Tarea de la formación universitaria

Eduardo Escalante Gómez

 

Vivimos en una sociedad compleja, pluralista, con aperturas hipotéticas y empíricas a mundos deseables, en la que muchas veces simplemente no es posible alcanzar un acuerdo en torno al “bien común” o a la “noción de grandeza”.

No es fácil alcanzar un consenso sobre qué supone la apertura para nivelar un magma previamente fracturado. Aceptar múltiples referencias y justificaciones, no es nada fácil, se requiere mucho aprendizaje y “encarnación” con la realidad de las personas y los pueblos. Pensar más allá de los límites que uno ha logrado definir con la mochila de herencias, que para unos está repleta y para otros, no.

La ética de la razón cordial es evitar que la sociedad se rompa en pedazos y que cada paso que se da hay que consolidarlo, porque al inicio son siempre débiles y las “fuerzas de la revocación” siempre otean en lo alto de sus colinas.

¿Qué podemos decir de la verdad de nuestro pasado?

Recientemente, muchas universidades han empezado a explorar los temas que han sido borrados de los procesos de formación. Por ejemplo, en Estados Unidos, la “esclavitud” ha dejado de ser un tema de análisis institucional. Con esto, no se logra “apropiarse de la historia” y usarla para ayudar a entender “cómo debemos vivir en tiempos contemporáneos”. ¿Qué podemos decir de la verdad de nuestro pasado? ¿Qué no se debería repetir? ¿Qué incomoda a las élites que no se constituye en un “lugar” de trabajo intelectual para los estudiantes?

En un mundo donde tiende a predominar la intolerancia, se constata que no vivimos con el residuo de nuestras historias, con lo que se impide la posibilidad de evitarlo para que no ocurra de nuevo. Se observa en diferentes países, que “se siguen haciendo cosas que incrementan la segregación y el resultado es que tenemos países fracturados”.

La formación universitaria tiene relación con la formación de la identidad. Ahora, si la identidad a través del tiempo consiste en el encadenamiento/conexión de los eventos físicos y/o psíquicos en que consiste eso que llamamos persona (el yo), entonces, los compromisos (y los merecimientos) deben ser correlativos a dicha conexión.

La conexión es una cuestión de grados. Yo no estoy ligado con igual fuerza a mi yo inmediato (el de ayer) como a mi yo mediato (el de hace algunos años); y, en el caso extremo de mi yo remoto (el de hace treinta años), la conexión es tan débil que casi se muestra improcedente hablar del mismo yo. Entonces, cuando la conexión es muy débil, el carácter vinculante es también muy débil. En el caso del compromiso, el grado de obligación debe reflejar el grado de conexión. A conexión fuerte, obligación fuerte; a conexión débil, obligación débil. Y, cuando la conexión es tan débil que habría que hablar de “otro yo”, la obligación desaparece.

En muchas sociedades, no se detecta una reacción clara contra la intolerancia retórica odiosa y de hecho contra la etnia, contra los grupos religiosos. A veces hay omisiones, en otras, se lo trata como tema policial y judicial, pero no como tema cultural, que dice relación con la identidad y vínculos en una determinada nación. En esto, las universidades pueden responder mejor a este clima preparando a los estudiantes para que se conviertan en “líderes aptos”. Sin embargo, “de alguna manera estamos fallando en esto”.

Si a la universidad ingresan estudiantes que no han llevado una vida influenciada por el conocimiento de muchas personas diferentes, muchas formas diferentes de pensar, muchas maneras diferentes de vivir y de desarrollar la espiritualidad, entonces no están en la mejor posición para desempeñar un papel de liderazgo.

El malestar en la cultura es claro, hoy estamos viendo la intolerancia de las llamadas personas “bien educadas” que han tenido las mejores opciones culturales y educativas. ¿Cómo superar los estereotipos de hombres y mujeres que alcanzan posiciones de liderazgo?

Paul Ricoeur
Paul Ricoeur

El llamado de Paul Ricoeur por el “compromiso” es más urgente que nunca: Nuestra sociedad occidental está obligada actualmente a inventar una civilización de compromiso, porque vivimos en una sociedad cada vez más compleja, donde por todos lados hay un otro.

Se requiere indagar las diferentes nociones de grandeza que están en juego y sus respectivas justificaciones; el enfrentamiento de intereses divergentes y las convicciones divergentes. En esto, las universidades tienen un papel esencial, porque forman a la élite de una nación. Allí se tiene que instalar el laboratorio para trabajar la intransigencia (rechazo a otras personas que viven su mundo desde perspectivas diferentes), los dogmatismos, las intolerancias.

En los países democráticos, los conflictos son abiertos, y se pueden detectar las reglas y procedimientos para resolverlos, y la eticidad ciudadana para ser conocidos y aceptados por todos; entendiendo que, a mayor complejidad, mayor apertura y estado de alerta a lo que el mismo sistema genera y hace que ciertos estados se declaren en revisión, pues la hipótesis que se sostuvo ha perdido legitimidad. No se trata de sostener con “cabeza dura” aquello que se pensó pero hoy no funciona. En especial, los conflictos morales que suponen elegir entre el “bien” y el “mal” que resulta ser una elección entre diferentes grises.

El mejor ejemplo es precisamente la legislación sobre el aborto, donde la elección, a juicio de Ricoeur, es entre “lo Malo y lo Peor”. A partir de este dilema moral y ético, este autor aborda el compromiso.

Necesitamos entender los gritos de dolor de Barcelona que aún no se apagan. En este contexto, el “compromiso” pasa a ser tan importante como la “empatía”. Y en esto, la formación universitaria tiene una tarea fundamental. Cuando la crisis nos desborda, ya no sabemos nuestro lugar en el universo, se borran los contornos de aquello que parecía ubicarnos, nos permitan “habitar”, sentimos la intemperie, la errancia. Y no es lo instrumental la solución, sino la ética. Se requiere una reflexión sobre el ser humano como concepto complejo de persona; también se hace necesaria una labor de clarificación y análisis, demostración constante de lo que está en juego y de enfrentar los conflictos de modo apropiado. Hay que hacerse cargo de superar productivamente la oposición entre “principalismo” y “casuismo”. Es por ello, que Ricoeur nos invita a una concepción de la “razón abierta” o “cordial” como también la denomina Adela Cortina, tomando el concepto desde los planteamientos de Ortega y Gasset. C2

Investigador y escritor. Ha publicado diversos artículos científicos en revista con referato en Chile, Argentina, Perú, Colombia, México, Nicaragua, España; y poemas en la Revista Nagari, Signum Nous (Estados Unidos) Revista Cultural C (México), Revista Ariadna (España), entre otras y diversos sitios en la Web.

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