Los extremos se unen en Dylan y Jagger, asegura Lennon

Gustavo de Paredes

De manera casual coincidí con John Lennon en una tienda de conveniencia, un jueves por la mañana, en julio de 1980, cuando los flamígeros brazos del sol que apretaban la ciudad eran poco a poco vencidos por una aglomeración de nubes negras, impulsada por un fuerte viento septentrional.

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Con sólo mirar las cuatro pequeñas pero repletas bolsas que llevaba en las manos, me percaté de que acudió al lugar por víveres. Yo, en cambio, fui a comprar agua para combatir la sed que me desgarraba por dentro. Un par de horas atrás había comenzado a ejercitarme siguiendo un programa de actividades físicas que incluía caminar, a paso veloz, la calle 71, paralela a la 72 y la Avenida Parque Central, donde aún se yergue el edificio Dakota, residencia del popular intérprete.

Impulsado por la admiración que Lennon despertaba en mí, me acerqué a él con dos botellines en la mano derecha, cuyo contenido había bebido de golpe, y le hice saber, un tanto incierto de cómo reaccionaría, que su amplio repertorio musical se ubicaba en la primera fila de mis preferencias, especialmente la canción Imagine. Él me observó como quien estudia su propia imagen frente a un cristal, esbozó una sonrisa que emergió a la manera de una flor de entre su barba tupida y agradeció el elogio. Su amable gesto detonó en mí la necesidad de preguntarle en qué ocupaba su tiempo desde la separación de Los Beatles. Entonces su expresión, como la del cielo, cambió. A través de sus gafas, redondas y límpidas como espejos, me lanzó una mirada de misterio y respondió que se encontraba en la fase inicial de un proyecto de gran alcance, una tarea en verdad trascendente para los habitantes del Globo.

―Perdona, John, me temo que no comprendo ―dije, eclipsado por la pena.

Soltó una risa radiante y, sin atisbo de prisa, me explicó que intentaba cristalizar los postulados de Imagine.

—¿Cómo es eso? —pregunté intrigado.

—Mira —su voz era vibrante, emocionada—, a nadie escapa que esa pieza musical es un ideario. La primera estrofa, debes recordarlo, reza: Imagine there’s no Heaven It’s easy if you try. No Hell below us, above us only Sky [1]. Bien —hizo una pausa, extrajo hábilmente dinero del bolsillo, le pagó al chico del mostrador los comestibles, y prosiguió—, pues ahora me dedico, de manera conjunta con otras personas, a planear la desaparición del Edén y el Averno. El propósito final es impulsar el establecimiento de un territorio libre de los dogmas y falacias que por centurias han esparcido las iglesias de Dios y del Diablo, dañando por igual al ser humano —hizo otro breve alto, y añadió—: sin embargo, previo a ello, es necesario acabar con un par de obstáculos poderosos.

Entorné los ojos como si estuviera viendo una luz deslumbrante.

—¿Cuáles, John?

—Bob Dylan, ferviente seguidor de Dios, y Mick Jagger, incendiario adorador de Satán.

En ese instante mi pensamiento se nubló.

—¿Estás seguro?

—Sí, todos los artistas tienen egos grandes. Y ese par se sitúa en los extremos, y…

—Y los extremos se unen —me apresuré a decir, intuyendo las palabras del músico.

—No es tan complejo, ¿verdad?

—En lo absoluto —sonreí de buen grado.

Empujado por la curiosidad, me preguntó:

—¿Y tú, de qué vives?

—Soy investigador del Departamento de Química de la Universidad de Columbia —contesté.

—Química —repitió como un eco—. Entonces también eres un creador, un revolucionario.

Arqueé una ceja y asentí con un ligero movimiento de cabeza.

—Puedes apostarlo, John.

Se aproximó a mí, tanto que pude percibir la humedad de su aliento cálido, y me invitó a su morada para que conociera de manera más amplia y precisa sus planes. Con un vuelco en el corazón, le respondí que contara conmigo.

—¡Bien! —exclamó satisfecho—. Allí te espero —se despidió de mí y del joven tendero, y abandonó el lugar.

A diferencia del chico, enfocado en sus anodinas actividades, yo permanecí estremecido, con las botellitas libres de líquido en la mano y sin dar crédito a lo que acababa de vivir.

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Al siguiente día, cuando los rayos de la media tarde comenzaban a descender y las sombras se deslizaban sobre las fachadas de los edificios, di por terminada mi jornada laboral, en la cual me esmeré para no dejar cabos sueltos que me retuvieran, y encaminé mis pasos a la vivienda de Lennon, punto de reunión de un vivaz conjunto de personas. Según me explicó el propio artista, tras recibirme enfundado en un sencillo camisón de satín blanco a través del cual se adivinaba la delgadez de su figura, cada asistente ejercía un claro dominio sobre su disciplina.

La atmósfera, aunque densa e impregnada de tabaco y marihuana, destellaba relajación y camaradería. Con la misma facilidad que flotaban en el aire piezas clásicas de la añorada banda de Liverpool ―P.S. I Love You, All My Loving, Love Me Do, And I Love Her…―, gravitaban las risas y los buenos augurios en torno al proyecto de John. También cruzaban, de un lado a otro, algunos de los platillos y bebidas que más gustaban a Lennon: hojuelas de arroz cubiertas con helado de vainilla, ensaladas, café, alcohol.

Como si fuera su aura, seguí al vocalista a cada lugar donde iba. Él me presentó amablemente con los asistentes y opinó sobre lo que yo podía aportar para extinguir ambos, Paraíso y Orco. Después consiguió un cigarro de cannabis, le dio dos caladas hondas, inspiradoras, y me lo cedió por completo. «No cabe duda» ―pensé― «John ama al prójimo».

No obstante, con el correr de los días, las cosas dieron un giro de 180 grados. Como las noches hacen con los días, la aspereza desplazó a la tersura. Surgieron fuertes diferencias de opinión, y con ellas, dos alas perfectamente escindidas: los humanistas y los científicos.

Los primeros consideraban que el plan de acción debía enfocarse en acabar con el Edén y el Infierno, combatiendo las esencias ideológicas y espirituales en que se asentaban ambos reinos. “Si lo hacemos así, los credos y supercherías cesarán y la gente podrá pensar y actuar de manera libre”, aseguraban impetuosos. Los segundos repelían tal idea y argumentaban que era más importante acabar con las estructuras materiales de ambos imperios. “Ni el reino de la luz ni el de las tinieblas seguirán imperando si atacamos sus centros de operaciones que, desde tiempos inmemoriales, sirven para mantener sometida a la humanidad”, manifestaban seguros de sí.

John me preguntó:

―¿Qué opinas?

―Es necesario que nos reencontremos. O el plan se vendrá abajo.

―Yo lo veo de otra forma.

―¿De veras?

―Pienso que todo va a estar bien al final. Si no es así, no es el fin.

En congruencia con sus palabras, Lennon evitó intervenir. Antes lo hice yo, constreñido a dar una opinión. No solía hablar en público, pero esa vez, con vehemencia inapelable, realicé un llamamiento en favor del retorno a la cordura, a la paz. “¡Si queremos consolidar el sueño de John, también nuestro, debemos reagrupar filas!”. De nada sirvió. Las deserciones y críticas cayeron como una avalancha de lodo sobre el floreciente plan de Lennon.

Entretanto, el exlíder de Los Beatles arribó a la conclusión de que detrás de lo sucedido se hallaban Bob Dylan y Mick Jagger.

―¿Quiénes si no ellos?

Como las cosas no mejoraron y el proyecto se hundía cada vez más, John se vio forzado a intervenir. Con un discurso fino pero contundente, propuso una salida salomónica: integrar todas las opiniones en una sola y destruir Paraíso e Infierno de manera simultánea. Al concluir, levantó la mano e hizo la señal universal del amor y la paz. El gesto cayó como lluvia benefactora sobre tierra sedienta. La tensión se suprimió y nos reunificamos. El pálpito de mi alma, pausado por el desencuentro, cobró nueva vida al poner de nuevo manos a la obra para llevar a buen puerto la tarea.

Las reuniones de trabajo se llevaron a cabo cuatro veces por semana y duraron seis meses. A lo largo de ese lapso observamos, de manera inesperada, que los ejércitos, encabezados por los autores de Simpatía por el diablo y Propiedad de Jesús, entraron en guerra. ¿Qué sucedió? No lo sabemos, pero presenciamos la estrepitosa caída de ángeles y demonios, del Sumo Pontífice y el Papa Oscuro, de heraldos de Dios y mensajeros de Belcebú.

Mas el conflicto, lejos de debilitar a Dylan y a Jagger, les inyectó fuerza y vigor. Sospechamos que, bajo los halos protectores de Dios y Belial, existía la determinación de constituir una diarquía, un gobierno bicéfalo mediante el cual habrían de compartir el poder universal y, de paso, buscarían aniquilar a Lennon. Aunque él soslayó toda amenaza. Con aire sereno, casi filosófico, aseguró:

―El amor es la repuesta.

El último día de noviembre pusimos punto final a la planeación; restaba dar paso a la fase ejecutiva. Puesto que estábamos exhaustos y no era nuestra intención dar al traste con el plan, decidimos hacer alto y tomar dos semanas de descanso; acordamos reencontrarnos en la segunda quincena de diciembre para consumarlo.

Carente de un motivo en particular, que no fuera relajarme, determiné salir de Nueva York y me trasladé a Nueva Jersey, a un apartamento pequeño y acogedor, propiedad de un amigo tan amante del “Cuarteto de Liverpool”, y en particular de Lennon, como yo.

Empero el lapso de descanso llegó abruptamente a término cuando, el ocho de diciembre, al caer la noche, recibí el telefonema de un colega que me informó sobre el deceso de Lennon, víctima de los disparos de un desquiciado que aseguraba ser su “seguidor incondicional”. Me bastó encender el televisor y ver el rostro contraído, desencajado, de Tom Brocow, uno de los periodistas más afamados en la Unión Americana, para comprender la terrible veracidad de la noticia.

Regresé a la “Urbe de hierro” para participar, junto con los muchos desconsolados que contribuimos a planear la destrucción de ambos, Edén y Averno, en un homenaje luctuoso que Yoko Ono, tomada de la mano de su pequeño vástago Sean, y los eternos McCartney, Starr y Harrison, encabezaron en Broadway.

Bob Dylan y Mick Jagger estaban presentes en las honras fúnebres.

Al tiempo que mis lágrimas borraban los rostros de la gente transformándolos en un cúmulo informe y desamparado, escuché comentarios en el sentido de que Bob Dylan y Mick Jagger estaban presentes en las honras fúnebres, mimetizados con la multitud. Hostigado por la ira y el desencanto me lancé a buscarlos dispuesto a acabar con ellos empleando mis propios medios, algo que Lennon jamás hubiera aprobado. Pero no los encontré. Ni allí ni en ninguna otra parte.

Desde aquella ocasión y hasta ahora, no hay día que transcurra sin que piense en John Lennon y escuche sus canciones, en particular Imagine, que considero un himno. Pero tampoco lo hay sin que sienta una opresión, acompañada de un vaho abrasador y helado, que me cubre por entero y me asfixia haciéndome delirar de terror. Esta sensación revive en mí el desgraciado recuerdo del plan que urdimos para aniquilar Paraíso e Infierno y, por ende, a los malévolos Bob Dylan y Mick Jagger. Entonces me siento peor que nunca y los concibo departiendo felices y burlándose de mi pobre zozobrante persona, mientras hacen, siguiendo sus veleidosas voluntades, que en mi mente resuenen sin descanso las tóxicas canciones con que alienan al mundo. C2

 

Referencia:

[1] ‘Imagina que no hay Paraíso, es fácil si lo intentas. Ningún Infierno debajo de nosotros. Arriba de nosotros sólo cielo’.

Autor de diversos ensayos, que han publicado revistas como Voz de la tribu, Nueva Vía y Educa-UPN. Entre otros textos narrativos, escribió la antología de relatos cortos Minifricciones literarias X. Fue premiado en los Juegos Florales 2015, en Cuernavaca, con el cuento El libro de la libertad es nuestro. En la actualidad escribe la novela Mariposas en el espejo y estudia la maestría en Literatura, en el Colegio de Morelos.

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