Yo fui uno de los que levantó la estaca de olivo verde que clavamos en el ojo del Cíclope. El licor bebido completó la profundidad en que dormía, luego de la sangre y los huesos de mis compañeros tragados por su hambruna.  A pesar del rojo de la estaca, la oscuridad de la gruta no dejaba ver mucho; al empujar la gruesa y larga punta, en mi último desplazamiento consciente, supe que había tropezado con la carga de leña traída por el Cíclope. En ese instante sentí un dolor de cabeza, y al asomarme a mi dolor me di cuenta que en el fondo se alcanzaba a ver un orificio. “Este orificio es la historia” pensé, y fui descendiendo sin ninguna compasión. Desconozco si en estos casos el tiempo o el espacio tienen compasión de nuestros acontecimientos.

Aquello era lo mismo que hubo sido: un presente mitológico: un ser soy que fue.

En el descenso vi unas cosas contrahechas, amorfas, colmadas de sonido. Venían a mí con una rapidez violenta, me excedían y algunas me traspasaban de tal forma que, al contacto con mi piel, las sentía punzarme en la planta de los pies como si fueran espinas de agua del Aqueronte. Probablemente no sea acertada mi metáfora, pero esto ya es otra posibilidad en la forma y en la cualidad de la hondura de un cuerpo. Aquello era lo mismo que hubo sido: un presente mitológico: un ser soy que fue.

Aún con los ojos cerrados ya estaba despierto. El dolor permanecía en mí. No. Yo permanecía en el dolor; en el mismo dolor que me representa como parte de la imaginación y del recuerdo. Aunque no sé si del recuerdo de Odiseo o la imaginación de Homero. Lo cierto es que vivía en esa aflicción aguda y molesta, alterada, que padecía Polifemo en medio de su frente. Y fue en ese vacío que no paraba de sangrar donde reconocí mi hallazgo. Era yo un prisionero en aquella oscuridad donde la luz podía oírse, en esa parte del dolor donde ya nada duele. “Si padezco la muerte no tengo por qué temer” me dije, pero ahora sin hablar. Me reconfortó pensar en la curiosidad provocada por el recuerdo de aquél que hube sido.

Lo único que recuerdo fue descender libremente a una velocidad situada tal vez a cuatro millones de años luz.

Reconocí estar fuera de mi control. Me abandoné al azar y a Zeus. El azar es el dios de los dioses. En este devenir la fatalidad y la fortuna son lo mismo. Lo único que cambia es la fortuna de la fatalidad de cada uno. No terminaba de pensar esto cuando, como una chispa ya pensada por algún otro yo mismo que no era yo en otro tampoco, vino a mi mente la necesidad de preguntarme si el aire me había hecho caer y roto en pedazos, o si el aire me había envuelto y elevado más arriba del aire, o ninguna de las dos cosas. Lo único que recuerdo fue descender libremente a una velocidad situada tal vez a cuatro millones de años luz. Fue entonces que me arrinconé lo más hondo posible en mí, con la intención de que el peso no acelerara la caída.  Me tranquilizó el hecho de inferir que el peso en sí mismo lleva la gravedad, y que esa reabsorción no era otra cosa sino la necesidad de lo aéreo.

Volví a quedarme dormido, pero ahora con los párpados abiertos. Mis oídos no dejaban de apesadumbrarse con las emanaciones polifónicas provenientes de esas cosas contrahechas que, ahora lo sé,  son  átomos  de  la  roca  Léucade.  Inesperadamente  me  vi —hasta desgañitar mi voz cuando salían de la gruta sujetados a los pechos de los carneros machos—, gritarle a Odiseo y a los aqueos sobrevivientes de la crueldad del Cíclope que no me había tragado Polifemo como ellos creían, que me sacaran de ese orificio donde se evoluciona hacia atrás; allí donde se encuentran las causas anteriores, las causas profundas inmediatas a lo humano. Sin embargo y pese a la mudez de tanto grito inútil, ellos no me escucharon y salieron de la gruta creyendo en mí hecho trizas por el hambre de Polifemo. C2

Sobre el autor

UACM Del Valle

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