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¿Para qué sirve el arte: la literatura, el cine, la pintura…?

Para qué, si lo que en realidad hace falta es comida, agua, justicia. Los niños mueren de hambre. El SIDA va ganando, camina entre nosotros, se desplaza bajo la piel de cualquiera; las adicciones, el cáncer y la diabetes son las nuevas pestes, incontrolables. Nos hace falta avanzar en la ciencia, descubrir nuevas medicinas. ¿Para qué desperdiciar talentos y recursos en abstracciones?

La injusticia y la corrupción van por ahí, con descaro, la cabeza en alto, orgullosas de sí; conviven con nosotros, actúan con total impunidad sin que nadie las detenga; están en todos lados, nos gobiernan y educan, están en las relaciones humanas, en el amor y en los negocios: parecieran incrustadas en nuestro código genético. El tiempo destinado al arte debiera aprovecharse para mejorar las condiciones sociales, invertir el esfuerzo en la educación. El mismo Platón en su Teoría de mímesis cuestiona la utilidad y veracidad del arte.

¿Entonces, el arte para qué?

¿Entonces, el arte para qué? Algunos dirán que se puede aprovechar para ganar dinero o explotarlo como se puede ver en la película Velvet Buzzsaw. Para qué engañarse viendo esos cuadros que nos transportan a otros mundos; deberíamos ocuparnos del mundo en que vivimos. De qué sirve leer las historias como las de Julio Verne o Cervantes, que nos hacen viajar y perder la tierra; esa fantasía que nos atrapa y nos miente, nos aleja de la realidad. La existencia del arte parecería banal en los términos anteriores, ¿por qué existe? Existe aún en esos pueblos donde la gente sólo piensa en comer, aún en México donde la violencia es lo cotidiano. Parece que lo artístico no sólo es un producto, hay algo más. Los artistas nos engañan creando mundos mejores y posibles. Mientras, algunos sólo pintan la sangre que bien podríamos ver en los noticieros. Pase lo que pase, en cualquier lugar y situación, el arte emerge como un monstruo incontenible que vive en y entre nosotros.

Los artistas que crean arte pueden engañarnos modificando el tiempo, pueden derretir los relojes con sus horas y segundos. La danza nos hace ver la maravilla del movimiento, la elegancia detrás de la belleza nos mueve al margen del espacio. El arte no es tan infame después de todo; hace visible lo invisible, también evoca sentimientos: como “El Beso” de Rodin, lo vemos y sentimos que estamos ahí, en nuestro primer contacto de labios, ese contacto mágico que excita y a la vez es inocente. El arte va de la mano del sadismo y el placer; como ejemplo tenemos “El Grito” (Edward Munch) que nos ubica en el sufrimiento y la desesperación; o la obra “Pagliacci”, que nos muestra la tristeza detrás de la máscara de la alegría. La música nos hace viajar al pasado y también toca el vals del futuro. El cine y el teatro nos proyectan, nos podemos ver ahí. El arte está en todos lados, como dijo George Méliès “si alguna vez te has preguntado de dónde vienen los sueños, mira a tu alrededor y lo sabrás”.

Nosotros somos ese monstruo, el arte es el espejo de nuestra naturaleza, lo que nos vuelve humanos. Nos hace seguir respirando entre tanta muerte, ver el cielo a través de la basura y la contaminación; encontrarle sentido a la “Insoportable levedad del ser”. Es nuestra parte más humana, aunque también nos conecta con lo divino, nuestro verdadero espíritu capturado en una abstracción concreta: lo podemos ver, oler, sentir, vivir. Podemos comprender nuestro entorno por medio de él, sintetiza la vida misma, como dice Octavio Paz: “La poesía es el eco del universo encerrado en un caracol”. Sí, necesitamos mayor avance en la ciencia, tecnología, en la educación. En el aspecto social: más seguridad, más alimentos, más agua potable. No obstante, más que otra cosa nos hace falta arte. En la ciencia hay arte, se puede apreciar en la relación de Las meninas de Velásquez con la sucesión de Fibonacci. De igual forma, Edgar Morín en su libro Los siete saberes de la educación, afirma que “también se puede aprender por medio del arte: seríamos más empáticos, más tolerantes y comprensivos; el arte proporciona una gran herramienta para la educación”.

Es nuestra parte más humana, aunque también nos conecta con lo divino, nuestro verdadero espíritu capturado en una abstracción concreta: lo podemos ver, oler, sentir, vivir.

El arte representa lo más valioso que tiene el ser humano, nos diferencia de los animales y las máquinas. Es posible enseñar y aprender por medio de él. Aristóteles habla de sus propiedades terapéuticas por medio de la catarsis; Freud reitera lo anterior con la idea de la sublimación. Es inevitable: la gente seguirá muriendo de hambre y sed, las enfermedades nos perseguirán por siempre, no dejarán de existir opresores y vulnerables, la raza humana está condenada a la autodestrucción. Pero por lo menos, como dice Nietzsche: “Tenemos arte para no morir de tanta verdad”. C2

Sobre el autor

UACM del Valle

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