Reflexion-ciencia-moral-C2
Foto de Anna Shvets

 

El título de esta reflexión contiene dos palabras que despiertan caudales de pensamientos por sí solas: moral y ciencia.

La primera invita a pensar sobre la forma de conducir la conducta personal, cómo dirigir el comportamiento cotidiano y el profesional, a buscar las mejores opciones en la vida, y también dicta las relaciones sociales en aras de una sociedad más justa, equitativa o edificante. Qué determina estos códigos, cómo se establecieron esas normas, quién vigila su cumplimiento y de dónde vinieron los preceptos morales, son preguntas frecuentes y con respuestas que cubren un amplio espectro. Es innegable la necesidad de contar con un código moral que establezca los comportamientos aceptables para proteger a la sociedad y a sus miembros en lo individual.

La segunda palabra lleva a preguntarse de qué están hechas las cosas, cómo nos llega una señal de radio, qué hay más allá de nuestro sistema solar, o qué puede dar pie al comportamiento de las hormigas, así como invita a imaginar a un hoyo negro o a un virus. Se piensa en el efecto que ha tenido sobre una gran parte de la población, aunque no sea consciente de ello, y adquiere un halo de intimidación, porque abarca desde lo ínfimo a lo infinito y sugiere la incapacidad de entenderlo todo; lo que tampoco los científicos logran. Hay descubrimientos y aportaciones que ya no se ponen en duda porque son evidentes, aunque no todos lo entiendan.

No se acostumbra a meditar sobre la congruencia entre estos grandes temas o entre los supuestos de cada uno. Con frecuencia, se cree que la religión es la fuente de la moral o que son indisolubles y que la ciencia complementa a la religión, y que no hay conflicto alguno entre ellas, en tanto que abordan magisterios diferentes. También, que la moral es ajena a la ciencia, en contraste con propuestas en contrario, que proponen a la moral como un tema de la ciencia. Ninguna de estas percepciones está libre de debate, que es apasionado, intenso, y pleno de las consideraciones más banales o profundas, y que se desprenden del punto de partida intelectual de cada uno, lo que no significa que sea completamente relativo. Prejuicios, argumentos sutiles, creencias vacías, evidencias abrumadoras, y supuestos falsos, entre otros elementos, forman parte del análisis que a veces se hace al respecto.

Con frecuencia, se cree que la religión es la fuente de la moral o que son indisolubles y que la ciencia complementa a la religión

Contrastan distintas visiones con las nociones de relatividad cultural de una corriente de pensamiento -destacadamente en algunos nichos de la sociología y medios académicos de las humanidades- (Latour, 1987). Poco han aportado estos enfoques, a pesar de que es clara la dependencia de preceptos morales en la cultura y creencias de grupos humanos, pero desde luego ni en todos, ni en forma total. Menos aun cuando se defiende la violación de los derechos más elementales en aras de proteger la tradición de un pueblo o las creencias de un grupo humano.

Este texto, escrito desde la ciencia, es una invitación a reflexionar sobre ciertas facetas de nuestras acciones cotidianas -la moral- y a despertar el interés por revisar las visiones que cada uno tiene. Para esto, es necesario establecer el origen de la moral y el contexto de su desarrollo en distintas culturas y tiempos, además de poner en relieve el hecho evidente de que se trata del comportamiento de los humanos, una especie animal, supeditada a su entorno natural y fruto directo del proceso evolutivo, compartiendo muchas facetas con otras especies.

 

Moral

Aquí no se hará distinción entre ética y moral, palabras que en la práctica son intercambiables, pero es conveniente precisar que, si la perspectiva es filosófica se alude a la ética, y la moral toca a la práctica y al enunciado de las normas de conducta.

Uno puede especular con base en los descubrimientos arqueológicos, remontando al pasado prehistórico, que los primeros grupos del género Homo, hace más de 1,000,000 años, se tenían que organizar para protegerse, recolectar, cazar, cuidar el fuego y guiarse en un entorno hostil; se han encontrado vestigios de lo anterior por la presencia de herramientas y armas. Hará unos 300,000 años, sin que hubiera una lengua que mediara entre ellos, pero sí comunicación, se hallaban seguramente dispersos y ajenos unos grupos de otros. Lo que seguramente ocurrió fue el desarrollo de códigos de conducta y de comunicación preverbal que permitieron hacer más eficiente y eficaz la vida colectiva. Se establecieron responsabilidades, transmitidas oralmente, para las acciones sustantivas y se fue construyendo, paulatinamente, un cuerpo de normas, reglas no escritas, conductas morales que facilitaron la armonía en la actividad cotidiana y operación social; desde la antropología, se confirman ciertas virtudes prevalecientes en todas las culturas, que incluyen la justicia, la bondad, y la solidaridad (Harari, 2014).

desde la antropología, se confirman ciertas virtudes prevalecientes en todas las culturas, que incluyen la justicia, la bondad, y la solidaridad (Harari, 2014).

Cabe apuntar que una parte central fue preestablecida por las grandes culturas de la antigüedad, como Mesopotamia, y las remotas culturas en Egipto, la India y China, y éstas a su vez en las que las antecedieron en cientos si no es que miles de años y de las que contamos tan sólo con vestigios arqueológicos. Es decir, los primeros registros de códigos y leyes, sólo pudieron ser consecuencia de civilizaciones previas y culturas de milenios atrás; son las heredadas de los egipcios hace 5,000 años y posteriormente de los sumerios y los babilonios. Hammurabi, en la Babilonia el año 1760 aea (antes de la era actual), formula el primer código, que lleva su nombre. 500 años después aparece la ley mosaica, y -medio milenio más tarde- la aportación griega en la Atenas clásica.

 

Ciencia

El proyecto de hacer el entorno comprensible y, en última instancia predecible, sobre la base de la evidencia, la razón, y el consenso, es el propósito central de la ciencia. Así, no es congruente con las creencias que aceptan la suspensión temporal de ese comportamiento regular y demostrable de la naturaleza, los milagros. No es preciso aceptar premisa alguna para compartir lo que hoy se llama conocimiento científico; hay un mundo real que nos envuelve e incluye. No es un conjunto de creencias diferentes o una “nueva religión”; sus resultados son temporales, es decir, siempre están sujetos a ser modificados ante nueva evidencia o datos más precisos, pero claramente no son fruto de la cultura o el momento social, como afirman quienes la desconocen o no la entienden. La presunción de que hay un mundo material en el que estamos inmersos, supone que su existencia es independiente de la consciencia que de él poseemos. Las objeciones del relativismo cultural que permean parte de la filosofía y la sociología contemporáneas son ignoradas por quienes hacen ciencia, cuyo éxito es evidente por el cambio en la sociedad en todos sus aspectos, de los domésticos a los de largo aliento.

La ciencia, particularmente la natural, trae a la mente toda clase de preguntas sobre nuestro derredor; ¿hay algo más pequeño que el núcleo atómico, o algo más grande que el universo que vemos en una noche constelada? A la vez, cimbra de manera sólida lo que ya sabemos y no va a cambiar; el Sol es un objeto en torno al cual la Tierra se mueve, los rayos X penetran muchas cosas y permiten fotografiar nuestros huesos, se pueden trasplantar un corazón o un hígado, y volar a cualquier parte o navegar a cualquier puerto. Y muchas más certezas.

 

Vínculos y confrontaciones

No es común explorar o pensar en la relación entre los ámbitos de la ciencia y la moral. Lo que sigue ofrece argumentos para confirmar que hay esos vínculos entre está última y las ciencias, tanto naturales como sociales.

Un primer punto es que no hay principios morales universales como reclaman varias religiones, o como lo postulara Emmanuel Kant (1724-1804) al final del Siglo de las Luces con su propuesta del Imperativo Categórico. Ciertamente la historia confirma esta afirmación en tanto que es clara la falta de un denominador común en distintas culturas y las civilizaciones que forman la cuna del concierto global contemporáneo. Lo que puede decirse sin ambages es que hoy en día se va generando un consenso en torno a nociones sobre lo que toda cultura debiera aceptar como necesario para una vida comunitaria estimulante, justa, segura, y equitativa.

 

El argumento religioso

Una argumentación socorrida es que la moral tiene como fuente a la religión y casi todas reclaman que los principios morales están establecidos por la o las deidades en turno, mismas que fueron dictadas a los autores, siempre múltiples, de una época lejana.

El fenómeno religioso no posee ningún carácter universal, toda vez que hay cientos de religiones con deidades diversas. Hoy en día, sólo el 62% de la población mundial se declara creyente, de acuerdo con un estudio de Gallop-International de 2015. De este grupo, las dos principales religiones monoteístas, la cristiana (con más de 35,000 denominaciones registradas) tiene el 32% y la musulmana (chiita y sunnita), tiene el 20% y se estima que en 50 años será la de mayor número de adeptos. Las diferencias son no-triviales entre ellas, hasta en la misma noción de su dios, que supuestamente es el mismo; la hindú (14%) y la budista (5%) tienen varias deidades. Hay unos miles de religiones registradas, y algunas contienen creencias sorprendentes. Citando a Bertrand Russell (1872-1970) al respecto, decía que “aun con la certeza de que alguna de las religiones fuera la correcta, con el solo número de ofertas de fe que se hallan en conflicto entre sí, todo creyente debe saberse condenado, por simple probabilidad”. Hoy se ha registrado que en la población mundial, el 22% se declara como no religioso y el 11% como ateo convencido; proporción, ésta, que crece más que la de cualquier religión.

Foto de Artem Beliaikin

 

Aceptando que la ética (filosofía moral) atiende a los principios y conceptos que conforman un código de comportamiento de las personas, difícilmente puede justificarse que se sostiene sobre principios inamovibles y universales, y menos aún, de alguna religión, si bien (casi) todas tienen sus propuestas; las religiones judía, cristiana e islam, proponen que la fuente central de ese código emerge de los mandamientos o decálogo, cuyo texto e interpretación es tan variado como su contenido, con múltiples aportaciones de los exégetas de cada credo; unida a esta guía mosaica, hay un acervo de textos, antiguos y contrastantes, ingenuos y contradictorios, conocidos como el Antiguo Testamento. Textos de judíos, hindúes, musulmanes y cristianos, junto con las religiones regionales o folclóricas, han aportado preceptos morales aberrantes a través de la historia.

Además de los primeros mandamientos (la numeración depende de la versión que se consulte), que reclaman para la deidad la unicidad, lealtad, fidelidad e irrestricto respeto, y uno que exige honrar a padre y madre, los otros tienen un carácter de prohibición, asociados a no matar, robar, mentir y desear bienes del vecino, incluida la mujer (sic). Al margen de los que atienden a la fe y que no corresponden a ningún aspecto moral, los demás parecen tener un carácter absoluto y no dan cabida a las excepciones, las que -paradójicamente- siempre se observan en los textos sagrados, dando relatividad a la “palabra divina”; no matarás, salvo a hombres, mujeres y niños del enemigo (Deuteronomio 20:16-18, 1 Samuel 15:3), o al hijo necio y rebelde (Deuteronomio 21:20). Lo menos que podemos opinar es que Jehovah, el Dios judío, era vengativo y exagerado, y como educador un desastre; castigos inhumanos, como al proponerle a Abraham matar a los niños que responden groseramente al padre (véase en Biblia Éxodo 21:15, Marcos 7: 9-13. Mateo 15: 4-7). Como moral es dudosa o muy primitiva, o la visión divina cambia con el tiempo.

Lo menos que podemos opinar es que Jehovah, el Dios judío, era vengativo y exagerado, y como educador un desastre…

Comúnmente estas ordenanzas vienen de uno o más textos, siempre de múltiples autores y que no incluyen al personaje central en cuestión, pero sí de sus profetas; ni Jesús escribió evangelios o cartas, ni Mahoma, ni Abraham o Moisés, siendo debatible si tenían la formación que les permitiera leer o escribir. Se asumen como ciertos los relatos de portentos y obras, enseñanzas y preceptos, frecuentemente narrados por quienes no estuvieron presentes, incluidos los milagros -que son parte de este cúmulo de creencias- que necesariamente desafían el sentido común.

La religión ha contribuido con propuestas morales que, desde la época de su formulación, ya debía ser clara la perversión subyacente y la injusticia flagrante. Unos ejemplos lo ilustran; los adeptos, quienes necesariamente se imaginan estar por encima de los infieles, podían tener esclavos. En naciones en las que predomina el Islam, la vestimenta femenina debe cubrirlas completamente para “evitar los malos pensamientos”; extremos de esta cultura son la ablación del clítoris, la lapidación de una adúltera, y muertes de honor, justificadas por la ofensa a una familia de la que es parte la víctima, casi siempre una mujer. El regreso de los talibanes en Afganistán no presagia nada bueno, ni cultural, ni moralmente aceptable.

El regreso de los talibanes en Afganistán no presagia nada bueno, ni cultural, ni moralmente aceptable.

El resultado es que la religión es una experiencia personal y -por consiguiente- única, e íntima. El conjunto de creencias de cada persona configura su ethos; ergo, es estrictamente individual. Los aspectos comunitarios, que se comparten en los rituales respectivos, son los que le dan el sentido colectivo, pero no así el corpus detallado de su fe, que se reserva para la introspección, con el temor íntimo de abrir una brecha irreversible en la idiosincrática interpretación de cada persona. Los orígenes de todo esto se remontan a un pasado que debíamos ver como superado.

 

El argumento científico

Desde una perspectiva muy diferente, está la actividad colectiva de animales, como las hormigas o abejas que todos conocen, y en contraste, la de diversos mamíferos, como ratones, elefantes y chimpancés, no ajenos a los ya desaparecidos homínidos del valle de Neandertal, del Homo Florensis o el de Denísova, todos del mismo género y contemporáneos del de Cromañón, y del que sólo sobrevivimos nosotros, si bien con genes de varios de aquellos.

Muchas especies de mamíferos muestran estrategias de grupo que van más allá del puro instinto cifrado en los genes, al menos parcialmente. La organización para la caza y la protección de los jóvenes, en las manadas de lobos, son más que uno de los cuentos de Rudyard Kipling (1865-1936), premio Nobel en 1907; son parte de las observaciones reportadas minuciosamente en publicaciones científicas de un número creciente de etólogos, los estudiosos del comportamiento animal, quienes han puesto interés en distintas especies, apuntando a la existencia de comportamientos que creíamos exclusivos de los seres humanos (Bekoff, 2009).

Muchas especies de mamíferos muestran estrategias de grupo que van más allá del puro instinto cifrado en los genes

La conducta social compleja trasciende a los humanos, en virtud de que distintas especies de animales, como lobos, elefantes y primates varios, tienen códigos de comportamiento, demostrado de manera convincente, que poseen elementos de empatía, reciprocidad, altruismo, cooperación y sentido de equidad. Hay observaciones que indican que hay una moral entre animales, que sólo la arrogancia y soberbia humanas podrían ver como respuestas irracionales o mecánicas, en una visión anacrónica o cartesiana; una elefanta que expulsa a un macho que lastima a un cachorro ajeno, para luego consolar a éste; un gato que guía a su compañero, un perro ciego y sordo, hacia la comida, cuando llega la hora; chimpancés que castigan al miembro del grupo que llega tarde a la comida, que se hace en comunidad, porque es regla comenzar a comer juntos, etcétera.

Que hay una moral en otras especies está establecido en cientos de publicaciones científicas que lo exhiben y documentan. Para algunos es inconcebible el uso de la palabra moral, hablando de mamíferos, pero sólo es el prejuicio de un término de por sí ambiguo y no muy bien definido. Aquí es importante hacer explícito y destacar el elemento de continuidad en el proceso evolutivo de las especies; los pequeños cambios genéticos son un aspecto esencial de la evolución. Estos cambios sólo se heredan a los descendientes directos y no van a los demás miembros de la especie, con quienes se comparte el resto de los caracteres. Así las conductas pre-morales y otras claramente de naturaleza moral, que se pueden identificar sin problema como justicia, envidia, altruismo, compasión, tristeza, etcétera, se ponen de manifiesto al estudiar el comportamiento animal a lo largo de las etapas adaptativas. Lo irrefutable es nuestro carácter de entes biológicos complejos, relativamente nuevos en la historia de la Tierra, que compartimos con otros seres vivos con millones de años de presencia (Sapolsky, 2017).

Foto de Anna Shvets

Qué es lo bueno y qué es lo malo, es una discusión que difícilmente se resuelve en abstracto; cómo se dirime una disyuntiva es más sencillo argumentarlo en cada caso, donde la razón, las emociones, la cultura, y los acuerdos sociales juegan un papel determinante.

En otra línea de argumentación, que complementa los hallazgos etológicos, se han hecho propuestas en el sentido de que la ciencia podría aportar estrategias para establecer criterios sobre la moralidad (bondad o maldad) de actos, las posibles bases científicas de una moral, y contribuir a la jurisprudencia sobre el punto. La idea central consiste en que el bienestar humano depende exclusivamente de su entorno, del medio físico que le rodea, y de los estados mentales por los que transita cada persona. Difícilmente puede imaginarse otra cosa, salvo que se proponga que depende de los designios de dioses, quienes se manifiestan en arbustos ardientes o remolinos en la estepa. Puesto así, evidentemente habrá información científica que se refiera a las posibles disyuntivas y ponga luz sobre ellas. Cómo se construye este cuerpo de conocimiento no es simple y necesariamente deben concurrir varias caras de la ciencia; la fisicoquímica, la neurofisiología, la psicología, etcétera, todas ajenas al pensamiento religioso.

Las ciencias de la mente aún están en sus albores, si bien han avanzado sensiblemente en las últimas décadas. Qué significa el bienestar de la persona humana, cómo se alcanza ese estado, qué es bueno o qué trabaja en contra de ese bienestar -preguntas de naturaleza moral- sólo pueden tener respuesta en el análisis de la psiquis humana, en cuanto a qué necesita, qué la daña, cómo se nutre y crece sanamente, y cuáles comportamientos la enriquecen. En paralelo, van las estrategias para indicar qué conductas colectivas traen el bienestar social, elevan a la comunidad, sin detrimento, desde luego, de los derechos individuales. No hacen falta agentes externos que determinen su desarrollo, ni fuentes etéreas que conduzcan su vida hacia el bienestar.

La filosofía, en el sentido tradicional, no parece haber aportado suficiente en cuanto a la moral, el bien y el mal. Dudas o preguntas sobre los valores, el sentido de la vida y la existencia, y estrategias para alcanzar el bienestar son de la esfera de la psiquis de criaturas conscientes. El concepto de bienestar es como el de salud física; debe ser cuantificable. Que no se haya logrado solo indica el retraso de esta área del conocimiento.

La filosofía, en el sentido tradicional, no parece haber aportado suficiente en cuanto a la moral, el bien y el mal.

No es que valores y hechos sean ajenos del todo. Por una parte, mejorar el bienestar debe traducirse en hechos sobre el cerebro y su operación, en función de su entorno. Por otra parte, la noción de conocimiento objetivo basado, en hechos, tiene supuestos incluidos, valores, como los principios que preceden su obtención (intervalo de confianza, consistencia lógica, etcétera); a decir de la neurofisiología, la creencia en hechos y en valores proviene de procesos semejantes en el cerebro. Ni están formuladas todas las preguntas pertinentes, ni se tienen respuestas preliminares de muchas de las ya formuladas. Es un camino por recorrerse (Harris, 2010; Shermer, 2015).

Si cierta acción es perjudicial al medio ambiente, extinguiendo especies por caza incontrolada o por explotación desmesurada de la biosfera o destruyendo su hábitat, es inmoral permitirla, y la respuesta es de carácter técnico, científico. También lo es lo que contribuye al calentamiento global, donde los efectos son menos evidentes al corto y mediano plazos, pero donde la ciencia tiene respuestas, al menos preliminares, que son mucho más que ninguna.

 

Consenso

Si bien las posiciones que van desde un relativismo general hasta las de un dogmatismo total son extremas, e irrelevantes por lo mismo, sí se vislumbra la lenta y sistemática elaboración de principios de consenso internacional. Una propuesta es la Declaración Universal de los Derechos Humanos fundamentales de todas las personas, buscando proteger a individuos o grupos por edades, géneros o identidades étnicas, por ejemplo. Estos derechos, resumidos en 30 artículos, que pueden considerarse como base de una moral global, tienen carácter de inalienables, es decir, irrenunciables y aplicables sin excepción alguna. Presumiblemente, es la Organización de las Naciones Unidas quien salvaguarda y busca le aplicación irrestricta en todo el mundo (ver ONU); hasta ahora sin lograr la afiliación de todos los países del mundo, ni la posibilidad de verlos como obligatorios para los países signatarios.

Debieran ser afirmaciones evidentes el que todos nacemos libres e iguales, con los mismos derechos sin distinción de raza, color, sexo, idioma, religión, ni nacionalidad, y que nadie estará sometido a esclavitud o torturas, por ejemplo. Nadie, dice el articulado, puede ser arbitrariamente detenido, preso, ni desterrado. Y más. Parece una burla cuando se revisa lo que ocurre en casi todos los Estados del mundo, comenzando por los signatarios.

 

Conclusiones

La moral, que guía conductas o las califica a través de preceptos, es una parte indispensable y sustantiva de nuestra vida en comunidad. La civilización moderna, cada vez más global, poco a poco va influyendo para que ciertos comportamientos desaparezcan o se vuelvan actos fuera de la ley. Uno quisiera imaginar que se transita en la dirección correcta, a pesar de tropiezos y abusos. La premisa de que no es necesaria ninguna alusión a las religiones, ni a creencia alguna, para hacernos de un código moral general es un elemento necesario para llegar a consenso. Si las naciones que se ven a sí mismas como religiosas, de manera implícita o explícita, como son las cristianas, musulmanes, hindúes o judías, por citar algunas, son capaces de abrir esta puerta secular, la humanidad habrá dado un paso singular hacia un futuro más halagüeño para proteger a los millones de seres que lo necesitan.

Hay un camino largo que recorrer hacia una normatividad que resuma las conductas aceptables, mínimas, de la sociedad moderna. Habría que seguir gestionando en el concierto de las naciones, la firma de todos y cada uno de los países que conforman la organización mundial de los Estados, y en consecuencia, se pueda velar por la rigurosa vigilancia y aplicación de esos principios morales, seculares, y ajenos a toda visión religiosa o política.

Si ha de llegarse a un acuerdo civilizatorio que nos dé pautas de conducta individual y colectiva, será preciso que sea rigurosamente incluyente y por tanto secular, por sobre cualquier creencia (Zuckerman, 2019). Invocar a un ser supremo, o a varios, o a la negación de ellos, cancelará opciones; el 40% de la población de la Tierra ya no cree en un Dios; ni estos pueden imponer su visión sobre los otros, ni viceversa, especialmente si se trata de cómo avanzar juntos a un mejor futuro, que será difícil, en cualquier caso. Cualquier precepto que no sea el bienestar de cada individuo y de su sociedad, tendrá enemigos al acecho. C2

 

 

Nuevo Vallarta, Nayarit.
Verano de 2021

 

 

Bibliografía

Bekoff, M. y Pierce, J., 2009, Wild Justice, The Moral Lives of Animals,      Chicago University Press

Harari, Y. N., 2014, Sapiens: a brief history of humankind, Penguin- Random House Company.

Harris, S., 2010, The Moral Landscape, Free Press

Latour, B., 1987, Science in Action: How to Follow Scientists and Engineers through Society, Harvard University Press

ONU <https://www.un.org/es/about-us/universal-declaration-of-human-      rights>

Sapolsky, R. M., 2017, Behave, Penguin Books

Shermer, M., 2015, The Moral Arc, Henry Holt &Co.

Zuckerman, P., 2019, What It Means to Be Moral: Why Religion Is Not Necessary for Living an Ethical Life, Conterpoint

 

Sobre el autor

Profesor en Departamento de Física, Facultad de Ciencias, UNAM

Profesor en Departamento de Física, Facultad de Ciencias, UNAM Doctor en física, ha trabajado en investigación en dinámica de fluidos y medios granulados, impartiendo clases por 45 años. Fue director de la Facultad de Ciencias, UNAM. También dirigió la UNAM-Francia, Centro de Estudios Mexicanos, París, Francia y la UNAM-Canadá. En sus ratos libres pinta pastel y juega billar.

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