Lo que callamos los científicos, o lo que decimos de más…

Rodrigo Patiño / Cinvestav Mérida

 

Buenos y malos no es una clasificación adecuada para los científicos.

Entre ambos extremos hay una gran variedad de matices, lo mismo que con cualquier ser humano. Por cierto, existe la posibilidad de combinar las cualidades científicas con las humanas. Buenos padres, malos ciudadanos, de gran espiritualidad, de bajos instintos, cooperativos, egoístas, muy sociales, retraídos: todos son calificativos aplicables al conjunto de científicos. Lo que sí es una generalidad, es que los científicos somos un grupo selecto de la población, con estudios muy especializados y un entrenamiento bastante estricto, lo que nos confiere una gran responsabilidad hacia la humanidad.

Los grandes pecados científicos aparecen de muchas formas…

En algunos casos, esta responsabilidad es captada de inmediato y se convierte en una herramienta útil para la sociedad. En otros casos, el compromiso es mal entendido y se enfoca a intereses particulares de un cierto sector de la población: gobernantes y políticos, iniciativa privada, institucional, etc. Y en el peor de los casos, el privilegio de ser científico se vuelve en un interés personal, muchas veces disfrazado de algún otro compromiso. En efecto, existen científicos ruines que están conscientes de serlo y que seguramente lo disfrutan, pero tengo la esperanza de que no sean muchos. Los grandes pecados científicos aparecen de muchas formas y a veces son fáciles de identificar, otras veces son mucho más sutiles.

Una característica intrínseca de la ciencia moderna es la incertidumbre, al estilo del filósofo griego Sócrates, a quien se le atribuye la frase “Yo sólo sé que no sé nada”. Si bien existen leyes universales bien establecidas desde siglos atrás, durante el siglo XX se hizo evidente la escasez de conocimientos que tenemos del Universo, el poco determinismo en las cuestiones fundamentales y la gran complejidad de los sistemas naturales. Existen muchas hipótesis y teorías que pueden venirse abajo por un nuevo descubrimiento. Los científicos estamos conscientes de esta inmensa ignorancia y, por tanto, aquellos que parecen tener la verdad absoluta, quizás la tengan en muy poca proporción. La arrogancia de hacerse parecer que uno lo sabe todo es entonces contrario al espíritu científico, que siempre anda en búsqueda de un mayor conocimiento.

Hay que sospechar cuando un científico trata de convencer al público…

De acuerdo, los científicos necesitamos comer y también necesitamos financiamiento para nuestras investigaciones. Ciertamente tenemos compromisos institucionales o hacia nuestros mecenas y tenemos que convencerles que nuestro trabajo es importante. Pero hay que sospechar cuando un científico trata de convencer al público de la conveniencia de sus investigaciones y utiliza el mismo argumento que las grandes empresas privadas. Si un científico quiere utilizar la ingeniería genética para comprender los mecanismos celulares relacionados con alguna enfermedad, no cabe duda que su trabajo es importante. Si dice que sus resultados van a resolver la economía de los agricultores o el hambre mundial, podemos comenzar a sospechar de sus intenciones. Lo mismo cuando un investigador propone nuevos materiales con propiedades interesantes para su aplicación en celdas solares y justifica que los grandes parques solares son la solución a la demanda energética nacional.

A lo largo de la historia son bien conocidas las rencillas y competencias desleales de algunos científicos.

El avance de los conocimientos científicos se debe básicamente a un mecanismo de comunicación que comparte estos conocimientos. Si bien hay científicos ilustres que son reconocidos por sus aportaciones, todos ellos indagaron en una base de conocimientos desarrollada previamente por otros científicos. A lo largo de la historia son bien conocidas las rencillas y competencias desleales de algunos científicos, no cabe duda que se trata de una carrera en la que el primero en hacer un descubrimiento se lleva muchas veces el reconocimiento y los honores, mientras que los que siguen detrás pueden permanecer en el anonimato o el olvido. Sin embargo, la mayoría de los científicos están dispuestos a compartir sus resultados con la comunidad y a retroalimentarse dentro de un engranaje de avances para el bien común. Habría entonces que desconfiar de aquellos que guardan secrecía por intereses particulares, tanto como de quienes repiten una y otra vez sus mismos resultados. Y qué decir de los que plagian los resultados de otros, a quienes podríamos llamar falsos científicos.

Finalmente, casi nadie habla del placer en la ciencia.

Finalmente, casi nadie habla del placer en la ciencia. El placer de obtener un resultado o hacer un descubrimiento. El placer de ser reconocido públicamente o de contribuir a la sociedad. Es en este gusto por la ciencia, que la mayoría encontramos una motivación para trabajar y seguir adelante. Pero también existe el placer de sentirse superior, con alguna componente de poder o deslealtad hacia quienes considera inferiores. Ciertamente no se necesita ser científico para dejarse llevar por las bajas pasiones, pero los científicos no deben olvidar su responsabilidad social y compromisos hacia la humanidad. C2

 

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Investigador titular en |

Desde 2004, Rodrigo Patiño es investigador en la Unidad Mérida del Cinvestav. Se interesa por la investigación interdisciplinaria; participa activamente como profesor de programas de posgrado y también en actividades de difusión y divulgación de la ciencia.

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