“Sentado encima de una tabla, girando los ojos, escuchaba las divagaciones de Zenón que galopaba de los átomos de Epicuro a la duplicación del cubo, y de la naturaleza del oro a la estupidez de las pruebas de la existencia de Dios.”
Opus Nigrum, Marguerite Yourcenar

 

Si hay un elemento de la Tabla Periódica cuya belleza y resplandor natural haya seducido y anhelado el hombre, sin duda alguna, es el oro. Pero, ¿en qué radica su peculiar encanto?, ¿de dónde proviene este enigmático elemento que con tal de poseerlo, ha provocado numerosos conflictos sangrientos?

Su nombre proviene del latín aurum (brillante amanecer), que da origen a su símbolo Au. Está colocado en el grupo 11 de la Tabla Periódica, conocido como el de los metales nobles. Y desde aquí empieza lo interesante de su identidad: si echamos una ojeada a sus vecinos circundantes, notamos que el oro se diferencia de ellos (excepto del cobre) porque su color no es plateado. ¿Cuál es la razón? Primero que nada, el brillo y el color de un metal están dados por la facilidad de reflejar la luz que incide en él y por el comportamiento de sus electrones. Escudriñando al grupo 11, vemos que primero está el cobre (con número atómico Z=29), le sigue la plata (47), y luego el oro (79). Sabemos que al aumentar el número de protones (Z), se incrementa igualmente el número de electrones, los cuáles van acomodándose en las órbitas alrededor del núcleo obedeciendo las elegantes reglas de la mecánica cuántica. Una característica de los metales, es que la órbita más externa del átomo no queda totalmente llena de electrones, por lo que éstos pueden vagar libremente de un átomo a otro, creando una nube electrónica deslocalizada. El núcleo del átomo de oro es tan grande que hasta los electrones más externos sienten una intensa atracción electrostática hacia él, con mayor razón los que están más cerca. Para evitar ser arrastrados por éste, se mueven a velocidades cercanas a las de la luz. De acuerdo con la teoría especial de la relatividad, cuando esto ocurre, la masa del objeto aumenta y su longitud se contrae, es decir, la órbita del electrón se hace más pequeña. En el caso del oro, este cambio de tamaño hace que al incidir la luz sobre él se absorba solo la de color azul, que es justo la que coincide con el espacio entre las órbitas modificadas, reflejándose el color complementario, el amarillo. Esto no ocurre con la plata (que tiene menos protones y por ello no tiene tan marcado el efecto relativista). En ésta, todos los colores absorbidos son igualmente re-emitidos, sin una preferencia específica.

El oro (con número de masa 197), es casi 20 veces más denso que el agua, esto es, un metro cúbico pesa casi ¡20 toneladas! Posee 37 radioisótopos, siendo el de número de masa 198 el que se ha aplicado en investigación y tratamientos de cáncer. Como es un metal de transición, prácticamente es estable, y no reacciona con otro elemento.

Un entierro en Varna, Bulgaria, con algunas de las joyas de oro más antiguas del mundo. Foto de: I, Yelkrokoyade, CC BY-SA 3.0.

El oro fue encontrado puro en estado natural, por lo que no es de extrañar que haya sido de los primeros metales utilizados por el hombre, ya que no requería condiciones de refinamiento. Los registros más antiguos señalan trabajos con oro en la región de los Balcanes, aproximadamente en el 4000 a.C.

El oro se caracteriza por ser el más dúctil y maleable de los metales, tanto, que una onza (31.1 g) se puede deformar y alargar en un hilo de hasta unos 80 kilómetros de longitud, con la finura de una décima parte del grosor promedio de un cabello. También se puede extender formando una lámina casi transparente de unos 30 metros cuadrados. Ahora es más claro el porqué ha sido tan codiciado para fabricar joyas y ornamentos, y para embellecer finamente textos medievales y pinturas bizantinas. Sin embargo, no es tan sencillo trabajarlo, pues tiene la peculiaridad de ser muy blando, así que para darle dureza, se suele combinar con otros metales, generalmente plata, cobre y níquel. Con ello, su brillante color amarillo va adquiriendo otras tonalidades, dependiendo de las proporciones de los metales participantes en cada aleación.

Estos atributos aún no explican el apetito del hombre por poseer este metal. Hay que mencionar que, a pesar de ser un muy buen conductor del calor y la electricidad (de ahí su gran uso en componentes electrónicos), el oro es renuente a perder sus electrones y combinarse con el oxígeno, por lo que difícilmente se oxida o corroe. Esto hace posible que una pieza elaborada hace miles de años, siga resplandeciendo sin alterarse con el paso del tiempo, y explica el porqué en múltiples culturas se usó como un símbolo de inmortalidad, devoción y poder. En el antiguo Egipto, por ejemplo, este metal simbolizaba la carne del dios Ra (dios del Sol); de ahí que una costumbre espiritual era recubrir con oro a los faraones para lograr su renacimiento. Muestra de ello es la impresionante tumba del faraón Tutankhamon (hacia 1300 a.C.), la cual está compuesta de varios sarcófagos de oro grabado, colocados uno dentro de otro, y que llega a pesar más de 1.5 toneladas. Precisamente, por ser un material no perecedero, se usó como patrón monetario hasta la Primera Guerra Mundial, y fue Inglaterra el primer país en darle esta función, impulsada por el célebre físico Isaac Newton, director de la Real Casa de la Moneda.

Los tres sarcófagos dorados en los que fue enterrado el rey Tutankhamon. Foto de: Ancient Origins

 

A todo lo anterior hay que agregar que aunque el oro se encuentra distribuido por todo el mundo, su poca abundancia en la Tierra y la dificultad para acceder a él, han avivado el apetito del hombre para poseerlo. Si tenemos mucha suerte, lo encontraremos en forma de pepitas, en vetas de cuarzo o en depósitos de aluviones secundarios. Esto nos da una idea de lo complejo y costoso que resulta su extracción, pues para obtener tan solo 1 g de oro se necesitan lixiviar aproximadamente 1.8 toneladas de mineral. Y aunque no lo creamos, cuando estamos flotando plácidamente en el mar, nos encontramos embebidos en un ambiente con oro. Para nuestra desgracia, las concentraciones son extremadamente bajas (unas 10 partes de oro por billón de agua), habiendo en el fondo marino una mayor concentración. Por esta razón, la extracción en el mar no es un proceso que se lleve a cabo actualmente, pero sí su extracción en la tierra.

Si tenemos mucha suerte, lo encontraremos en forma de pepitas, en vetas de cuarzo o en depósitos de aluviones secundarios.

 

Colgantes de oro en forma de cabezas. Arte mixteca o azteca, 1400-1515, Museo Metropolitano de Arte. Foto de: Sailko

Con todo esto, es lógico que el valor de este metal sea alto, y la ambición del hombre también, pues con tal de apoderarse de la mayor cantidad de oro, ha provocado un sinnúmero de saqueos, crímenes y guerras. Una inmensa euforia invadió a los conquistadores españoles al llegar al Nuevo Mundo y advertir que más que haber descubierto un nuevo continente, desembarcaban en un paraíso en el que podían saquear y extraer de él la mayor riqueza posible. Ello quedó registrado por los cronistas: “Moctezuma descendió de su litera verde, elaboradamente adornada con joyas de oro, encaje fino y plumas, y otras cosas por las que la civilización azteca es renombrada”.

Pero, ¿y cuál es el origen del oro? Este es uno de los enigmas que más ha intrigado a la humanidad. Aunque pueda sonar a ciencia ficción, el oro, como otros elementos pesados, es un metal extraterrestre. Existen diversas teorías acerca de su origen en la Tierra que han dado lugar a un debate científico. Una de las explicaciones sostiene que el oro cayó del cielo al producirse en condiciones muy extremas dentro de núcleos de supernovas. Éstas pueden ser estrellas masivas que ya no son capaces de seguir produciendo reacciones termonucleares en su núcleo y entonces colapsan violentamente, ocurriendo una fusión nuclear y luego, una explosión en donde el material, incluyendo los elementos pesados como el oro, salen expulsados fuertemente hacia el espacio cósmico. Por otro lado, recientemente se anunció la primera observación de la colisión de dos estrellas de neutrones, que en los años 70 se especuló como otra posibilidad del origen del oro y otros elementos pesados.

Como vemos, todas estas características peculiares explican el poder de seducción que ha tenido este elemento para la humanidad, y con mayor certidumbre podemos reafirmar el popular dicho: “No todo lo que brilla es oro”. C2

Sobre el autor

Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel 2. Investigador titular en | Website

Se doctoró en la Universidad de Guanajuato y actualmente es investigadora de tiempo completo en la Unidad Monterrey del Cinvestav. Sus líneas de investigación contemplan el estudio de hidratación/deshidratación de biomoléculas y bacterias, así como efectos de luz visible en células. Es nivel II del SNI.

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Se doctoró en la Universidad de Guanajuato y actualmente es investigadora de tiempo completo en la Unidad Monterrey del Cinvestav. Sus líneas de investigación contemplan el estudio de...

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