Siglos de Oro consignaron que la melancolía se genera por combustión de bilis amarilla o roja; es decir, sangre con bilis negra natural. Los vapores oscuros de dicha combustión suben al cerebro ocasionándole estragos (¿esos podrían ser los llamados trastornos neurofisiológicos y químicos?). La comunicación nerviosa y cerebral queda, pensaban esos galenos, obstruida por el carácter opaco del humor negro impidiendo el buen funcionamiento de la comunicación entre el sistema nervioso y el cerebro, basada en “la transmisión lumínica de los espíritus animales y vitales”. El efecto de que los espíritus sin luz ni resplandor fluyeran al cerebro era la tristeza y el miedo.

La siete moradas de Santa Teresa
La siete moradas de Santa Teresa

Los médicos españoles de la época asumían que el alma y el cerebro interactuaban; supusieron que la primera estaba constituida como una casa con “una serie de estancias articuladas en torno a la cocina [el cerebro]”, en donde se efectuaban los fermentos y hervores de sustancias húmedas y tibias.  La imagen del alma como una casa y sus habitaciones, acaso haya sido idea original de Santa Teresa de Ávila, quien propone que el alma es un castillo con siete moradas. La idea, que es otro de los soportes para mi hipótesis, si bien es hija exclusiva de un deseo turbulento por lo sagrado, también ha dejado al descubierto la constitución del “aparato psíquico” para los estudiosos. Recientemente, la franco-búlgara Julia Kristeva, quien es psicoanalista, lingüista, teórica literaria, filósofa y crítica de la cultura contemporánea, publicó un libro titulado Thérèse mon amour, en donde asegura que Teresa se adelantó quinientos años a la psiquiatría, al mostrarnos esas estancias como espacios psíquicos compuestos de múltiples facetas y de transiciones plurales.

Para Kristeva, el libro La siete moradas de Santa Teresa constituye el reportaje de una mujer que viajó dentro de sí, se viajó a sí misma atravesando todas las moradas (o espacios psíquicos), sin quedarse permanentemente en ninguna estancia, conociendo así la plasticidad del alma.

Vista así la cosa, con la explicación de los médicos españoles de los Siglos de Oro y de Kristeva, no es tan difícil de aceptar que, cuando en la casa del alma se levanta una humareda de fluidos quemados en la cocina del cerebro, las paredes de las moradas o espacios psíquicos quedan tapizadas de hollín y revestidas de cenizas.

¿Pero qué produce tal combustión de humores que desvirtúan y oscurecen “la transmisión lumínica de espíritus vitales”?, o, dicho de otra manera, ¿cuál es la causa de que los humores o la química cerebral impidan la generación del impulso vital, ese que nos arroja, con anhelos y deseos, a la vida? Quizá algo que suceda fuera del cuerpo, del alma y de la mente, en el mundo exterior y los impacte por medio de los sentidos, dejándoles alguna huella.

Las enéadas de Plotino, un tratado sobre el alma, la belleza y la contemplación.
Las enéadas de Plotino, un tratado sobre el alma, la belleza y la contemplación.

En este punto es imposible no traer a cuento las ideas de Plotino, el filósofo neoplatónico y autor de Las enéadas, un tratado sobre el alma, la belleza y la contemplación. Plotino afirma que cuando el alma se contempla a sí misma, conoce las huellas que le ha dejado el mundo; es decir, la contemplación es un ejercicio de autoconocimiento de las moradas, esos espacios psíquicos de muchas facetas y transiciones que han recibido  impresiones, huellas. Al llegar aquí, se me ocurre que si la visión del alma ha sido oscurecida o empañada por aquellos humores resultantes del mundo exterior, el alma tendrá ante su mirada un entorno de opacidad desoladora, muros revestidos de cenizas. Es así que cae sobre un ser humano la sombra del temor y el desconsuelo.

El miedo y la tristeza eran las características de un alma melancólica; pero cuando se iba más allá, cuando el hollín, el rescoldo de las cenizas y hasta el herrumbre habían invadido los muros del alma, endureciéndolos en su negrura, entonces el mal era mayor: acedia, le denominaron.

La acedia, consigna Bartra citando a médicos de los Siglos de Oro, tenía como síntomas una contracción de la voluntad, negligencia, desidia, tedio por la vida, fastidio y una profunda indiferencia. Una parálisis radical.

Ello produce un odio y un desprecio por la condición humana, y revela una gran insatisfacción con la fortuna.

Pero no solamente los médicos de la época se ocuparon de la acedia. El mismo Bartra parafrasea la definición que dio, a ese mal, Petrarca: “una gran tristeza ocasionada por el desaliento ante las miserias de la vida, el recuerdo frustrante de los esfuerzos hechos y el miedo frente al futuro incierto; ello produce un odio y un desprecio por la condición humana, y revela una gran insatisfacción con la fortuna”.

Cuando leí esta cita, me pareció que Petrarca había retratado a Sergio, pero también me acercó a los perfiles de Tito y Agustina y hasta escuché el eco de la conversación con aquel taxista.

Sí, seguro que acontecimientos del mundo exterior desataron, en la química cerebral de Sergio, Agustina y Tito, un cúmulo de humores densos y metálicos. A Sergio, por ejemplo, la quiebra de una empresa en la que arrastró a sus socios; también sufrió una extorsión por parte del crimen organizado; levantó un emporio de productos de piel y luego lo perdió, a raíz de un pleito doloroso y difícil de arreglar con su socio, que era su propio padre; después tuvo otros descalabros.

Los antidepresivos quizá reparen los humores que fluyen en el cerebro y sean más luminosos; pero ¿y la herrumbre del alma, la opacidad de sus paredes y su aspereza cómo se reparan?, ¿cómo limpiar el alma?, ¿cómo remover el hollín?, ¿cómo purificarla? Los místicos han dicho que por medio de la contemplación.

En el caso de Sergio, la cosa se pone peor, porque atribuye la noción de alma a un cuerpo doctrinario institucional que funciona, exclusivamente, para someter al individuo. En pocas palabras: no cree en la existencia del alma y el conocimiento de algo inexistente le parece falaz. Mientras tanto, las palabras de Petrarca han estado evaporando mis esperanzas. C2

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