Relatos sanduceros

Karin@

 

Nota del editor: Agradecemos a la familia de nuestro amigo Luciano su autorización para publicar algunos textos de Otros Relatos Sanduceros.
Castellanos Editores, México 2004, 88 pp.

 

Sube sigue subiendo…

Todavía está en pie aquélla casa de mi primera infancia, en la calle Florida. En casi setenta años apenas ha cambiado. Únicamente la puerta que era de madera y se pudrió por tantas inundaciones del río Uruguay, ahora es metálica. Lo demás, todo igual. Y no solo esa casa, sino que toda esa zona contigua al puerto quedó como detenida en el tiempo. Porque hasta la represa del Salto Grande ha sido incapaz de impedir las inundaciones. Entonces, nadie quiere invertir en este lugar. Por esa causa Paysandú creció hacia el este, la parte más elevada, a donde no llega el agua del gran río.

Una casa, aquélla, como tantas: el zaguán con cuatro o cinco escalones; varias piezas de alto techo de bovedillas soportadas sobre vigas de hierro; el patio interior; en único baño con lo elemental y sin más lujo adicional que un lavatorio; la salida para atrás con los mismos cuatro o cinco escalones de acceso al gran patio abierto y que tenía —y aún tiene— el rústico portón por el que se sale a la calle Aduana.

El río Uruguay nace centenares de kilómetros al norte, en el sur brasileño.

El río Uruguay nace centenares de kilómetros al norte, en el sur brasileño. Y cuando allí llueve mucho, el río empieza a crecer. Lo primero que veíamos era que se cubría el puerto. Luego el río iba subiendo lentamente e inundaba las casas más cercanas y cuadra y media más arriba llegaba hasta la nuestra. Después tapaba la calzada de hormigón; subía por el cordón de la vereda y se emparejaba con el primer escalón del zaguán. El patio de atrás, que estaba al mismo nivel que la calle, también se llenaba de agua. La casa quedaba como una isla.

Todavía había la esperanza de que el nivel del agua no trepara por los escalones del zaguán. A cada instante mis hermanos mayores medían el nivel con una varita: “sube, sigue subiendo…”. Mientras tanto, el pavimento seco, la orilla, se iba alejando de la casa, centímetro a centímetro. Todavía se podía llegar caminando. Al día siguiente, únicamente en bote o en balsa. Mientras tanto, seguíamos en la casa, hasta que el río se tragaba, uno a uno, todos los escalones del zaguán. Si seguía subiendo, evacuábamos. Antes lo habían hecho los animales, que trasladábamos a un vecino de más arriba. Mi padre y mis hermanos mayores, con cuerdas anudadas a ganchos dispuestos en el techo, izaban los muebles hasta las bovedillas. Y nos íbamos todos a una pensión del centro, que a mí se me hacía triste, sombría, de lúgubres muebles oscuros que me causaban miedo.

Antes de evacuar habíamos descolgado del gran portón corredizo del galpón de los animales y con un largo palo como pértiga navegábamos todos por el patio y aún nos salíamos a la calle Aduana. Lo que para otros podía ser una tragedia, para nosotros era una gran diversión.

En la pensión quedábamos varios días, hasta que el río volvía a su nivel. Las paredes estaban aún mojadas, hasta una altura de dos o tres metros. La casa, fría, llena de resaca, de camalotes y de alguna víbora que, escorada, aún reptaba tratando de escapar. Pero el río ya estaba fuera de su alcance. La casa, toda húmeda, pero contentos de volver.

Mientras estábamos fuera, viviendo en la pensión, mis hermanos entraban en la casa en bote, todos los días, y aún por las noches, para comprobar si el agua no le había llegado a los muebles colgados contra el techo. De milagro, nunca los alcanzó el nivel de la crecida. Y como eran de roble, macizos, siempre aguantaron bien la gran humedad que había en las piezas.

Todo volvía a la normalidad, no había quejas y no nos sentíamos “damnificados”

Cuando regresábamos, limpiábamos la casa, descolgábamos los muebles y en pocas horas todo volvía a la normalidad. No había quejas y no nos sentíamos “damnificados”. Cada familia se las arreglaba como podía. Y eso que muchas casas habían quedado completamente cubiertas por las aguas. Siempre encontramos todo lo que habíamos dejado. Para evitar la presión del río, las puertas quedaban abiertas. A nadie se le ocurría entrar a robar en las casas evacuadas.

Una cosa de lo más divertida

No. Los niños no nos sentíamos “damnificados”. Ni siquiera sospechábamos que deslizándonos por la calle Aduana montados en el portón de madera convertida en balsa, podíamos ser arrastrados río adentro. Y cuando aún no habíamos evacuado la casa, a la escuela nos íbamos en bote de remos. Atracábamos en el límite de la creciente, amarrando el bote en cualquier árbol o poste. Luego seguíamos a pie. Dejar de ir a la escuela era algo que ni se nos ocurría. Al regreso, lo mismo. Y como seguía creciendo, el bote ya se había quedado a cierta distancia de la orilla y había que alcanzarlo caminando con el agua hasta las rodillas.

Muchas cosas aprende un niño con las crecientes de un río tan enorme como el Uruguay. Se aprende, por ejemplo, que esas grandes medioesferas de uno o dos metros de diámetro que veíamos flotar llevadas por la corriente, no son otra cosa que millones de hormigas que se mantiene vivas sobre una gruesa capa de otras que se ahogaron y formaron una balsa para que el resto de sus hermanas se salvaran.

¡Y cuántos techos de casillas y de ranchos pasan río abajo cerca nuestro! Pero todavía no comprendíamos que habían sido de hogares que lo habían perdido todo. Porque para nosotros, los niños sanduceros, la creciente era una cosa de lo más divertida.

Baja el río y todo queda como antes. Reaparecen el pavimento de la calle Florida y el de la callecita Aduana. Vuelve a surgir la lagunita que se encharca delante del Colegio Don Bosco donde se bañaban nuestros gansos. Se ven otra vez el puerto con sus grúas y sus muelles y el próximo Club de Remeros. Y también el cercano muelle de los Ingleses —de madera— que había sido el antiguo puerto de Paysandú y sobre cuyos gruesos troncos aún se mantenían las vías del ferrocarril. Y allí aflora, nuevamente la playita a un costado del antiguo atracadero de las embarcaciones fluviales. Y el bosquecito de eucaliptos que había entre el puerto y el muelle. Y cerrando el círculo de esta pequeña geografía, la casona de los Crosa, que sigue allí plantada, con el mismo color blanco de cal y el mismo alambrado que ya aguantó más de un siglo.

Ese era todo mi universo en aquellos mis primeros años. Ni siquiera sabía que detrás de esa larga línea verde de la Isla Caridad en medio del Río Uruguay, el mundo seguía y seguía y que enfrente había otro país que se llamaba República Argentina. C2


Sanducero: Nacido en Paysandú, uno de los diecinueve departamentos en que se divide la República Oriental de Uruguay. La Ciudad de Paysandú es la capital del departamento del mismo nombre. Está situada sobre el Río Uruguay, a 378 kilómetros de Montevideo.

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