Un diccionario sin palabras y tres historias clínicas

Dalina Flores Hilerio / Facultad de Filosofía y Letras, UANL

Cuando era pequeña, los relatos de mi madre sobre su paciente con afasia me causaban mucha curiosidad. No podía imaginar que hubiera alguien que creyera que se estaba comunicando con las palabras correctas mientras repetía una sola.

Tampoco podía creer que alguien perdiera la diversidad de un campo semántico y lo sustituyera por una única palabra (recuerdo que uno de sus pacientes, en vez de decir amarillo, luminoso, brillante, caliente, etc., sólo decía “sol”).

Más tarde, cuando estaba estudiando Letras a principios de los años noventa, para mi clase de Lingüística, mi madre me prestó uno de sus libros de neurología, precisamente, para entender un poco más sobre la afasia. En esa época me pareció aún más impactante porque estaba empezando a ubicar la lengua como el centro del universo; es decir: sólo a través de la lengua se puede crear y recrear el mundo. Mucho tiempo después, al estar inmersa en el estudio de las narraciones, para una investigación doctoral, encontré, entre otras cosas, que sólo a través de las palabras podemos erigirnos como civilización. Y, como se ha establecido desde los griegos clásicos, es innegable que la palabra es el centro del universo.

ramirez-un-diccionario-sin-palabras-portadaA partir de esa certeza he elaborado todo mi discurso didáctico al impartir clases de Lengua y Literatura; continuamente aseguro a mis estudiantes que la plataforma más importante e insustituible para el conocimiento y el aprendizaje es la lengua, y por ello nuestra preponderancia como docentes de estas disciplinas. Sin embargo, a partir de la lectura de Un diccionario sin palabras y tres historias clínicas, de Jesús Ramírez-Bermúdez, mis certidumbres se han puesto a prueba desde la lucidez con que el connotado neuropsiquiatra expone dos casos clínicos (el tercero puede ser incluso el del propio lector quien dialoga consigo mismo) en que las protagonistas (no sé si deba decir pacientes) pierden su capacidad de emitir y comprender las palabras.

Con la maestría narrativa que lo caracteriza desde su Breve diccionario clínico del alma, el autor presenta los casos clínicos de Diana y Amanda, quienes sufrieron sendos accidentes cuyos traumatismos destruyeron partes importantes de sus cerebros por lo que tuvieron, además de la pérdida de la lengua hablada y escrita, una serie de cambios conductuales asociados con la representación social de las mismas palabras (entre otras cuestiones más complejas).

Ramírez-Bermúdez no sólo relata las condiciones médicas de cada caso, sino que se detiene en el análisis de su propia conciencia como terapeuta, para tomar decisiones en cada uno de ellos y, a través de diversas disertaciones, nos coloca en medio de reflexiones éticas y humanas que trascienden toda propuesta científica, al llevarnos por un camino complejo donde resalta su erudición médica, literaria, musical pero sobre todo, humana. Algunas veces sentimos, como lectores, que estamos frente a las confidencias de un feligrés a su párroco. Entonces el libro se convierte en una especie de púlpito en el que oficiamos una misa doble: las confidencias del autor sobre su diaria y compleja práctica médica desde el humanismo, y las nociones que se van revelando al lector a través de sus ensayos, y que nos llevan a cuestionar nuestra propia relación con las palabras.

Jesús Ramírez Bermúdez, fotografiado por Grace Quintanilla.
Jesús Ramírez Bermúdez, fotografiado por Grace Quintanilla.

El libro de Ramírez-Bermúdez es uno de esos materiales literarios y científicos que podemos considerar imprescindibles; en primer lugar porque aborda uno de los aspectos más complicados de las neurociencias: el lenguaje doblemente articulado. Aún son muchas las dudas que tenemos sobre las capacidades cognoscitivas del cerebro, dentro de las que está el lenguaje. Y, como nos ha revelado la ciencia médica actual, no podemos asegurar que existan las enfermedades, sino enfermos (es decir, pacientes que presentan síntomas individuales ante una afectación particular que no siempre son iguales ni necesariamente responden igual a los mismos tratamientos). Por ello es más complejo el estudio de la mente en general y, en particular, de los procesos cerebrales que dan sustento al lenguaje.

Sin duda, el relato de los casos clínicos es tan eficaz que nos tiene pegados al libro como si se tratara de ficción.

El texto está estructurado en tres partes: el relato narrativo de los casos clínicos, donde nos enteramos de la evolución de las condiciones de Diana y Amanda; los bocetos, que son breves ensayos literarios donde el autor reflexiona (y nos obliga a hacerlo) sobre la naturaleza de la mente, la literatura, la práctica médica, etc.; y la tercera parte es un glosario de términos usados por pacientes afásicos que crean neologismos, y algunas explicaciones para esos usos particulares. Sin duda, el relato de los casos clínicos es tan eficaz que nos tiene pegados al libro como si se tratara de ficción; la narrativa fluye con un ritmo preciso entre la descripción y la erudición del médico que consigna los casos; sin embargo, los bocetos (segunda parte) son pequeños y contundentes golpes que cimbran nuestra certeza sobre la preponderancia del logocentrismo frente a los procesos de conciencia inefable (en el boceto número 6, por ejemplo, sabemos, de la mano del autor, que la exclamación de la conciencia, ese ‘ah’ que podría considerarse una anagnórisis y caída de veinte, está más allá de las palabras, y que, además, está cargado de una significación consciente más allá de su registro). La lectura se puede realizar, entonces, de forma lineal, con la prisa de saber qué pasa con los casos clínicos, o saltando, cada que lo solicita el autor, a dialogar con las reflexiones que dimensionan esta experiencia.

Resulta singular que el título del libro nos prometa tres casos clínicos y, al terminar la lectura, sólo identifiquemos dos.

Resulta singular que el título del libro nos prometa tres casos clínicos y, al terminar la lectura, sólo hayamos identificado, con sus respectivas entradas cronológicas, dos: el de Diana, paciente regiomontana de clase acomodada, y el de Amanda, vendedora del Valle de Chalco. El tercer caso clínico, por un momento, creí que se trataba de la madre de Amanda, cuyo testimonio es muy peculiar respecto al análisis de la culpa y la tolerancia; sin embargo, podríamos inferir que la tercera historia clínica es la del mismo neuropsiquiatra quien confiesa sus avatares en el difícil mundo de la ética dentro de la práctica médica. En esta parte, la narración se torna muy intimista cuando nos adentramos, desde la voz del médico, en el proceso de su toma de decisiones en el medio más complejo del universo: la vida humana. De alguna manera, el autor nos hace partícipes de su cotidiano devenir demiúrgico que lo ubica a él y a la Comisión Asistencial de Bioética como policías del bien común que anteponen la protección a terceros sobre el derecho de autonomía de una paciente. Lo más interesante es la argumentación del autor sobre el derecho de arrogarse o no esas funciones y de las consecuencias que deberán enfrentar. En este sentido, la narración de los casos clínicos no sólo logra acercarnos a la estructura y funciones del cerebro, sino a recapitular sobre nuestras propias convicciones éticas y morales.

Desde una erudición muy asequible, el autor plantea una serie de cuestionamientos éticos y médicos.

Desde una erudición muy asequible, el autor plantea una serie de cuestionamientos éticos y médicos que, sin duda, será una delicia para los especialistas, pero también, los lectores legos en cuestiones médicas encontraremos rutas de acceso al intrincado mundo del cerebro y de las múltiples realizaciones lingüísticas. Como lectora con intereses literarios, me resultó delicioso encontrarme con referencias que van desde Boudelaire hasta Ricoeur; sin embargo, los lectores más avezados en el mundo de las neurociencias también hallarán referencias e imágenes que los llevarán a desempolvar sus propias convicciones.

Este es un libro cuya esencia ensayística nos plantea un reto frente al mundo de las ideas en torno a las palabras.

Sin duda, Un diccionario sin palabras y tres historias clínicas es un libro cuya esencia ensayística nos plantea un reto frente al mundo de las ideas en torno a las palabras, a las decisiones, al sentido del ser; no obstante, desde su narrativa, como lectores activos, nos lleva a proponer nuestros propios desenlaces pues, como la vida en curso, las historias de sus pacientes no necesariamente tienen una conclusión cerrada (no sabremos el fin de la evolución patológica de una, ni tendremos la certeza del éxito del caso de la otra). Sin embargo, podríamos ofrecer interpretaciones sociológicas o incluso afectivas, y aventurar la idea, nada romántica, de que la posición socioeconómica de las pacientes es fundamental para su recuperación o, desde el optimismo, creer que el amor puede ser una razón crucial para ello. C2

Se doctoró en Estudios de la cultura, por la Universidad Autónoma de Nuevo León, donde también obtuvo el grado de maestra en Lengua y Literatura Hispánicas. Se desempeña como profesora e investigadora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL y en el Tecnológico de Monterrey. Es autora de un libro de cuentos: Historias para leer en lunes (2010).

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