Tintineo

Ameliè Artaud / UACM del Valle

 

I

El tintineo es la única constante, una, dos, tres gotas; una, dos, tres gotas. La única luz que llega a tu cara proviene de arriba de tu cabeza; preferirías no ver directo hacia ella, pero no tienes escapatoria, es lo único que puedes hacer, te enseñaron que más vale prevenir y tu previenes que alguien pueda acercarse, miras cómo poco a poco los que antes te abrazaban ahora besan el pavimento una, dos, tres gotas. Ya no hay nada que mirar a tu lado, el oscuro, la respiración se agita, sientes un par de ojos que te suplican moverte, no puedes, no quieres dejar de mirar, quieres reconocer y memorizar los rostros de los que van cayendo afuera, de los que luchan, de los que huyen, de los que van dejando una, dos, tres gotas.

Los pasos afuera se vuelven menos pero más acelerados, el llanto, los gritos, el humo, el colapso y tú solo puedes pensar en ese goteo que podría llevarlos a encontrarte; una, dos, tres gotas. Cierras los ojos y piensas en que debiste comer todo lo que estaba servido en el plato, en que tus padres realmente no gritaban tanto, en que tú nunca lloraste tanto. La respiración a tu lado insiste y se vuelve abrupta, es casi un jadeo, volteas, sabes que no deberías, pero volteas a tu alrededor y recuerdas que no estás sola, que hay dos personas más ahí; bueno, ya solo dos. Una, dos, tres gotas.

II

Habías visto esa mirada antes, ella te recordaba a la mirada de tu hermano cuando hablaba del movimiento, de libertad; la cara de ella tenía la ira y esperanza que tu hermano cuando te decía que estaba creando un mejor futuro para ti y la pequeña Laura. Pero algo lucía distinto; quizás el miedo, quizá solo veía más que tú a través de esa coladera que ahora las mantenía protegidas, ¿protegidas? Tú no habías tomado la decisión de ir ese día, no decidiste portar ese botón, vaya, ni siquiera habías sido tú quien obtuviera el crédito por escribir el discurso de la Preparatoria Popular número uno; sin embargo, habías entrado a esa coladera cuando escuchaste los primeros alaridos, cuando viste caer a tu hermano y ella te había jalado ahí diciendo que ahora te protegería y en lugar de cumplir su palabra, te estaba ignorando; tú no decidiste nada hasta ahora, ni siquiera eres tú quien escribe lo que ha resultado ser tu epitafio. Recuerdas tu casa, tu cuarto, desearías estar ahí ahora abrazando aquel último oso de peluche que tu hermano te regaló esta mañana para convencerte de que lo acompañaras al mitin. —Leeré el discurso que me escribiste—

Sonríes, escuchas gritos, tratas de imitarlos pero tu voz no se escucha, tu respiración se agita, la luz, el rostro de esa mujer, tu hermano, comienza todo a volverse borroso, el oso, tu mamá, las cuentas por pagar, tu hermano, tu abuelo, tu hermanita Laura, el que pudo ser tu novio; aquel muchacho que intentabas impresionar y del que no sabes ni su nombre, tu hermano, tus libros, sabes que no terminarás la tarea a tiempo, su voz, la voz de cientos de jóvenes que se van perdiendo en un tintineo de recuerdos.

—Si al menos alguien me abrazara—. Una mano te extiende lo que parece un suéter, está húmedo pero ya no te importa, tratas de ver a quién pertenece, giras la cabeza y solo ves siluetas, siluetas, el rostro de tu hermano, nada.

III

La agresión, los golpes, el dolor y un día tu madre te dijo que estarías mejor sola, sin embargo ahora estás ahí, en lo que parece tu guarida y te sigues sintiendo del modo en que tu madre te había condenado; no quieres morir por la lucha de otros, sabes que ni siquiera es tu lucha la que se está llevando a cabo sobre tu cabeza, pero estás sangrando, la muchacha a tu lado está sangrando, en el techo que ahora te abriga hay gente sangrando. Una lluvia reparadora comienza a lavar las condenas, el retumbe ha cesado, solo hay silencio, nunca antes habías puesto tanta atención al silencio como ahora, quieres mirar, pero la otra mujer se rehúsa a moverse de la ventila, calladamente la tomas entre tus brazos, ella se acurruca y dice que nada de eso debía pasar, que era un mitin pacífico, insiste en querer mirar, —necesito saber si pudo escapar, tengo que verlo—. En la boca de tu estómago comienzan a amotinarse lo que parecen lágrimas. Sabes que tienes que hacerlo, todo debe acabar ahora; la chica que tiene tu suéter ya no respira, tú sigues escuchándola llamar a su hermano, a la mujer que tienes entre tus brazos quisieras decirle que la persona que busca probablemente esté muerta o detenida, sabes que los llevarían a San Luis Potosí. Tomaste ese trabajo en un afán por desahogar tu ira, pero nunca esperaste que el pañuelo blanco cayera de tus manos, que te confundieran, nunca esperaste estar ahí, en una coladera, enmarañada, entendiendo la lucha de los otros, de los estudiantes. La agresión, los golpes, el dolor de los otros, sin embargo suena un disparo, dos disparos, tres disparos. Nada. C2

 

 

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