La última vez que tuve noticias tuyas fue el 29 de marzo de este infausto año. Me contabas que te caíste cuando regresabas del hospital:

 

Amigo,

Esta lesera sigue avanzando. Dado que tengo la columna tan dañada, pierdo el control de las manos y rodillas; hoy regresando del hospital y con bastón, me caí y quedaron las rodillas y brazos con heridas leves. Nancy, mi esposa, se asustó mucho, pero ya estoy bien. Luego me puse a escribir. No me detendrán las molestias. Le avisé a la doctora y el lunes me dirá qué hacer. Me cuesta usar el teclado. Cometo faltas y vuelvo atrás. Es el juego de las cartas de la vida, cada hora una novedad. Es lo que hay y tendré que evolucionar una vez más…

Un abrazo

Eduardo

 

Después de ese día ya no supe más de ti. Te escribí dos o tres veces y tu silencio me respondió. Y el silencio, viniendo de ti, me dijo más que mil palabras. Te has marchado, sin tiempo de decir adiós a los amigos lejanos. Estoy seguro que Nancy, tus hijos y nietos estuvieron cerca de ti. Te fuiste con la frente en alto, con dignidad. Después de tu férrea pelea con ese cáncer que tocó a tu puerta dos años atrás y te fue devorando poco a poco, sucedió lo inevitable. Por más que lo enfrentaste con la terapia de tu creatividad, al final el emperador del mal se impuso.

Y desde ese 29 de marzo heme aquí, peleándome con mi cobardía por no escribirte unas palabras de despedida. Pasaban las semanas y no lograba hilvanar nada. Pero te quiero decir que ya vencí ese bloqueo cobarde gracias a un amigo que vive en la ciudad de Mérida. Hace unos días me envió por el whatsapp una canción de Piero de Benedictis llamada Santiago en llamas, y al escucharla varias veces, conmovido, estas líneas empezaron a hormiguearme en los dedos. Como Piero lo hace en su canción, yo también me hice la pregunta: ¿dónde andarás? Ahora que todo es virtual, ahora que esta pandemia le quitó al mundo el contacto personal, seguramente podrás leer en el más allá estas palabras y me lo querrás decir. No te será difícil, pues si un ser humano desplegaba en el universo sus alas digitales, ese eras tú. Siente la canción con todas las células de tu cuerpo y tu memoria. Tú encarcelamiento en la dictadura de Pinochet no fue en balde. Tu país se está sacudiendo el polvo acumulado.

Casi podría jurar que desde el más allá vas a contestarme estas líneas. Tenías en tus dedos frases listas para responder con sabiduría lo que te preguntara, un flujo fantasmagórico de palabras que pescabas como mariposas que volaban en tu mente. No creo que en este planeta pueda existir alguien como tú. Con una enfermedad que tumbaría al más fuerte, en estos dos años fuiste capaz de todo. Amigo de las palabras, eras capaz de crear un poema, un ensayo o un cuento, en el tiempo en que a los sanos nos toma prepararnos para pensar en lo que deseamos escribir. Allá en el sur del mundo, cerca de Valparaíso, te veía sentado frente a tu computadora tecleando las ideas que me lanzabas a través de la distancia; llenas de valor, de esperanza, de voluntad, de vida. Me decías que no me preocupara, que escribir era el bálsamo que tenías para sanar tu sangre.

Te conocí el 18 de agosto de 2016, ¿recuerdas? A la bandeja de mi correo llegó un email tuyo con dos poemas que ponías a nuestra consideración. Contentos porque en Chile nos leían, te los publicamos una semana después con el título Poemas del sur.

Pensando que con el tiempo nos enviarías más poemas, cuál sería mi sorpresa al recibir pronto otros textos. ¡No sólo eras poeta, también ensayista! Tan sobrios y profundos eran tus ensayos, que te invité a llevar una columna. Te gustó la propuesta y le buscamos nombre. Después de varios intentos, la llamamos Vitrales (sobre lo real e imaginario).

En tu primer escrito trataste un tema que a la revista le interesaba: la formación universitaria. Me di cuenta en ese momento sobre tu compromiso con la educación. Más allá de la pedagogía y de la valoración técnica, pugnabas por el conocimiento integral.

En el segundo ensayo de tu columna abordaste el concepto de empatía. Nos recordabas que la empatía es un desafío cultural:

“Las posibilidades humanas incluyen el bien y el mal, tanto como la empatía. La evidencia proporcionada por la historia del siglo XX no es alentadora, sin embargo, no es demasiado tarde para cambiarla en relación con el presente y el futuro de la humanidad. Sin duda, los cínicos encontrarán un defecto en cada logro y asegurarán que ninguna buena acción quedará impune. La consecuencia de nuestras acciones a menudo se nos escapa. La propagación de la empatía, plenamente disponible en nuestra arquitectura biológica, es una innovación cuando se la transforma en un desafío cultural, además cuando hay que enfrentar a los “simuladores” que como nuevos vendedores visitan a Macondo.”

El 4 de marzo de 2017, a las 7:30 de la mañana, te envié un correo invitándote a escribir un texto para publicarlo el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Te conocía bien y sabía que serías capaz de elaborar algo sobre el tema. Me respondiste que te diera dos días, que me lo tendrías para el 6 de marzo. Sonreí. Tener a un filósofo de cabecera para la revista era vital.

Muchas sorpresas me habías dado antes, pero esta que te voy a recordar se alejaba de todas. El mismo día de mi solicitud, 4 de marzo a las 11 am, tres horas y media después de mi petición, entró a mi bandeja un correo tuyo. Me enviabas el texto solicitado. Atónito, abandoné lo que en ese momento hacía y lo leí de inicio a fin. ¿Cómo hacías eso? ¿Aventabas el abecedario al piso de tu estudio y caían acomodadas las palabras del texto que ya tenías en tu imaginación? ¿Lo pintabas con una brocha gorda sobre alguna pared de tu mente y luego raspabas las palabras para que quedaran ordenadas en la hoja en blanco? Tres horas y media te tardaste para escribir algo original, algo que jamás hubiera pensado que armarías de esa forma. Te lo publicamos el 8 de marzo, con el título que tú escogiste: Ya no es posible la ribera sin ribereña.

El 19 de septiembre de 2017 México tembló, y fue tal la consternación que sumió al país, que esta revista guardó silencio por dos semanas. El sismo no sólo sacudió nuestro suelo, también sacudió nuestro olvido de que no somos nada ante la fuerza del planeta. Y nos sacudió la memoria y la cubrió de hechizo. Había temblado en el mismo mes y día que en 1985 y esa coincidencia nos llenaba de pavor. En la vida hay coincidencias, pero ésta era inaudita. El lunes 2 de octubre, a las 8 de la mañana, te escribí pidiéndote un texto sobre sismos. Se me ocurrió que era una buena forma de reiniciar la vida que teníamos que seguir. Recurrí a tu pluma y a tu sensibilidad porque sabía que podías escribir sobre nuestra tragedia.

Esta vez te tardaste unas horas más, pues a las 5 de la tarde recibí este texto que te publicamos dos días después: Terremotos.

Tomo tu primer párrafo:

“Sin duda, los terremotos son una catástrofe: una pérdida de lo que hemos creado para nuestro bienestar.

El lugar que habitamos nos permite el arraigo en la cultura y en la tradición y nos concede sentirnos en casa y crecer, como en una cuna cálida y segura. Es el lugar de la libertad y del respeto a las cosas valiosas y, sobre todo, a los seres humanos, que son los que la componen y la viven. Un terremoto interrumpe esta realidad.”

Llegué a sospechar que tenías todos los temas en un sombrero, que como mago sacabas  en el teatro que fuera. Todo en este mundo te sensibilizaba, a todos encontrabas qué decirnos. De tu sombrero sacabas la paloma que fuere, el conejo más blanco, el cuervo más negro, la rosa con más esperanza. Empezaba a creer que no merecía la suerte de tener a un amigo sabio. Los domingos teníamos un poco más de tiempo y nos poníamos a platicar de cualquier tema. Te enviaba un email, me respondías de inmediato. Me enviabas un email, te respondía de inmediato. La distancia que nos separaba era conjurada en las teclas de nuestros teclados.

El 14 de noviembre de 2018, a un correo que te envié con saludos desde Paris, me escribiste lo siguiente:

 

Querido amigo

¡Me alegran tus viajes y tu felicidad! ¡Que sigas bendecido!

Yo me tropecé con una gran roca y hace tres meses mi vida dio un giro inesperado.

Mieloma múltiple en su etapa más crítica, un año de vida. Al comienzo, desorientación. Había que despercudirse, busqué una hematóloga para el tratamiento. Actualmente tengo dos.

Inicié la quimioterapia, 17 inyecciones de bortazomib, fármaco de última generación. Llevo 7/17, me quedan dos o tres meses más para saber si el tratamiento funcionó, aunque las doctoras me dicen que después hay una alternativa, pero debo tener claro que no voy a mejorar, solamente tratan de detener la enfermedad y después hacer manutención.

Me demoré un mes en levantar mi alma, las doctoras me dijeron que escribiera mi proceso. Y así ha sido, terminé hace poco ÍNTIMO en un océano de potasio que es mi bitácora ante un mundo desconocido.

Estoy bien parado y mirando al frente hasta donde alcanza la mirada, el ánimo impecable “sin derrotado no hay derrota”.

Tus noticias son una tremenda alegría para mí, sé que disfrutas tu vida con los tuyos y eso no puede sino generarme un placer interior. Ha sido muy rescatable lo que me pasa interiormente, alegrarme que a las personas les vaya bien, a pesar de que a veces no valoren lo bien que lo pasan.

Tu amigo no va a sucumbir fácilmente. Además tengo un umbral alto de resistencia a los malestares, una bendición. En mi escrito estás tú, porque te asocio cuando uso la palabra “evolución”, conocerte ha sido una de las grandes cosas. No te preocupes si no me escribes, en alguna galaxia inalámbrica estamos conectados.

Un fuerte abrazo

Eduardo

El 20 de noviembre publicamos tu ÍNTIMO.

Desde ese día, aun sabiendo que tu enfermedad caminaba sin detenerse dentro de ti, tu vitalidad era tanta que me hizo olvidarla. Me parecía que ibas a vencer a ese monstruo con la fuerza de tus poemas y ensayos. Inundabas las páginas digitales de esta revista con ellos, eras nuestro más asiduo colaborador. Llegué a pensar que le habías plantado cara a esa enfermedad que se atrevió a retarte.

El 12 de febrero de este año, cuando el mundo entero descubría que agazapado en un ser de la naturaleza había un organismo que podía crear el caos que ahora vivimos, me enviaste tu primer cuento. Lo titulaste: Cosas por hacer y olvidar. ¿Sabías que ya no tenías tiempo? ¿Estabas ordenando la casa para dejar las cosas bien organizadas? Tu poesía, pienso –sin posibilidad de saber tu opinión– no podía cerrar la puerta de esta vida y necesitabas de una llave nueva para abrir el recinto que te esperaba. Querrías narrarnos algo, usando otras reglas. No tenías tiempo de escribir una novela, no tenías tiempo de despedirte con holgura; usabas el cuento porque aunque nunca se te dio lo sucinto, esta vez necesitabas lo que el cuento da. Pero con un final esperado. Confieso que tuve que leerlo varias veces para adentrarme en tu infancia, en tu juventud, en tu vejez. Una amistad virtual como la que tuvimos, donde nos separaba un continente, nunca se detuvo en los detalles. Tu cuento era un poema en prosa, una novela corta, un ensayo sobre la identidad y la muerte.

¿Estabas ordenando la casa para dejar las cosas bien organizadas?

El 4 de marzo nos enviaste un poema llamado Un santuario rosa. Conociste a una paciente enferma de cáncer en una visita al hospital y de ese encuentro en el que se reconocieron y se unieron como mantis que convergen en la hoja de un árbol, escribiste el poema. Te lo publicamos al instante. No sabía cuánto tiempo tenías. Tampoco lo sabías tú. Sabio como eras, estoy seguro que advertías que la muerte es como la vida: azar y desconocimiento.

“Fue entonces cuando las criaturas comenzaron a cantar. Las mantis, cuyas piernas habían reparado nuestros médicos, levantaron sus alas y las frotaron juntas, y sus melodías se elevaron sobre el fuego con el sonido de los grillos en una tarde de primavera. Su música reverberó a través de los tejados de nuestros paisajes e hizo sonar cuencos de meditación, llenando nuestros cuerpos con una vibración suave que sabía a miel en nuestros tímpanos. Una onda de curación estremeció cada cuarzo negro y se prolongó varias horas.

¿Cómo recuperar lo que se tomó todo el cuerpo, el ser sano y sin cortes? La respuesta es que no se puede. Pero sí se puede lograr el magnífico marco de la mortalidad, el terreno común de vulnerabilidad y la esperanza. ¿Dónde trazar la línea?”

 

Vuelvo a escuchar la canción de Piero y la pregunta regresa: ¿Dónde andarás, amigo del sur? ¿Dónde estará tu sangre, dónde estará la muerte? ¿Con quién de los Parra conversarás ahora? Acá, en esta parte del globo donde ya huele a invierno, la vida sigue su curso como siempre; aunque el espacio se haya achicado, los días no se detienen. Descansa, y escribe en paz. C2

Sobre el autor

Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel 3. Investigador titular en | Website

Sus intereses científico/académicos son: biofísica de membranas, fluidos complejos y el origen de las señales nerviosas. Le apasiona la divulgación científica, el arte y la cultura.

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jcrs.mty@gmail.com

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