La iguana parece un ser prehistórico. En su cara de reptil convergen todos los colores del mar y bajo la aridez de sus escamas se agazapan siglos enteros de evolución.

Parece un dinosaurio diminuto cuya mirada ha sido testigo de un tiempo sin secuencia. Omnipresente. Tras su aparente e impávida fealdad se adivinan unos ojos capaces de ver pasar la vida sin sobresaltos. Pero en cada pequeño movimiento de esos globos oculares se trazan abismos nutridos de vida.

ojoLa narrativa de Héctor Alvarado, en su última novela, teje una trampa desde el inicio: con un epígrafe de Calvino que nos invita a conocer la naturaleza de esos seres milenarios llamados iguanas. Las ideas se van desgajando como si fueran trozos de piel que liberan al reptil. En el título, El ojo de la iguana, ya se adivina la condición seductora y, al mismo tiempo, repulsiva de una especie que puede ser tan atávica como fresca. Dice Calvino: “En el hocico con escamas verdes, el ojo se abre y se cierra, y eso ojo evolucionado, dotado de mirada, de atención, de tristeza es lo que da idea de que hay otro ser oculto bajo esa apariencia de dragón: un animal más parecido a aquellos con los que estamos en confianza […]”. Así, en la historia fabulada por Alvarado, se revela un personaje que, desde su mirada, intima con la conciencia voyerista del lector para mostrarnos sus momentos más extremos de lucidez y desenfreno.

[blockquote author=”” pull=”pullright”]Lo primero que encontremos al sumergirnos en la trama es una voz atribulada por la culpa.[/blockquote]

Lo primero que encontremos al sumergirnos en la trama es una voz atribulada por la culpa. A través de ella, en primera persona, se perfila la misma protagonista, quien poco a poco va dejando, como fotografías, pequeños trozos de su historia, cuya lectura se complementa con las pequeñas intervenciones de Javier, su esposo. Desde el principio, sabemos que Rosana se concibe a sí misma como una loca que ha estado internada en diferentes instituciones y por diversas razones. En el delirio de su voz y su memoria, algunas imágenes resultan tan borrosas como lacerantes, por lo que el lector deberá ir llenando los huecos que ella no puede evocar con nitidez.  La memoria de Rosana es como un espejo que se estrelló al caer de un precipicio, donde sus lazos genéticos la han confinado a una historia sin salvación. De una manera muy íntima, la trama oscila entre la conciencia luminosa (tal vez muy llena de luz) de sus recuerdos infantiles y las emociones que vive en un presente “equilibrado” pero en continua ebullición. El universo inmediato de la protagonista se adivina como el lugar preciso de un vórtice donde convergen la lucidez y la locura, siempre cubierto por el miedo a caer en un abismo sin retorno.

[blockquote author=”” pull=”pullleft”]La familia de Rosana se convierte en el monstruo que la define y contra el que no puede luchar.[/blockquote]

Como en una novela anterior, Esa llaga, la memoria, Alvarado parece explorar con fruición sobre los rincones más escondidos de la conciencia de sus personajes para hacer que el lector cuestione sus propias creencias y valores. A partir de una genealogía tan perversa como adorable, la familia de Rosana se convierte en el monstruo que la define y contra el que no puede luchar, y al que terminará por confrontar de una manera terrible. Esa ausencia de moralidad, al mismo tiempo, la protege de la mirada acusadora del lector, mientras los demás personajes la condenan a la soledad y a la miseria emocional. Sólo Javier, quien juega un papel principal como terapeuta, se mantiene a su lado, pero con la sólida convicción de que nada puede hacer por ella, excepto esperar a que regrese de su tránsito por la cuerda floja.

Rosana nos va dejando entrar en su mundo a cuentagotas, y por ello su voz juega con la conciencia del lector: de un capítulo a otro concebimos a un padre amoroso que súbitamente se torna violento y ausente, hasta que nos damos cuenta, como lectores, que también somos víctimas del delirio de la narradora y que, poco a poco, nos lleva de la incredulidad a la indulgencia. La conciencia de vivir siempre a un paso de perder el control, de cargar con culpas que se adhieren a la piel como si fueran parte de sus células, logra una radiografía entrañable y seductora de la que también nos convertimos en cómplices. Y así, su alucinante conciencia se configura como un escenario propio en el que el lector se reconoce.

[blockquote author=”” pull=”pullright”]Las fronteras de esta novela: la muerte y la vida, la razón y la locura.[/blockquote]

En la intimidad de su relato, nos damos cuenta de que Rosana ha cosechado la culpa a partir de su relación con dos hombres: la crudeza del padre y la sobreprotección del marido. En medio de estas relaciones están todas las fronteras que aparecen de forma directa y simbólica a lo largo de la novela: la muerte y la vida, la razón y la locura, desde donde la protagonista se defiende contra la atracción ineludible de los polos.

Esa incertidumbre de transitar justo sobre la línea divisoria, lleva al lector a ser depositario de un carnaval de emociones e imágenes desde las que Rosana intenta salvarse y recuperar su relación con el pasado. De esta manera, la estrategia narrativa prioriza los delirios y conflictos emocionales que configuran las imágenes más emotivas de la trama: la fijación sobre los nombres, los fragmentos de vida como representación de la memoria que, a veces, se queda en el papel, y ante los que la locura se convierte en la mayor “desolación y exilio humano”, la pérdida de la calidez ante los muros que nos dividen.

[blockquote author=”” pull=”pullleft”]La piel del reptil es el espejo que delata la contemplación del espíritu liberado.[/blockquote]

El pretexto desde el que se desencadena la trama es una situación simple en apariencia: la decisión de realizar una llamada telefónica, que condenará a la protagonista a ser víctima de la tortura de un pasado que iremos recuperando a su lado, a partir de una voz delirante, siempre al límite de ese espacio que es la lucidez devastadora de la conciencia de uno mismo. Rosana, desde su efervescencia, tiene la mirada del reptil que, en apariencia, reposa para observar el mundo traducido en una chispa febril y devastadora. La piel del reptil es el espejo que delata la contemplación del espíritu liberado de la protagonista a partir de la mirada indulgente de un lector incierto.

Con una peculiar narrativa dislocada, que explora en lo más hondo de la psicología de su protagonista, Héctor Alvarado nos sacude y nos hace partícipes de la lucidez que se desborda de ese laberinto espinoso que es la certidumbre de saberse en los lindes divisorios de una aparente luz artificiosa y el dulce trasiego de la inconsciencia. A través del aparente estatismo de los ojos de la iguana podemos atisbar dentro de las múltiples capas que van formando la identidad de los personajes y de nosotros mismos, por lo que, sin duda, El ojo de la iguana es una lectura de la que no saldremos ilesos. C2

Héctor Alvarado
Héctor Alvarado

Sobre el autor

Se doctoró en Estudios de la cultura, por la Universidad Autónoma de Nuevo León, donde también obtuvo el grado de maestra en Lengua y Literatura Hispánicas. Se desempeña como profesora e investigadora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL y en el Tecnológico de Monterrey. Es autora de un libro de cuentos: Historias para leer en lunes (2010).

POR:

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Se doctoró en Estudios de la cultura, por la Universidad Autónoma de Nuevo León, donde también obtuvo el grado de maestra en Lengua y Literatura Hispánicas. Se desempeña como...

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