Luego vino la lluvia

Efraím Blanco

 

Los tigres me han encontrado
y no me importa.
Charles Bukowski

 

El cazador se detuvo por un momento y me miró. Entre él y yo sólo se interponía mi flamante pantalla plana de 55 pulgadas (30% en el folleto de la tienda).

Me observó y con un movimiento suave recorrió la mano derecha hacia el gatillo de su rifle. Yo, por instinto, apreté el control remoto y recorrí con el dedo pulgar los diminutos cuadrados que sirven para cambiar los canales. Por un momento, de verdad, pensé que estaba viendo un programa en la más alta definición, y que el cazador no era sino una proyección del futuro digital que por fin nos había alcanzado. Pero el olor a sudor era definitivo; sus ropas estaban desgastadas y roídas; sus botas enlodadas habían visto mejores días y el gesto en su rostro era, más bien, de terror.

Entonces llegó el tigre.

La gran bestia descendió por las escaleras del segundo piso. Pude verla abalanzarse sobre mí, con el hocico abierto y las garras listas, cuando un tirón me sacó del sillón y pude esquivar el ataque. El cazador me jalaba con una fuerza tremenda, pronto me vi arrastrado piso arriba mientras el animal salvaje rugía detrás de nosotros. Apenas pudimos cerrar la puerta de una recámara mientras el monstruo se quedaba atrapado detrás.

Aquel cansado hombre respiraba lento, recargado contra una cómoda.

Me senté junto a él y, sin mediar palabra, supimos que había que urdir un plan para poder escapar de allí. Pensé en mi esposa y mis hijos, que en un par de horas estarían de regreso en la casa. ¿Cómo les explicaría que un tigre estaba suelto por los pasillos de nuestra residencia? Decidí que por el momento lo mejor sería no abrir la boca, seguir al hombre que parecía saber más que yo, y dedicar los próximos minutos de mi vida en sobrevivir. Ya habría tiempo de pensar en cómo es que el animal salvaje llegó aquí o si existiría alguna explicación que el cazador pudiera –quizá más tarde, con un café, una linda charla– explicarme a detalle. Antes de que tuviéramos tiempo de planear algo, el felino derribó la puerta. Su ataque, instintivo, destrozó una parte del colchón de la cama mientras nosotros mirábamos desde el lado opuesto del cuarto. Salimos por la puerta principal mientras la fiera descargaba su furia sobre las sábanas de seda (20% + 10% por liquidación en el folleto de la tienda). Cuando alcanzamos la salida hacia la calle, quise correr y escapar lejos, nada me importaba, pero mi compañero me detuvo con firmeza. Ahí, frente a mí, la gran catarata caía con estruendo. Un paso más me habría llevado a una muerte segura.

Estábamos en medio de la selva.

Los postes de teléfono eran árboles ancestrales, los cables de luz eran grandes ramas que conectaban unas con otras en su espesura, el cemento de las calles era tierra húmeda, enlodada, que se extendía a través de arbustos y hojas anchas y una frondosidad infinita. Una serpiente acechaba desde una rama caída y pensé en rogarle por un fruto prohibido, una manzana envenenada que me sacara de la pesadilla, que me regresara a mi hogar. El cazador avanzaba entre la espesura. Sus pasos decididos se pausaban sólo para mirar atrás y observarme un segundo. Tal vez, aunque estuviera acompañado de un perfecto inútil, aquello le hacía saber que no estaba solo en su aventura. Aquel hombre marchaba con decisión por un camino desconocido, al que nos adentrábamos con la única esperanza de escapar hacia cualquier luz de futuro. El tigre, viejo rey de la selva, nos esperaba agazapado en la hierba densa. Sus bigotes húmedos echados atrás, el cuello ancho, las patas traseras aferradas al suelo. Saltó antes de que pudiéramos verlo a detalle. Era una mancha negra y naranja que rugía como el demonio. Sonó un disparo. El cazador logró herirlo, pero era ya imposible detener a la bestia que había caído encima de él, y lo devoraba mientras la sangre de ambos se confundía en una misma capa carmesí que cubría la hierba como una alfombra. Corrí hasta que mi cuerpo se venció y me tiré bajo la sombra de un árbol. Pensé en abandonar todo.

Entonces divisé a lo lejos unas cordilleras nevadas.

Eran perfectas, idílicas. Quizá, también, el único lugar al que podía escapar. Sabía que por alguna extraña razón, la ciudad me esperaba del otro lado de aquellas montañas. Quizás una aldea, un pequeño poblado o, tal vez, la diminuta casa del cazador donde viviría su esposa cazadora y sus pequeños hijos cazadores. Ellos atraparían al tigre, lo convertirían en una alfombra y luego llamarían por alguien que viniera a mi rescate. Caminé hacia el horizonte, arrastrando los pies contra el suelo húmedo. Luego vino la lluvia. Las hormigas cortadoras de hojas siguieron avanzando hacia algún hormiguero escondido en la negrura de aquel infinito. Me soñé, por un instante, como un diminuto miembro de aquella especie de insectos. Si fuera una hormiga, iría detrás de mis compañeras, orgullosa, trabajadora, con el pecho henchido de orgullo por otro día de enorme trabajo. Encontraría un prodigioso miligramo en medio de aquella selva y los tigres, y los monos, y las serpientes, vendrían hasta mí para conocer el milagro.

Pero el tigre rugió.

Ésta era la realidad. Supe que la bestia me pisaba los talones y pensé en mi sillón, en mi nueva pantalla plana, en calzarme mis viejas y cómodas pantuflas (50% en el folleto de la tienda) y olvidarme del ruido eterno de la ciudad. Aquel monstruo insaciable estaba hambriento y me había encontrado. No me importó. Miré a sus ojos y pude ver su tristeza. Lo supe tan perdido como yo: añoraba el asfalto, las luces, los grandes edificios, la cadena de su amo y el látigo. Sólo uno de los dos encontraría el camino de regreso. Eso estaba claro. La bestia, entonces, saltó. Yo también salté. C2

 

tigre lluvia

 

Fundador y director en

Egresado del Diplomado en Creación literaria de la Escuela de Escritores “Ricardo Garibay” del Estado de Morelos (ICM/SOGEM). Estudió Letras Hispánicas en el CIDHEM. Es becario del PECDA Morelos. Ha impartido el “Taller de literatura de imaginación y breve cuento fantástico” en la Escuela de Escritores Ricardo Garibay. Ganador, en poesía, de los Juegos Florales Cuernavaca en 2010 y 2015. Ha publicado cuentos, poemas y ensayos. En 2012 obtuvo el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola con el libro “Dios en un Volkswagen amarillo”.

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