Muchachos que no besan en la boca

Dalina Flores Hilerio

 

Hablar de poesía siempre es un privilegio, sobre todo si el privilegio viene acompañado de la firma de un poeta a quien se admira, entre muchas otras cosas, por la contundencia de sus versos.

La asertividad y desenfado con que Luis Aguilar (México, 1969) teje la urdimbre de su universo lírico es una combinación que produce un efecto seductor, casi de embrujo, pero también fulminante, porque es preciso y expresivo. A través de sus palabras, Luis construye universos emocionales que están más allá de la moral burguesa y nos muestra las posibilidades de las pasiones desnudas; en este sentido, Muchachos que no besan en la boca, obra galardonada con el premio Internacional de poesía Gilberto Owen 2015, es una muestra de la precisión que el poeta le ha arrebatado al azar cotidiano repleto de escenarios opuestos para crear imágenes que se confrontan entre el deseo y el desencanto asumido como un espejismo de felicidad.

Luis Aguilar
Luis Aguilar

Luis Aguilar, como sabemos, no sólo escribe poesía, la narrativa y el ensayo forman parte también de su vasta producción; por ello, no es extraño encontrar en cada uno de los versos que pueblan Muchachos que no besan en la boca, reeditado por Vaso Roto en 2016, la aguda mirada de quien no tiene reparos para vivir al borde del abismo, al que nos arrastra luego de la seducción de sus imágenes. El poemario no sólo conecta al lector con el rito de la satisfacción del deseo alquilado, también es un grito que, como denuncia, se cuela entre las paredes de las habitaciones donde vemos la lujuria y la inocencia de encuentros que significan despedidas. Desencuentros tan habituales que se convierten en rutina.

Como si el autor hiciera un tratado de zoología, o un bestiario, con una mirada profunda y crítica presenta los rasgos particulares de una especie que puede ser tan angelical como monstruosa: los muchachos que no besan en la boca. Describe su hábitat y las condiciones de su entorno, la manera en que se mueven y se relacionan con los otros. A través de ese viaje entre imágenes sugestivas, el poeta nos deja saber que quienes pertenecen a esta estirpe: “no guardan asombros en los ojos/aunque los habitan dioses y mitologías/ derrumban portentos de piedra volcánica/ y son expertos en carencias/ -propias y ajenas// sus sábanas no son algas azules/ ni espejean sus pieles en la Piazza/ [aquí sólo hay parques – a veces- ]/ y siempre una heladería- // saben que la ternura es un pretexto/ para la seducción de perros apaleados” (13).

También, en este detallado recorrido por la configuración de la entidad a la que el poeta rinde homenaje, sabemos que, a pesar de la subordinación adjetiva con que tilda a los “muchachos”, no hay una intención ofensiva o ultrajante; más bien al contrario: es una forma de resguardar y velar por su pureza. Sabemos que es una práctica común derivada de nuestra doble moral usar eufemismos para matizar una realidad “insultante”, por ello de inmediato podríamos reconocer que la adjetivación: ‘que no besan en la boca’ alude directamente a quienes se dedican a los servicios sexuales, pues suele suponerse, más bien como estereotipo, que el encuentro de los labios sólo se da entre personas que están enamoradas; sin embargo, en esta especie de cartografía lírica del cuerpo y el deseo, Luis Aguilar sublima nuestra percepción desde su mirada. Estos chicos, quienes no besan en la boca, son “expertos en cualquier cosa” […] : lo saben todo/ porque todo ya lo imaginaron” (15).

El poeta va tejiendo la configuración de estos seres entre lo procaz y lo divino.

Casi podríamos afirmar que el poeta hace una apología de los servicios sexuales cubanos, porque todo el ambiente nos remite a la Isla, y porque ellos son ofrecidos por criaturas angelicales ajenas a la culpa, pero determinantemente terrenales: “están bien enterados saben sin falta / lo que acontece en miami italia o venezuela/ y tratan de mantenerse al día/ sobre las acciones de las marcas/ traídas desde el yuma/ les gustan los colmillos de lacoste/ la violencia neoavantgarde de Rabanne/ el rugir de un par de pumas/ para arañar la casta//” (16). En el equilibrio mortal de las palabras, el poeta va tejiendo la configuración de estos seres entre lo procaz y lo divino: “gimen como ángeles en pijama/ bufan como quien sabe que dios se les parece tanto.” (17).

Y precisamente es éste uno de los recursos más afortunados del poemario: la dicotomía del lenguaje nos lleva a reconocer la esencia de la Poesía a partir de la idea de García Lorca: “Poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio”, exactamente de esta manera es que Luis Aguilar juega y seduce con las palabras, y con ello reta al lector para que sea partícipe de la generación del sentido, pero también para sacudir sus arraigadas preconstrucciones sociales y morales, pues los opuestos, o las palabras tradicionales que se tocan sin razón aparente o necesarias, nos llevan a trastocar también nuestras certidumbres ontológicas: “no les preocupa la duda/ conocer gente nueva cada día/ es habitar la desconfianza/   : su vida ha sido siempre/ última vez/ y olvido/ y nunca más/ y no saber de quién/ se han despedido-// por lo bajo       en los / susurros del solar/ los señalan por su cobardía/ nada más lejano/ : sólo un hombre valiente hace su vida/ con lo que tiene a mano//” (23-24).

El lirismo de Muchachos que no besan en la boca despliega universos muy complejos.

El lirismo de Muchachos que no besan en la boca despliega universos muy complejos dotados de ideas que se expanden a partir de los guiños y los intertextos sugeridos por el autor, pero también de las relaciones que teje a través de las palabras. Cada una de ellas se dimensiona y se rebasa a sí misma: “en el resollar interrumpido/ por el salivar profuso/ el amador dice algo sólo para ocultar/ el desacierto que tiembla entre sus labios// el otro contrae sus pupilas/ para que no se le salga/ el alma por los ojos// (26). Detrás de esta bella y breve descripción se agazapan mil posibles lecturas y llamados de atención sobre el erotismo, la pasión, el compromiso, incluso sobre el amor que vamos desmitificando a lo largo de la lectura del poemario: “bajo el techo bajitico/ de dos habitaciones/ guarda siempre una mirada fija/ algún silencio por si alguien ya nunca regresa// quiere tener un pretexto para intentar/ todo de nuevo porque/ sabe que amar es la verdad más incompleta/ que el amor más puro nace y se derrite/ en unas horas” (65).

Así, el no-amor, el deseo y los cuerpos también se convierten en denuncia: los versos de este poemario gritan una realidad tan dolorosa que sólo se puede sobrellevar a través del sueño: “esta noche no hay/ viento que lo moje y aunque/ a la noche sobreviva alguna plaza/ está cansado de la cultura del arroz/ ajo y tomate en la ensalada/ ya ni el parque de beisbol es divertido/ desde que alguien colocó boinas verde olivo/ a las farolas […]” (66).

Sin duda, los versos de este poemario desbordan la nostalgia de un lugar, en el mundo y en el corazón, donde la dependencia de los cuerpos y las ciudades forma parte de un lirismo cotidiano con un trasfondo narrativo que abandera una postura. Por eso, entrar a la poesía de Luis Aguilar, particularmente al universo de Muchachos que no besan en la boca, implica salir desgarrado emocional e intelectualmente, pero también reconstruido y lleno de preguntas, tal como quedamos cuando nos enfrentamos al ímpetu de la literatura. C2

Se doctoró en Estudios de la cultura, por la Universidad Autónoma de Nuevo León, donde también obtuvo el grado de maestra en Lengua y Literatura Hispánicas. Se desempeña como profesora e investigadora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL y en el Tecnológico de Monterrey. Es autora de un libro de cuentos: Historias para leer en lunes (2010).

1 Comentario
  1. Excelente escritor, excelente crítica literaria. Un deleite los poemas y la interpretación impecable. El giro ontológico como comentario, un acierto-

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