Para aplacar la discordia

Ernesto Altshuler / Universidad de la Habana

 

Hace apenas unos días, justo al terminar una clase de óptica sobre el ojo humano para la carrera de Bioquímica, se me acercó un estudiante y me dijo que lo que yo había expresado en clase resultaba ofensivo.

Esto viene a cuento porque unos minutos antes, al describir el maravilloso diseño del ojo humano, les había mencionado a mis alumnos que órganos tan perfectos eran utilizados como ejemplos ilustrativos de la mal llamada “teoría del diseño inteligente” que pretende “demostrar” que los seres vivos tienen que haber sido diseñados por un “ente inteligente”. De hecho, me desvié del terreno de la óptica durante algunos minutos para explicar cómo, según los defensores del diseño inteligente, el sistema de locomoción de la bacteria E. coli “dejaba claro lo erróneo” de la teoría de la evolución de Darwin, y cómo este argumento anti-evolucionista había sido demostrado ser incorrecto por científicos serios [1].

Evidentemente, estaba defendiendo el diseño inteligente con una insistencia rayana en el fanatismo

El mismo hecho de que la ciencia verdadera nunca alcanza “verdades absolutas”, sino que se aproxima paso a paso a la verdad, proponiendo hipótesis y comparándolas con el experimento, hacía muy difícil para mí discutir razonadamente con el estudiante de bioquímica que, evidentemente, estaba defendiendo el diseño inteligente con una insistencia rayana en el fanatismo. En el fondo, lo que él defendía con dientes y garras ––aunque de forma indirecta–– era la existencia de Dios. Pero hacerle notar que yo nunca había mencionado las palabras “Dios” o “religión” en mi explicación, de ningún modo disminuyó su ímpetu anti-evolucionista.

“Quizá Dios lo que creó fue el método, no sus resultados”

Más tarde, con cabeza fría, me di cuenta de que podría haber resuelto la discrepancia con un argumento sencillo: “quizá Dios lo que creó fue el método, no sus resultados”. Quizá “decidió”, en el inicio de los tiempos, que la mejor forma de lograr seres cada vez más complejos, hasta llegar al ser humano… ¡era justamente concebir el mecanismo de selección natural! ¿Por qué echarse arriba la pavorosa tarea de diseñar cada omatidio del ojo compuesto de un minúsculo insecto, u organizar el complejo entramado de  células ganglionares de la retina humana? Todo ello, y muchísimo más, se podía haber resuelto al principio de los tiempos “de un plumazo”, concibiendo el elegante mecanismo que millones de años después el viejo Charles Darwin descubriría, para asombro (y, en un principio, mofa) de sus congéneres. Después de todo, una vez puesta sobre rieles la selección natural, sólo restaría esperar.

Pero lo que más me satisface de mi potencial solución salomónica es que posee un valor añadido nada despreciable para aplacar la discordia: en ella, el Creador resulta ser… verdaderamente inteligente. C2


Referencias

[1] Haciendo incluso perder un sonado pleito a un círculo de defensores del diseño inteligente que pretendían introducir esta “teoría” a la par con la teoría de Darwin en el curriculum de una escuela del estado de Pennsylvania, Estados Unidos.

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