“Solía pensar que entre toda esta multitud, a medio día,
del Bulevar Raspail, no, de Montparnasse,
de entre todos estos hombres y mujeres
que salen del metro y suben las escaleras,
él aparecería…”

Elena Poniatowsa, Querido Diego…

Quiela querida, te preguntarás, con justa razón y tal vez con coraje, por qué no me he brindado a escribirte durante tanto tiempo. Voy a poner un poco de ungüento sobre tus heridas. No es por ninguna de las razones que estuviste paseando a lo largo de los años. No he dejado de pensar un solo día en tu piel diáfana, como un velo a través del cual podía ver el mundo, ni en el pálido turquesa de tus ojos que no he vuelto a encontrar en otro par de pupilas en éste o cualquier otro pedazo de tierra. Te ruego que con toda la bondad y ternura que tienes en ese corazón enorme tuyo, no interpretes mi silencio de todos estos años como la muerte del gran amor que nos tuvimos. Mis días en París, a tu lado, si bien estuvieron constantemente acechados por los perros del hambre y la pobreza, los zopilotes de la guerra y la pesada sombra de elefante que es la muerte y que todo lo cubre, ten por seguro, guárdalo bien entre las costillas, que por más que detestara Europa y sus cielos grises, su gente pálida y atablada, tú siempre fuiste mis cielos azules, como tus ojos, mi pequeño y frágil paraíso en medio del infierno, y tener que dejarte ahí estuvo a punto de matarme. Mis primeros meses en México no fueron sencillos, tus cartas me lastimaban, cada letra, cada palabra cargada de tu cariño me recordaba el mal hombre que soy. Pero quiero que entiendas mis motivos para alejarme de ti, no para justificar mis acciones, sino para que tu dolor pueda cicatrizar.

Tu vida no perdió sentido cuando murió nuestro Chatito, sino cuando te encadenaste a mí.

Después de sepultar a Dieguito bajo la nieve y el lodo, hice lo mejor que pude para continuar fuerte e intocable, como te gustaba verme. Poco a poco tuve que ver cómo te apagabas, cómo dedicabas tu tiempo entero a cuidarme y complacerme. Tu vida no perdió sentido cuando murió nuestro Chatito, sino cuando te encadenaste a mí. Cómo podía amarte si no estabas, si no eras más que una sombra de aquella mujer que conocí en La Rotonda. Dejaste de pintar, dejaste de soñar y al amarrarte a mí, dejaste también de amarme.

Cuando me enteré que venías a México sentí que el corazón se me estrujaba, después de tanto tiempo sin recibir más tus cartas, pensé que finalmente me habías olvidado. Sé que andas diciendo que no me vienes a buscar, ojalá que sea cierto, dulce Angelina, de lo contrario todo mi esfuerzo para verte libre habrá sido en vano. Tú eres mi azulejo, ¿recuerdas?, no soy para ti más que una jaula. Regresa por favor a los horarios maniacos de cuatro horas para el sueño, dos para la comida y dieciocho para el lienzo. Es ahí a donde perteneces, Quiela. Nada me haría más feliz que verte convertida en la gran pintora que siempre has podido ser, y no sólo una promesa. Dedícate, entrégate al único amor que personas como tú y yo necesitamos.

Me pides que te cuente sobre ella, pero no hay nada que pueda decir que tú no conozcas ya.

Me pides que te cuente sobre ella, pero no hay nada que pueda decir que tú no conozcas ya. Apareció su rostro entre la gente y la reconocí, tiene tu mismo porte, con ese caminar apresurado, tus mismas manos delicadas cubiertas de la misma carne prístina, virgen al sol. Las cosas que dice, el tono profundo y relajante de su voz, los aspavientos, sus labios atoronjados, la punta redonda de la nariz, la forma en que sonríe, el cabello que tiende a rizarse con la humedad del viento, sus piernas cortas a las que parece les diera forma el torno de la cerámica…si no fuera por el café oscuro de las pupilas y la fluidez con la que habla el español, no habría manera de distinguirlas. A veces, cuando es de noche y terminamos de pintar, nos entregamos a las pasiones. Con las manos todavía llenas de color trazamos líneas sobre el lienzo de nuestros cuerpos desnudos y una vez rendidos sobre el suelo del estudio me levanto y camino hasta el balcón con el torso expuesto y enciendo un cigarro. Afuera, con el aire helado de la noche en la ciudad me siento otra vez en París, cierro los ojos y pido porque pase algo que me deje ciego de repente para poder estar contigo.

Todos los días, sin descanso, te amo.

Diego.

 

Posdata: Recibí con alegría tus grabados. El día que dejes de pintar, todas las luces del mundo se apagarán.

Septiembre 12, 19…

 

 


beloff
Un par de notas acerca del texto:

Octubre de 1921. Angelina Beloff, pintora rusa exiliada en París, envía una carta tras otra a su amado Diego Rivera, su compañero desde hace diez años, que la ha dejado abandonada y se ha marchado a México sin ella. Angelina, a quien Diego se dirige con el diminutivo de Quiela, fue la primera esposa del muralista mexicano y una excelente pintora, eclipsada por el genio de su marido. Su relación, marcada por la pobreza y por la tiranía de Rivera, fue tormentosa, y la adoración de Quiela, incondicional. Brutal, ególatra, irresistible, Rivera se nos dibuja como un monstruo que hace su voluntad en el arte y el amor. «Ella me dio todo lo que una mujer puede dar a un hombre», diría Rivera. «En cambio, recibió de mí todo el dolor en el corazón y la miseria que un hombre puede causarle a una mujer.»[1]

 

Sobre el autor

Universidad Autónoma del Estado de Morelos

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