El-vidente-temprano

La tarde extendía sus garfios de cobre y puntas agudas afianzándose a la zona oriente de la Ciudad de México, como lo haría una plaga al colonizar las hojas y raíces de una planta inerme. Era un sábado desagradable, de ámbito brumoso y olor a combustibles quemados, y resultaba complejo respirar sin toser o mirar sin turbios lagrimeos de por medio.

La mujer caminaba con demora, deslizando pausadamente las suelas de sus zapatillas deportivas sobre los poros asimétricos de una banqueta desatendida, donde lo mismo saltaban a su paso papeles, colillas y excrecencias secas que bolsas y envases plásticos. Para cuidar su salud y protegerse de la desdicha ambiental que la envolvía, usaba un cubre bocas de tela y lentes de micas negras. No era que la ayudaran, pero alguna sensación de alivio le proporcionaban.

Su vivienda, un departamento de cáscaras a medio caer situado en la planta baja de un edificio de tres pisos, se erguía en una calle sin nombre atravesada longitudinalmente por una larga y ancha falla ―como una herida abierta―, producto del movimiento telúrico de septiembre. Puesto que transcurrió un tiempo largo ―años, de hecho― sin que las autoridades cumplieran con reparar la vía y darle un nombre, era conocida como “la calle de la grieta”.

A sólo unos metros de alcanzar esa arteria de realidades sin sanar, la mujer entrecerró los ojos y pensó en perros que corrían libres sobre un césped fragante y mullido, lengüeteado por aires puros y mansos y un sol benéfico. Consideraba simpáticos a los canes, sobre todo los chatos y bravos, de huesos metálicos: Pitbull, Rottweiler, Bullmastiff. Alguna vez se preguntó si de contar con espacio se animaría a tener un animal de esos para entrenarlo en labores de guardia, lo que en otras palabras significaba que serían armas de asegurada letalidad. Pero llegó a la conclusión de que no. Su apego a ellos no era suficientemente fuerte.

Al pasar junto a un puesto de quesadillas, del que se desprendían vapores de infierno eterno producto de la inmersión de alimentos en un manto de grasa hirviente, los pensamientos de la mujer se desviaron de nuevo llevándola a recordar aquel trío de pájaros clarineros que, sólo un mes atrás, halló muerto al pie de un poste de cemento gris, rematado en las alturas por una corona de cables enmarañados, justo en la esquina de las concurridas avenidas Portales Norte y San José Aculco. Miró con neutralidad a aquellos plumíferos negros, carcomidos por decenas de moscas y larvas, y siguió el camino.

Es cierto que la mujer padecía una forma de entumecimiento emocional. Así era desde que tenía uso de razón. Requería de ella un enorme esfuerzo sentir algo, un pálpito veraz ―cariño, afecto, amor―, por algún ser vivo. Eso incluía a Chirris, su pareja desde hacía un lustro, y Roger Jesús, el bebé que procrearon. Chirris rondaba los veintitrés años de edad, tenía una sonrisa desteñida y mirar de libélula vaga. Sin ánimo compasivo o indulgente, la mujer podía afirmar que él representaba una de las escasas certidumbres que tenía en la vida. O se aferraba a tal idea pues su nexo, en realidad, era un impredecible cruce de fuerzas inestables cuya azarosa trayectoria se manifestaba en la posibilidad, siempre latente, de desencadenar una severa reacción de cualquiera de los dos.

A pesar de que Chirris llevaba sin empleo más de año y medio y no lograba colocarse como maestro de inglés ―para lo cual estudió en una escuela de la que no recordaba bien el nombre―, la mujer y él habían tenido al pequeño. A ella le resultaba imposible aseverar que entre sus planes más gozosos figurara ser madre. Pero el hecho es que sucedió; una circunstancia fortuita e irreversible.

A ella le resultaba imposible aseverar que entre sus planes más gozosos figurara ser madre.

La mujer entró en el apartamento escoltada por el traqueteo de las llaves y los rechinidos de la puerta metálica negra, en la que flameaba un anárquico grafiti de trazos amarillos, rojos y blancos. Con ella ingresaron también los crispados ladridos de un perro, habitante de una azotea repleta de cacharros inútiles, y una cumbia que desde alguna latitud indefinida se propalaba a sus anchas, fusionada con la tóxica atmósfera circundante. Cerró y el ruido exterior murió como la flama de una hornilla, apagada de súbito.

El sitio estaba más silencioso que de costumbre. Con movimientos concisos, se quitó la mascarilla y los anteojos y los puso en una mesa recibidora. Percibió el tufo de los encierros breves. Pulsó el interruptor de la luz y el foco se iluminó de inmediato, como una estrellita distante y sin norte. Apenas poseía la intensidad necesaria para inyectar media vida a los muros verdes, espacio que disputaban fotografías en blanco y negro de familiares remotos e imágenes angustiosas de santos flagelados que nadaban en sangre.

―Ya llegué ―avisó con voz rasposa.

Al no obtener contestación, supo que Chirris había dejado solo al niño otra vez. A últimas fechas, su compañero de vida solía refugiarse en casa de Meno Preciado, amigo al que visitaba con gran frecuencia y vivía a tres cuadras de distancia. Tenía sed y enfiló directo a la cocina. Destapó un botellín de pet y bebió con avidez hasta vaciarlo. Siguió con otro, y lo dejó a la mitad. Sin apagar del todo la necesidad del líquido, pero llena, fue hacia la cuna de Roger Jesús. Estaba profundamente dormido. Su respiración era acompasada y lineal, como la de un cervatillo de hilos satinados que descansa en un cúmulo de hojarasca mandarina. Lo examinó con aprensión y quiso estirar la mano para acariciarlo, pero al final la mantuvo retirada y ni siquiera lo tocó.

Su reticencia no impidió que notara lo sucio que estaba. El pañal había adquirido el ambarino color de las micciones estancadas y una espesa batea de leche permeaba sus ropas, de las que surgía un hedor de espinas agrias hiriente al olfato. A pesar del asco que la vencía, despertó al bebé y le dio un baño de burbujas lustrales. No fue un quehacer sencillo. Arcadas como olas dolorosas la obligaron a parar varias veces. Pudo terminar de lavarlo gracias a que logró poner la mente en blanco y evadir la impresión de naufragio irremediable que le causaba el niño, quien reaccionó al agua tibia y al shampoo, emitiendo dóciles sonidos guturales.

Si por su apariencia fuera, se habría dicho que se trataba de un crío normal. Empero, la mujer sabía que tal cosa era inexacta. Una circunstancia, singular, hacía que su cordura trastabillara: los ojos de Roger Jesús solían proyectar escenas de crímenes, en el preciso momento en que se producían. Mientras pasaba sobre el bebé la toalla de rizos convencionales y comenzaba a vestirlo con un mameluco amarillo de felpa, adornado al frente con la caricatura de un minotauro verde en un laberinto de colores pastel, la mujer recordó el momento en que conoció las atroces facultades premonitorias de su hijo. Fue una mañana, de esas en que los resortes de la inquietud se mueven en todas direcciones e impulsan a cualquiera a saltar fuera de la cama. A diferencia de ella, Chirris dormía a pierna suelta perdido en un sueño de tierras dulces.

Los gorgoreos del minúsculo descendiente le indicaron a la mujer que él también flotaba en los aires de la vigilia. Atraída, traspasó la penumbra cenagosa y se acercó a la cuna. Sin ningún afán lo extrajo y se lo llevó a un reposet inmemorial tapizado en tela. Allí acariñó a la criatura durante un largo rato buscando que durmiera. Mas Roger Jesús continuó enteramente despierto y fue ella misma quien comenzó a sentir la necesidad de regresar a la cama para concluir el sueño, antes de que los fulgores del alba comenzaran a escalar el horizonte y el reloj despertador sonara.

Fue justo en el momento que iba a colocar a su vástago de regreso en el lecho, cuando se percató del extraño cambio en sus ojos. Dos puntos de color gris plateado surgieron en sus cristalinos y en unos segundos los cubrieron. El bebé se quedó inmóvil, como en estado catatónico, y ella permaneció embrujada sin poder apartar la vista de ellos. Con el corazón soplando como un vendaval contra el pecho, la mujer se sumergió en las imágenes nacidas en los ojos de Roger Jesús. O todo lo contrario, ellas la envolvieron. De pronto se vio a mitad de una balacera, dentro de un microbús. El intercambio se desató luego de que dos varones ―chicos apenas salidos de la adolescencia―, subieron al vehículo con la intención de asaltar a los pasajeros. Si bien, antes de lograr su cometido, otro hombre ―un marino vestido de civil que iba de pasajero―, sacó su arma de cargo y los encaró. La acción derivó en un intercambio de proyectiles, que cruzaron como brasas de infierno industrioso impactando en algunos usuarios. Nueve resultaron heridos y uno muerto.

Cuando la visión llegó a término ―cosa que sucedió de manera brusca―, la mujer depositó a su hijo en la cuna negándose a aceptar lo que había presenciado, y no volvió a conciliar el sueño. «¿Aquello ocurrió?», se preguntó con insistencia. «No». Todo había sido un desliz imaginativo, seguramente fundado en el trabajo excesivo o las tensiones conyugales, pero en definitiva, no. «¿De verdad no?», razonó de nueva cuenta, necia e incrédula. Echó una mirada circular sobre Chirris y buscó despertarlo para contarle lo sucedido. Él no reaccionó. Siguió dormido cual tronco alojado entre las rocas de un despeñadero dócil.

Desguarnecida, hizo lo único que le vino a la cabeza: se hincó frente a una imagen de la Santísima Trinidad y se puso a rezar. Luego, aún en estado de carabela zozobrante, tomó una ducha, se vistió con el uniforme de la policía ministerial, corporación a la que pertenecía, y salió de rumbo al trabajo. Ni siquiera volvió la vista hacia Roger Jesús, que estaba despierto y emitía sonidos vegetativos de suaves tonos.

La mujer llevaba en la mente una maleza de especulaciones, algunas relacionadas con embrujos, hechicerías y encantos de malas raíces. Así estuvo la jornada entera, presa por los grilletes del desasosiego y el temor. Lo que sí obtuvo fue la orden de su jefe para que investigara la balacera en el autobús. Resultó una tarea sencilla de cumplir, pues no había misterio alguno qué resolver.

En semanas subsecuentes, los ojos de Roger Jesús continuaron mostrándole imágenes de horror y barbarie de las que ella era incapaz de librarse. En algún momento atestiguó cómo el dueño de una tienda de abarrotes apresaba con sus manos de camaleón, húmedas, pegajosas, elásticas, a una adolescente con traza de mariposa peregrina que entró a comprar veladoras. Luego de someterla y arrastrarla hasta una bodega de tabicón ubicada en la parte trasera del negocio, donde todo era vacío y humedad, la deshizo al modo de un predador famélico. Consumado el crimen, arrojó los restos ―un rompecabezas incompleto―, a un terreno baldío de la colonia San Miguel Teotongo. La consigna de esclarecer el caso no tardó en llegar a las manos de la mujer. Condujo sin trabas las pesquisas y en tiempo récord el homicida fue aprehendido.

Un día, con el pecho vuelto un entramado de temores infranqueables, le dijo a Chirris:

―Ese niño hace cosas raras.

―¿A qué te refieres? ―le preguntó él y un pliegue largo y profundo se dibujó en su entrecejo.

―¿No lo has notado?

―¿Qué?

―Lo qué hace.

―No te entiendo.

―Me da miedo.

―Estás loca ―la tachó él―. Roger Jesús es un ángel.

―Un ángel del demonio ―lo rebatió.

―Déjalo en paz.

―Te lo voy a explicar y quiero que pongas atención ―dijo ella. Buscó una botella de ron y un vaso y se sirvió. Su mano tembló ligeramente.

Luego de escucharla, Chirris dictaminó:

―O sufres pesadillas o perdiste el juicio.

―¿Eso piensas? ―lo miró con enojo y se empinó el ron. La bebida resbaló a lo largo de su garganta como una gota de cera caliente. Le agradó la sensación.

―O duermes mal o no estás bien de la cabeza ―reafirmó él.

A partir de ese día los desencuentros entre la mujer y Chirris aumentaron. Era ella quien perdía la serenidad más rápido y explotaba contra él diciéndole de todo, nada bueno. Un domingo, cuando el oriente de la ciudad respiraba humos densos con la misma dificultad de un ser que agoniza de asfixia, desenvainó la lengua, estimulada por las espumas amargas de unas caguamas que bebió al hilo.

A partir de ese día los desencuentros entre la mujer y Chirris aumentaron.

―Lo que le sucede a Roger Jesús es culpa tuya, Chirris ―aseguró con voz y mirar inestables―. Te dije que no se te ocurriera embarazarme.

―Nuestro hijo es normal. Además, no lo hice solo ―le contestó ofendido y enojado.

―El responsable eres tú ―repitió ella, desafiante.

La insistencia de la mujer caló hondo en el ánimo de Chirris, quien súbitamente se puso en pie, dio unos pasos hacia ella, la sujetó de la playera con una mano y con la otra sembró en su faz tres resueltas bofetadas, ¡paf!, ¡paf!, ¡paf! De esa dolorosa semilla nacieron flores de sangre en los labios de la mujer, inflamados y punzantes. Ella salió del sopor en un instante y sus sentidos se activaron, a la par de su mente y sus músculos. Obediente a una exaltación asesina y empleando las técnicas de ataque y defensa que recibía con periodicidad en la corporación, se abalanzó sobre Chirris. No transcurrieron más de quince segundos antes de que él, envainado en lágrimas, comenzara a lanzar lastimeras expresiones de rendición. Probablemente fue eso, o tal vez los turbulentos berridos de la criatura, asustada con el escándalo, la razón por la cual lo liberó. Paulatinamente disminuyó la presión que ejercía sobre su tráquea, aunque no dejó de registrar, puntuado por el terror y la debilidad.

Al caer la noche, la mujer decidió dormir separada de él. Las camas no sobraban y el espacio era reducido, de modo que cogió tres colchas del closet y las estiró sobre el piso de losetas en las que, si se las miraba con detenimiento, era posible descubrir finas grietas que se extendían como cuerdas aciagas hasta los muros.

Pasada una semana ―lapso en el que Chirris se comportó como cripta desierta―, éste rompió su silencio. Ausente de convicción y entusiasmo, le propuso a la mujer recurrir a un sacerdote.

―Si de verdad crees que Roger Jesús actúa extraño, podemos ir con un sacerdote.

Ella tembló aliviada:

―Me parece bien.

De nada sirvió el encuentro con el clérigo. Oró en voz alta y de manera prolongada intentando provocar una reacción en el pequeño, alguna expresión amenazadora en el rostro, gestos de malicia, chillidos, gritos, algo que lo llevara a suponer una posesión o un encantamiento. No obstante, Roger Jesús mantuvo inmutable su aire tranquilo. El religioso desistió. Con el índice extendido señaló a Chirris y a la mujer. Él estaba callado y distante; ella, nerviosa, exasperada.

―Su hijo no está poseído ni cosa que se le parezca. Les recomiendo rezar, pónganse en contacto con Dios. Él les dará luz.

A diferencia de Chirris, quien gracias a las palabras del cura afianzó la certeza de que el bebé era tan normal como cualquier otro, la mujer continuó librando una lucha frenética para no ahogarse como un bicho en los caldos viscosos del temor y la desesperación. Para ella había un sentido de urgencia, debido a que los ojos de su hijo le seguían ofreciendo visiones horrorosas.

En una de varias presenció una escalofriante masacre en la intersección de las calles Manantiales y Cerro del Veladero, perpetrada por un conjunto de endemoniados esbirros provistos con armas de alto poder, en contra de una horda de facinerosos que viajaba en una minivan negra, abollada y sin placas. Cien ojivas se incrustaron en el coche, inútil para dar protección a sus ocupantes, cosidos con puntadas fatales de pólvora y metal. Por órdenes del director de la agencia ministerial, la mujer se hizo cargo de las pesquisas. Como ya era costumbre, para ella no representó ningún trabajo dar con los culpables debido a que conocía los hechos al dedillo.

En algún momento fue señalada para ascender de cargo. Se desempeñaría como subdirectora operativa y debía auxiliar al director en tareas de organización, supervisión, control y evaluación de los policías ministeriales. El nuevo horizonte laboral le exigía separarse de las tareas de campo y encajarse en las de oficina, algo que vio con gran simpatía dado que sus nervios estaban rotos.

―Ocuparás el puesto tan pronto termines de investigar a Banda Ancha y Gente de Ley, narcomenudistas en pleito que mantienen asolada nuestra demarcación ―le comentó el jefe, ansioso.

―Mil gracias, señor ―contestó ella encogiendo los hombros con modestia y tendiéndole una mano.

―Nada, nada. Te lo has ganado a pulso.

La mujer salió de la oficina del mandamás con una sonrisa de satisfacción que la hacía ver distinta, exultante, fortalecida. Su logro más reciente había sido la detención de una caterva armada hasta los dientes que se apoderó de la nómina de una empresa, en la Calzada del Vergel. Observando los ojos de vidente temprano de Roger Jesús, dio fe de la ferocidad con que los malhechores ingresaron a la compañía y sometieron al personal para luego arrasar con el dinero, los dispositivos móviles, las computadoras, sin dejar de mostrar, en ningún momento, los ojos duros, helados, dispuestos a todo, de sus armas. También miró salir a los pillos corriendo con nervioso apuro y subir a un taxi falso. El coche arrancó a velocidad suicida y se perdió en el ruido del mediodía. Para la mujer no fue tarea compleja dilucidar el asunto, del que sabía más que nadie gracias a su hijo.

Los quehaceres de inteligencia que la mujer ―junto con un quinteto de policías ministeriales― inició para desarticular a Gente de Ley y Banda Ancha, comprendían recabar información relacionada con su organización y modus operandi. Esto, claro, implicaba conocer sus estructuras, procesos de producción, distribución y comercialización de drogas, los manejos del capital circulante y otros aspectos esenciales como el reclutamiento de nuevos miembros y la compra de armas destinadas a garantizar el eficaz funcionamiento y expansión de sus negocios criminales.

La mujer y sus colegas se comprometieron ante el jefe a realizar una labor callada y sigilosa. Sin olvidar eso, pusieron manos a la obra y entrevistaron a vecinos, vendedores ambulantes y repartidores, comerciantes establecidos, taxistas y choferes de microbuses, todos regularmente incorporados al narcomenudeo. A la vez, establecieron turnos, puntos de vigilancia y técnicas de abordaje para no despertar sospechas. Las pesquisas pronto arrojaron datos que les dieron cierta claridad de cómo estaban estructuradas y actuaban Banda Ancha y Gente de Ley. Fue cuando la mujer, con una mezcla de consuelo e incertidumbre, empezó a vislumbrar la detención de los transgresores y el prometido ascenso.

Alguien de quien ella obtenía informes era un vendedor de paletas de hielo. Apoyada en un muro del andador Huitzilopochtli, solía esperarlo. Seleccionó esa pared porque le era fácil camuflarse con la densidad de anuncios de ocasión y rayones laberínticos que la cubrían y porque, sin saber del todo la razón, se sentía atraída por una enigmática frase en letras negras, casi grises, diluida por la corrosión del tiempo y la intemperie: “La única piedad que podrás obtener de mí, es la muerte”. Además, la mujer intentaba asegurar su invisibilidad usando sus gafas negras y discretas combinaciones de playeras oscuras o blancas, y pantalones de mezclilla viejos.

El hombre se aproximaba a ella empujando su carrito blanco de llantas desgastadas con la actitud de los seres cuya existencia es sinónimo de una derrota definitiva. Mientras la mujer fingía seleccionar una paleta y él vendérsela, intercambiaban preguntas y respuestas. Luego el depauperado comerciante recibía de ella un sobreprecio por alguna de sus gélidas mercancías y se alejaba con el mismo paso de alma en pena, degradada, hastiada del mundo, con que se había acercado.

Una noche la mujer regresó a su departamento abrazada por el desvariado ambiente. Como no llevaba ni el cubreboca ni las gafas, sentía un picor azufroso en la garganta y los ojos, y carraspeaba y pestañeaba con frecuencia. Entró apresurada, cerró de un golpe y prendió la luz, al tiempo que dijo:

―Ya llegué.

Por toda respuesta, escuchó los lloridos de Roger Jesús. Eran fuertes y desgarraban la quietud. Chirris no estaba. Ella aspiró y espiró cual ballena que asciende a la superficie del mar para jalar aire, intuyendo que encontraría a su hijo hecho un desastre y que debía acicalarlo. Se equivocó. El bebé, metido en un mameluco de rayas verticales verdes y amarillas, como barrotes, lucía limpio. Sin embargo, despedía el desentonado vaho de la belladona. La mujer se disponía a revisarlo cuando cesó de llorar y, en un acto inesperado, le tendió las manitas. Lejos de sentirse conmovida la atravesaron rayos de terror y repulsión.

El bebé, metido en un mameluco de rayas verticales verdes y amarillas, como barrotes, lucía limpio.

―¿Qué quieres de mí, verme refundida en un siquiátrico? ―le preguntó.

El pequeño mantuvo las minúsculas extremidades en lo alto y dirigidas hacia ella, que permaneció de piedra, sintiéndose condenada a una suerte contraria al bien, la bondad o la piedad. Como el bebé comenzó a dar muestras de molestia, se resolvió a cargarlo.

―Ven acá ―le dijo en el tono más apacible del que fue capaz. En el fondo sabía que no era a él a quien pretendía apaciguar sino a sí misma.

Roger Jesús se dejó cargar y la mujer constató que estaba limpio, a pesar del desagradable olor que despedía. Descompuesta, se trasladó con el niño al reposet. Cuando iba a tomar asiento, encontró una hoja doblada por la mitad. La desplegó y vio que era una carta de Chirris. Frunció el ceño y su cuerpo se transformó en un lazo tensado. Se sentó acunando al crío en el regazo y con los ojos puestos en la letra irregular y descendente de Chirris. Por un instante tuvo la impresión de estar mirando pedruscos vesánicos caer de una colina empinada. La realidad era que se trataba de las amarguras y resentimientos de su pareja.

En tono de desencanto y encono, Chirris apuntaba alternativamente hacia ella y él mismo y enfatizaba los yerros, omisiones y desmesuras en que habían incurrido incluso desde antes de vivir juntos. A su modo de ver, esos factores, sumados a las historias familiares que les precedían, sombreadas por el desapego, la violencia y la estulticia, constituían una herencia pesada que les impedía formar un hogar armonioso y ofrecerle un futuro nítido a Roger Jesús. La mujer siguió leyendo hasta al punto final y luego, con absoluto desdén, arrojó la carta al piso. Para ese momento ya sabía que Chirris no regresaría a su lado y que, aconsejado por Meno Preciado, le disputaría la patria potestad de Roger Jesús, en caso de que ella se interpusiera entre ambos.

No tuvo tiempo de procesar sus sentimientos, toda vez que en ese instante su hijo se aferró a ella al modo de un pulpo con tentáculos tan duros y fríos como las noches más negras y la obligó a poner la mirada en él, de pronto estático y silencioso. Los puntitos grises que tanto terror le causaban a ella comenzaron a crecer en los cristalinos del bebé hasta cubrir por completo la superficie ocular y al poco fue absorbida en una realidad de averno desbordado. La mujer se encontró en mitad de la calle, junto a los otros policías ministeriales encubiertos con quienes había estado investigando a Banda Ancha y Gente de Ley. Al modo de bestias indeseables, estaban sentados, espalda con espalda, sujetos con cadenas a un tubo vertical incrustado en una acera. Un cúmulo de gente engallada, fuera de sí, les había propinado una felpa atroz y les dirigía toda clase de insultos.

La noche era un antifaz sin luna ni estrellas pero lucía viva y fúlgida debido a las antorchas, las linternas y las torretas azules y rojas de los vehículos policiales, estacionados a unos metros en forma de medio círculo, y a los intensos haces de luz que se desprendían desde una nerviosa tríada de helicópteros que sobrevolaba el área en trayectorias concéntricas, a escasa altura de sus cabezas. Las campanas de una iglesia tañían con efervescencia y entre la gente había quien empuñaba palos, cadenas, botellas, piedras, cuchillos y armas de fuego. Si algo no dejaba de hacer aquel hervidero anónimo era emitir rugidos selváticos. Su objetivo era claro: mantener a los cautivos en las líneas del pavor y ahuyentar a las fuerzas policiacas de tarea, que en una veloz acción táctica se dispersaron y con frialdad mercurial les apuntaba con armas de alto poder.

En medio del estruendo, la mujer escuchó un coro endemoniado elevar una orden: “¡Quémenlos!”. Antes de que la gasolina derramada sobre ella por un muchacho la dejara enceguecida, distinguió algunos rostros de hombres y mujeres pertenecientes a Gente de Ley y Banda Ancha ―incluido el paletero―, unidos en el propósito común de acabar con los policías ministeriales.

Fuera de lo que ya le hacía sentir Roger Jesús, la mujer podría decir que por primera vez en mucho tiempo experimentó emociones reales y concretas: indignación, rabia, desilusión, pánico. ¿Debió suponer que el trabajo de inteligencia encomendado por su jefe, en realidad era una trampa concertada con ambos grupos criminales, y cuyo fin principal era deshacerse de ella y sus colegas? ¿Fue un acto de ingenuidad soslayar que las agrupaciones delictivas harían hasta lo imposible por conservar intacto su reino, lo que implicaba cooptar a los altos mandos de la corporación ministerial, el jefe incluido? ¿Le faltó sensibilidad para captar que el ascenso propuesto era, en todo caso, un acto burla?

La mujer oteó a sus compañeros. Tenían la cabeza gacha y no registraban movimiento alguno. En ese momento un hombre añoso, con una tea en la mano, animado por la excitada muchedumbre, se aproximó a los capturados y se las arrojó. Entonces la turba calló al unísono, no por un acto de contrición sino avivada por los arlequines del morbo. Con las menguadas fuerzas que le restaban, la mujer liberó un grito angustioso y suplicante:

―¡No nos hagan daño, somos representantes de la ley y trabajamos por la paz!

Tras el alarido, ella se vio de nuevo en el reposet con Roger Jesús en brazos. La carta de Chirris yacía en el piso como una paloma exánime. Regresó al bebé a su cuna y luego fue al teléfono. Mientras miraba con sorpresa e inquietud una nueva y amplia hendidura en el departamento ―iba desde el suelo hasta el techo tras trepar por un muro y amenazaba con seguirse extendiendo―, marcó el número directo del jefe y le informó su renuncia.

―¿Por qué te vas? ―le preguntó con el altivo tono de los inquisidores.

―Vaya a otra con esa pregunta ―le contestó críptica y colgó.

Se sintió serenada, ligera. Había salvado su integridad. Pero un pestañeo y la sensación de bálsamos reconfortantes se convirtió en dolor ardiente y terror; una pira con vida propia saltó frente a sus ojos como si de un ser surgido de la maldad más pura se tratara.

―¡Por Dios, no lo hagan! ―aulló y luchó por librarse de las cadenas que la mantenían sujeta―. ¡Tengo un hijo, tengo familia!

Su voz fue ahogada por hirvientes lenguas de humo que se deslizaron serpenteantes y ponzoñosas dentro de su garganta, y los colmillos del fuego, que se clavaron en su piel y continuaron hasta alcanzar las entrañas, atónitas e inermes. La mujer no volvió a abrir los ojos ni a pronunciar palabra alguna, y se hundió en la imperceptible grieta donde suelen confluir la locura y la pesadilla. C2

Sobre el autor

Autor de diversos ensayos, que han publicado revistas como Voz de la tribu, Nueva Vía y Educa-UPN. Entre otros textos narrativos, escribió la antología de relatos cortos Minifricciones literarias X. Fue premiado en los Juegos Florales 2015, en Cuernavaca, con el cuento El libro de la libertad es nuestro. En la actualidad escribe la novela Mariposas en el espejo y estudia la maestría en Literatura, en el Colegio de Morelos.

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Autor de diversos ensayos, que han publicado revistas como Voz de la tribu, Nueva Vía y Educa-UPN. Entre otros textos narrativos, escribió la antología de relatos cortos Minifricciones...

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