A Juan Matamoros.
“Sólo diré lo que quiero decir cuando me muera. La muerte no será el momento del SILENCIO, sino el instante en que diga yo, por fin, lo que tenía que decir”
Enrique González Rojo Arthur

  

En el Año Internacional del Sonido (2020), parece que escuchamos más silencio que en otros años, lo cual hizo que se recorriera al siguiente (2021), como todo en nuestras vidas. Me llegó esto a la mente mientras pensaba en el funeral de un tío de mi esposa (quién me caía muy bien) al cual no pudimos asistir por cuestiones de cuarentena. Estaba en mi sala a las 3 de la mañana recordándolo. A esa hora hay más tranquilidad comparada con otros momentos del día. Pero pensé en todos los velorios, que se intentan caracterizar por el silencio solemne, apenas interrumpidos por murmullos, tazas de café, plegarias y algunos llantos. Un llanto en el silencio resuena para siempre en la memoria, se oye más fuerte que el aullido de un lobo en un bosque de noche. ¿Cómo se siente el silencio? ¿En verdad lo conocemos? ¿Lo hemos experimentado?

¿Cómo se siente el silencio? ¿En verdad lo conocemos? ¿Lo hemos experimentado?

La RAE (Real Academia Española) define el silencio como falta de ruido; abstención de hablar; falta u omisión de algo por escrito; toque militar que ordena a la tropa el silencio para finalizar la jornada; pausa musical; omisión. Y desde su definición vemos su fuerza poética. Aquí algunos ejemplos también encontrados en la RAE: el silencio de los bosques, de la noche, del claustro; el silencio de los historiadores, el silencio de la ley. Es interesante resaltar que el silencio viene de dos palabras según su etimología: taceo y sileo (Fontaine, 2012) y éstas referían a personas y objetos inanimados, como el mar, el viento.  El diccionario de Terreros (1786), resume las anteriores definiciones al decir que “el silencio es algo relativo opuesto al ruido, bulla, grito, tumulto y habla”. Como vemos, siempre en oposición al sonido.

Pensé en el tío Juan. Ahora está en silencio. Por lo tanto sí se había interrumpido su habla y también había llegado una especie de toque que marcaba el final de su jornada. El silencio es imposible de representar con palabras, cualquier palabra que quiera simbolizarlo sería contradictoria a su esencia, oral o escrita. Me dieron ganas de escuchar música que estuviera a la par de mi estado de ánimo, música triste, que ayudara a silenciar todos los demás ruidos, porque aunque a las tres de la mañana no se escucha tanto movimiento, siempre hay gatos que pelean, ladridos, maullidos, el sonido de pesados camiones que pasan por las avenidas más cercanas, algunos grillos. Me puse mis audífonos (que se supone ayudan a aislar el ruido). Quizá la música nos pueda aportar algo diferente, ya que si el silencio es lo opuesto al sonido, debemos escuchar lo que tiene que decir. La música también tiene su propio silencio y muchas representaciones distintas del mismo. En cada pausa seguimos oyendo el ruido que nos rodea, a veces que las notas reverberan, un sonido que, como las memorias, permanece después de que ha cesado. Esto me llevó a la obra “4:33” de John Cage, que son 4 minutos con 33 segundos de silencio, pero es un silencio subjetivo en el que cada audiencia (y se podría decir que cada individuo) escucha algo distinto. Con eso juega John Cage, con la mentira del silencio; escuchar esa obra es impresionante ya que todo el público y el ambiente se convierten en intérpretes, el silencio del que formamos parte es la música de esa obra y como una huella dactilar es única: murmullos, tos, fricción de la ropa, voces, nunca iguales. En un velorio sucede algo similar, el silencio va más allá de lo que podríamos decir, es un silencio que se vive entre varias personas pero que cada quien siente a niveles distintos de profundidad, y cada pérdida se acumula y se convierte en un silencio continuo, un velorio es todos los velorios.

Cuántos silencios experimentamos, la ley del hielo, que es un castigo social muy utilizado entre niños y en los medios de comunicación. El silencio que hacemos cuando ignoramos algo, el silencio de pena y vergüenza, el silencio de la sorpresa y la boca abierta, el silencio del miedo y no te muevas porque nos van a escuchar, el silencio de la meditación, el silencio que hacemos cuando descubren una mentira, el silencio cuando escuchamos conversaciones ajenas.

Cuántos silencios experimentamos, la ley del hielo, que es un castigo social muy utilizado entre niños y en los medios de comunicación.

También me recordó a las personas que les hemos dejado de hablar, quienes después de algún tiempo y sin importar su historia simplemente dejan de existir para nosotros; el silencio que hay entre parejas que dejaron de amarse, el silencio de los familiares que llevan quince años sin dirigirse la palabra. El silencio que está en nosotros: lo que callamos, lo que dejamos de decir, lo que no escuchamos. El silencio que está después de todo lo que decimos y por más que hablemos jamás diremos todo y siempre habrá algo que no dijimos, que no se dijo, que nadie oyó.

Han existido intentos por presenciar el verdadero silencio, por eso se han construido cámaras anecoicas dónde no entra sonido ni hay eco, sin embargo las personas después de un tiempo dentro de ese lugar escuchan a su propio cuerpo: el corazón, la respiración, la saliva que pasa, sus propios movimientos, y si esto no fuera suficiente, alucinaciones sonoras. Las personas sordas siguen percibiendo sonido, ya sea con ruidos mayores a 100 dB o por medio de las vibraciones. Los mismos astronautas no pueden dejar de escuchar pese a que en el espacio exterior no hay forma de que el sonido se conduzca.

A pesar de que el silencio es más grande que todos nosotros, que todo lo que conocemos (sólo imaginemos que la oscuridad que vemos en el firmamento de noche es puro e infinito silencio), aún así no lo podemos experimentar. El silencio no es lo opuesto al ruido, es al revés: el ruido es la interrupción del silencio, de esa vasta mayoría de nada que nos rodea, que está antes de nuestro nacimiento y después de nuestras últimas palabras. El silencio, para nosotros, es ruido, un ruido de fondo. Todo silencio tiene un sonido, sólo que no siempre lo podemos escuchar, pero está ahí, atrás de todo, como la muerte y sólo con la muerte lo podremos experimentar.

Un minuto de silencio para nuestro tío Juan.

Bibliografía

 

Sobre el autor

UACM del Valle

Deja un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *