Rebelión de los fanáticos: una novela violenta, divertida y compleja

Dalina Flores / UANL

El año 2010 en México fue terrible, no sólo por la intensificación de la violencia derivada de la fallida guerra contra el narcotráfico que declaró el gobierno en turno, sino también por la gran publicitación de diferentes formas de agresión entre los seres humanos.

Para nadie es ajeno que, al tiempo en que los medios de comunicación se han visto favorecidos con sus estrategias de penetración, la violencia también se agudiza. Por eso resulta tan complicado “competir” con la vida real.

Intentar que la literatura se convierta en un espejo o el escape de una realidad que, al parecer, presenta escenarios casi inconcebibles de la autofagia de nuestra especie, pareciera una tarea innecesaria o redundante. Sin embargo, la literatura ofrece al lector la posibilidad de ver desde otros ángulos o enfoques las experiencias sociales que nos atañen y nos involucran en la reflexión continua del mundo.

Si bien es cierto que la literatura no es, ni debería serlo, panfletaria o dogmática, la experiencia creativa del escritor revela a todas luces su paso por el mundo y su percepción, y vuelca en su obra la ideología propia desde una propuesta estética particular (derivada asimismo de su experiencia de vida).

La literatura se ha visto repleta de ficciones que parten de estas realidades.

Desde esa fecha detonadora de una violencia sin precedentes en todas sus manifestaciones, la literatura se ha visto repleta de ficciones que parten de estas realidades, pero que, según afirman algunos especialistas, ya están agotadas (incluso hay críticos literarios que consideran que luego de cinco años, ya no se puede abonar más a este tipo de elaboración estética pues las narconovelas –que además ubican como norteñas- ya no tienen nada qué aportar a la literatura nacional). No obstante, como nos decía siempre en la clase de literatura hispanoamericana la doctora Eugenia Revueltas: todo es palimsestos. Es decir, a nivel temático, no hay nada nuevo bajo el sol. Para ella, toda la literatura es Romeo y Julieta en miles de variaciones. A pesar de que sus ideas podrían parecer extremas, es incuestionable que la literatura no sólo se trata de contar historias o crear imágenes, sino de un proceso de fabulación complejo.

cesargandara
César Gándara

Y precisamente esto es lo que nos muestra la novela de César Gándara, Rebelión de los fanáticos. La trama gira en torno a la vida de Juan Nepomuceno, un agente judicial que se distingue, no por su heroísmo, sino por su fatal mediocridad, cuyo único rasgo peculiar, a primera vista, es su hipocondría extrema que lo lleva, dentro de todas las peripecias, a vivir un proceso de descomposición individual que refleja las complicaciones sociales de un país en decadencia.

Sin ser una novela futurista o con los elementos de las fantasías distópicas que nos presentan la vida en la Tierra después de nuestra devastación, Rebelión de los fanáticos sí se ubica en un presente que podría resultar amenazador: Sonora y Chiapas, por ejemplo, son Repúblicas independientes, pero no por ello más civilizadas que México, cuyo presidente es un personaje de la vida real que continuamente causa revuelo en la prensa delincuencial y política.

La-rebelión

Gándara utiliza muchos recursos para plantear una historia llena de humor negro en el que conviven elementos de una sutil y enternecedora belleza, con elementos grotescos y escatológicos encaminados a simbolizar la decadencia de la naturaleza humana, o quizás de su expresión más rudimentaria: las pasiones irracionales que nos mueven.

Pero no sólo se trata de las aventuras que tiene que sortear el protagonista, encerrado voluntariamente en un manicomio, pero víctima de la corrupción atroz de la burocracia a la que pertenece, sino de los espacios para la reflexión que el autor va hilvanando a través de escenas que se mezclan (con giros temporales muy interesantes y voces narrativas que alternan al omnisciente con la voces en primera persona) de una forma eficaz y desbocada.

Rebelión de los fanáticos es una novela que atrae por muchas razones, pero sobre todo, por leerse de una forma vertiginosa que involucra a cualquier tipo de lector. Podría parecer incluso una historia de amor fallido, o precisamente lo contrario: la cristalización más sublime del amor, como vehículo para la salvación del mundo. Sin embargo, también podría leerse como la novela política que satiriza la prácticas pedestres del sistema, a partir de elementos anquilosados que coquetean con la tradición mitológica y mística cuyo origen se puede rastrear tanto en la Biblia como en la tradición del teatro novohispano o la obra de Shakespeare. Aparecen en la historia las brujas políticas, que trascienden el ámbito de lo femenino privado y se asumen como voceras del devenir histórico de la sociedad; encuentran su referencia más cercana en Macbeth, pero también en la famosa Paca de la época de Salinas. Asimismo, la constante referencia a los manuscritos, a la consignación de la vida y la historia a través de diversos procesos, nos lleva a reconocer la esencia de lo literario que subyace en toda práctica asociada con la lengua escrita y que, dentro del discurso literario, es una tradición que inicia con Homero y perfecciona Cervantes.

César Gándara seduce particularmente por una narrativa cuidadosa y encantadora.

Más allá de la satirización de los elementos políticos y de las prácticas del fervoroso fanatismo experimentado por locos, cuya esencia está cargada de un simbolismo que los dimensiona y, al mismo tiempo nos hace ver que no son tan diferentes a los personajes aparentemente cuerdos, esta novela de César Gándara seduce particularmente por una narrativa cuidadosa, encantadora incluso, donde hay un peculiar equilibrio entre las voces, los diálogos y los efectos que, como lectores, nos invitan al diálogo permanente con la ficción.

Uno de los aspectos sobresalientes de la novela es la erudición de un narrador que plantea procesos complejos del psicoanálisis, para ir ofreciendo al lector las herramientas para la co-construcción del protagonista, en equilibrio con la teoría literaria que incluye la exégesis y apología del género dramático:

“[…] En una ocasión, Juan Nepomuceno lo encontró hablando solo. Al parecer recitaba un monólogo-alegato a favor del teatro.

– Esa puta bellaca que llaman poesía, y su hermanastra, enana y tullida, que es la novela, no le llegan ni a los talones. La belleza y la pureza estética se encuentran en el teatro. Sólo ahí. Porque el teatro está vivo. Necesita de personas para que el texto cobre vida. Los receptores están atentos con la vista, el oído y los demás sentidos a flor de piel, y eso no pasa con las demás seudoartes.”

Otro recurso importante es la construcción del fanático asumido como un personaje trivial devorado por sus pasiones, tan irracionales o posibles como su contexto lo exija, que sin duda condensa la proclividad de los seres humanos a dejarnos llevar por los caprichos del inconsciente. Por otra parte, de forma inusitada, el autor va revelando una intrincada red de relaciones entre los personajes, derivadas del inefable capricho del destino, tan sorpresiva que no nos permitirá abandonar la lectura.

La Rebelión de los fanáticos es una novela que nos revela una hiperbolizada realidad que, sin embargo, no se aleja de los excesos del diario devenir de nuestra existencia, para obligarnos a la introspección desde la risa incómoda que nos queda punzando en la conciencia. C2

Se doctoró en Estudios de la cultura, por la Universidad Autónoma de Nuevo León, donde también obtuvo el grado de maestra en Lengua y Literatura Hispánicas. Se desempeña como profesora e investigadora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL y en el Tecnológico de Monterrey. Es autora de un libro de cuentos: Historias para leer en lunes (2010).

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