Las vacas sienten tu miedo

Francisco Benavides / UACM del Valle

 

La historia que más le gustaba contar era la del niño que mataron unos soldados en la época de Franco. Era un vecino suyo muy simpático, mi abuelo era cinco años mayor que él, y solía cuidarlo en las tardes mientras su madre trabajaba. Hasta que un día le informaron de la muerte de su amigo. Mientras un grupo enardecido de rijosos era masacrado por los hombres del dictador, su vecino de 6 años se llevaba a la boca un par de soldaditos de plomo, quienes se atrincheraron en su garganta. Mi abuelo, quién también era un niño, no supo cómo tomar la noticia. Ahora la cuenta con mucha gracia, aunque a veces suspira y su mirada se pierde en un tiempo lejano y fragmentado, o en la taza del café. Asfixiado por unos soldados de plomo, esas figurillas condenadas a vivir (en algunos casos, a matar) en una posición por demás incómoda por la totalidad de sus belicosas existencias. El tiempo no les haría ningún favor, la era del plástico trajo consigo la posibilidad de torturar a los soldaditos, por más casco y chaleco que trajeran puestos. Afuera, un segundo basta para que un soldado vuele en mil pedazos, en cambio, en manos del niño la agonía puede durar años e incluso no cumplirse nunca la amenaza de muerte y quedar mordisqueado de por vida.

A veces pienso que todo tiene, si no vida, al menos cierta voluntad propia

Estoicos muñecos que sufren las muertes que otros merecen. Algunos son despojados de sus extremidades con la crueldad que suele habitar en las manos infantes. Otros son bañados en alcohol antes de ser expuestos al poder del encendedor, y otros menos afortunados son quemados en directo y luego enterrados en el jardín. Las tijeras, los dientes, el microondas, la licuadora, funcionan a menudo como efectivos instrumentos de tortura. A veces pienso que todo tiene, si no vida, al menos cierta voluntad propia, aunque se trate de un objeto o cualquier cosa inanimada. Quizá fue una especie de venganza de los soldaditos, se cobraron una de tantas. De estar yo en sus zapatos, no me gustaría ser comido por un niño, ni perro, ni adulto. Ni ser rociado con ácido muriático. Ni siquiera ser golpeado por una canica y luego aventado con los otros cadáveres. Ha de ser muy frustrante estar armado y a la vez tan indefenso. Claro, también me conmueve la muerte del niño, pero es que los soldaditos…

El abuelo contaba muchas historias. Lo que más me gustaba es que nunca se le quitó esa forma tan soez/española de hablar. De sus labios escuché las peores imprecaciones, se solazaba a la hora de insultar a quien fuera, con o sin motivo. En sus historias no solo se cagaba en la leche, también en la puta, en dios, en la hostia, en sus restos pisados, en la madre que parió a no sé quién. Entiendo que se cagara en todo eso, pero lo de la leche no lo entendí hasta hace poco. Bueno, no entendí que lo hiciera, más bien el porqué de la expresión, aunque no el por qué atribuirla a un humano.

Las vacas en sí me daban miedo, tocarlas siquiera era impensable para mí

Escribía sobre el abuelo y me acordé cuando me llevó al establo. Lo primero que recuerdo es el olor, uno ya no sabe si lo que huele así es la caca o la vaca. Me quiso enseñar a ordeñarlas, pero yo me resistía y pataleaba. Las vacas en sí me daban miedo, tocarlas siquiera era impensable para mí. Me agarró mis pequeñas manos y las puso a la fuerza en las ubres. Mis dedos luchaban trémulos por evitar el contacto con el animal. Las vacas sienten tu miedo, me dijo. Si te notan nervioso se les agria la leche, no quieres que llevemos la leche agria a la casa. Al abuelo le gustaba ser cruel conmigo. Sabía que me daban miedo las vacas y hacía que les tuviera aún más. Las vacas sienten tu miedo. Le creía cualquier cosa, era todo lo que mi padre no.

Me fui acostumbrando al olor y mi fobia hacia las vacas fue disminuyendo, hasta empezaban a parecerme simpáticas. Me aprendí sus nombres, y las saludaba por las mañanas. Me gustaba verlas comer, tan concentradas en masticar, como si nada más en el mundo importara. Afuera podría haber un escenario por demás caótico y violento, pero ellas comían con una indiferencia hacia el mundo digna de admirarse. Poco a poco fui acercándome a ellas hasta que me animé a acariciar a una. Después de la primera vez se te quita el miedo, y descubres que a ellas también les gusta ser acariciadas.

Una mañana decidí que ordeñaría una vaca por cuenta propia. Tenía ganas de hacerlo y había visto al abuelo ejecutar la operación lo suficiente como para estar seguro de salir airoso de la empresa. El abuelo estaría orgulloso.

A la vaca se le trata como a la mujer. Ya lo entenderás cuando crezcas. Tiene que sentirse en confianza, por eso hay que hablar con ella antes de andarla apretujando. Me explicó lo que debía hacer paso a paso mientas ordeñaba a Lorena, yo me sabía las instrucciones de memoria y no hacía mas que ver cómo brotaba la leche de los enormes pezones de la vaca, embelesado. Junto a Lorena, Penélope ya esperaba su turno.

Anda a lavarte las manos allá afuera, me dijo el abuelo con una sonrisa que quiso disimular infructuosamente, mientras le silbaba una canción a Lorena y le acariciaba el costado. Lo vi agachar la cabeza, lo noté triste. Ahora creo que quizá al enseñarme a ordeñar a las vacas sintiera como si fuéramos igual de útiles él y yo. Se sentía viejo, y le daba alegría ver en mí a una perpetuación de su sangre, y a la vez sentía tristeza porque yo crecería fuerte y sano y él no vería el final de la guerra. Salí del establo corriendo y me enjuagué las manos en el grifo de la entrada, quería volver cuanto antes y emprender la hazaña. Volví secándome las manos en los pantalones y lo primero que vi al entrar fue a Lorena comprobando el principio de Arquímedes en la cubeta que servía de contendedor de su leche y ahora de sus heces. ¡Me cago en la leche!, exclamó el abuelo, como si leyera el pensamiento de la vaca. C2

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