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A pesar del maltrato que le dio la crítica especializada, desde que se publicó, El libro de Manuel ha sido una de mis novelas favoritas de Cortázar, porque siempre me ha parecido que en ella el autor argentino lleva la experimentación hasta sus últimas consecuencias.

Cuando era estudiante de Letras y leí el libro por primera vez, escuché a mis maestros renegar y renegar de la novela: que si más bien era un panfleto; que  no se comprendía si no se tenía conocimiento general del contexto (las dictaduras latinoamericanas y el terrorismo en el resto del mundo), que si los personajes eran estereotipos y el lenguaje rebuscado.  A mí, a pesar de escuchar las voces de las miradas más experimentadas, me pareció súper divertida, profunda, comprometida y, como todo texto cortazariano, juguetón y bien escrito.

En El libro de Manuel, Cortázar hace una crítica muy puntual sobre las dictaduras y la Guerra sucia en América Latina, sin dejar a un lado su peculiar interés por el lenguaje y la imbricación de diversos tipos textuales, tanto en el fondo como en la forma. Es una novela que, en efecto, exige al lector tener un bagaje sociohistórico y cultural que le permita reconocer los intertextos; sin embargo, la narración y los diálogos son tan dinámicos que nos involucran en un alud de sentimientos y reflexiones sobre las condiciones sociales que se vivieron en nuestro continente al final de los años sesenta. De hecho, el autor asegura que es tan experimental que en ella utiliza recursos de sus novelas más ambiciosas, como Rayuela, Los premios o 62, modelo para armar. Para la mayoría de los críticos, estos recursos no son sino una manera desafortunada de mezclar la ficción con la política, como lo señala Juan Villoro en el prólogo a Corrección de pruebas en alta Provenza, el libro-apunte que Cortázar entregó paralelamente a la revisión de las pruebas de galera de El libro de Manuel.

Debo confesar que apenas tuve la oportunidad de leer este texto, publicado en Barcelona hasta 2012,  me resultó revelador el hecho de que la mirada más crítica y profunda sobre la validez literaria de El libro de Manuel haya partido de su mismo autor, lo que me lleva a sospechar que ese rechazo generalizado de la crítica hacia el valor literario de la novela fue impulsado, originalmente, por el propio Cortázar.

Al inicio del prólogo, Juan Villoro asegura que lo único que vale la pena de la novela de Cortázar es precisamente la redacción del texto derivado de la corrección de pruebas de galera, pues queda claro que la apuesta en la experimentación sobre el lenguaje, los planos narrativos y la conciencia política si bien resulta valiente, sincera y arriesgada, también “las buenas intenciones del autor [lo] conducen a un callejón equivocado. La ética y la estética sufrieron con el experimento.” (8).

A lo largo de Corrección de pruebas en alta Provenza, el autor se somete a un escrutinio de conciencia sobre el lenguaje y en torno a los escenarios donde ubica a sus personajes, pero sobre todo se cuestiona el nivel de compromiso ideológico y político que lo llevó a permear la historia de las rebeliones frente a las dictaduras de América Latina, en una especie de carta de muy largo aliento para Manuel, un bebé que, como hijo de revolucionarios, algún día debería conocer la historia de su país de primera mano. Cortázar pretende, entonces, en El libro de Manuel, contarle el mundo desde esa perspectiva; aunque, en su bitácora, se cuestione constantemente, en un diálogo establecido consigo mismo, la validez literaria de su testimonio.

Resulta muy interesante al leer Corrección de pruebas… la manera en que el lector se convierte en una especie de voyerista que espía en la intimidad de lo cotidiano al autor mientras relee su creación. Además, este acompañamiento se hace a través de un viaje literal y metafórico: en realidad, las reflexiones de Cortázar se suscitan en medio de una travesía que decide emprender fuera de su hogar. Al inicio, nos confiesa que le cuesta mucho trabajo concentrarse, quizás por su edad, y que prefiere la carretera, y parajes desconocidos para leer y escribir. Así, vemos cómo se sube a su camioneta Volkswagen, cuya inicial F (por estar en Francia) lo lleva a nombrarla Fafner, en homenaje al dragón que cuida el tesoro de los nibelungos, y emprende un viaje plagado de reminiscencias dentro de las que nos explica, por ejemplo, su eterna fijación por cambiar el nombre a las cosas y las personas que le son significativas.

A lo largo de su trayecto, el autor confiesa que su intención, al realizar esta especie de diario de corrección de pruebas, obedece a una serie de preguntas sobre la legitimidad y vigencia de su libro, pues le parecía tan específico en cuanto a su marco sociohistórico que podría, luego de dos años de haberlo escrito, perder vigencia. Asimismo, sospecha que, al contrario de los buenos vinos, su añejamiento resultaría críptico y quizás sólo válido para lectores literarios.

Más allá de mi predilección por esta novela de Cortázar, tener la oportunidad de leer Corrección de pruebas… es relevante por el  nivel de conciencia que evidencia el autor hacia su propia escritura y me lleva a inferir que, quizás, los argumentos que él expone sobre su anacronismo y, hasta cierto punto, su nivel de propaganda, hayan dado origen a las posturas de otros críticos hacia El libro de Manuel. Me parece, asimismo, que el autor de Rayuela se proyecta como un hombre profundamente comprometido con las causas sociales cuando asegura que prefiere un “Manuel feo y vivo que un Manuel hermoso y muerto”, en alusión a que es mayor el compromiso ideológico que su búsqueda estética.

La novela es una especie de compendio de estrategias que ya había utilizado previamente en otros textos narrativos…

Durante el viaje, y en medio de un diluvio que lo amenaza con arrastrarlo por las aguas del Ródano, el autor confiesa que su novela más experimental le dio un espacio para burlarse de sí mismo con la presencia de ‘el que te dije’, alter ego del escritor que se involucra en situaciones ideológicas extremas. Además, detalla que la novela es una especie de compendio de estrategias que ya había utilizado previamente en otros textos narrativos y que seguramente no sería bien recibida por la crítica; es decir, su autoconsciencia para la escritura es iluminada y aguda.

Acompañada de divertidas y reveladoras digresiones sobre otros temas que siempre llamaron la atención del autor, como el box, o las representaciones sociales de la pragmática lingüística, o incluso sobre la labor de los linotipistas que trabajaron en la maquetación de su libro, podemos cavilar acerca de las situaciones sociales que se suscitaron en el marco de las olimpiadas de Munich y donde Cortázar nos lleva a reconocer que el mundo no se divide de forma maniquea sólo en opresores y oprimidos.

Como señala Villoro en las palabras que presentan el texto, el autor de Corrección de pruebas… “es como un fugitivo voluntario en la marea de la historia” y, con una metáfora muy ilustrativa, asegura que el resultado de este texto escrito por Cortázar es como la ilustre narración de un naufragio donde, por más terrible que haya sido la experiencia, queda el deleite de poder contarlo pues “lo esencial ha quedado a salvo”. Para Villoro, esta bitácora de corrección es, finalmente, la obra maestra que permanece luego de la experimentación con El libro de Manuel y la tabla que lo salva para llegar vivo a buen puerto. C2

Sobre el autor

Se doctoró en Estudios de la cultura, por la Universidad Autónoma de Nuevo León, donde también obtuvo el grado de maestra en Lengua y Literatura Hispánicas. Se desempeña como profesora e investigadora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL y en el Tecnológico de Monterrey. Es autora de un libro de cuentos: Historias para leer en lunes (2010).

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